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La insondable figura de Jane Austen: una aproximación desde sus adaptaciones cinematográficas

Antes de entrar de lleno en las obras literarias de Jane Austen, nos queda el último artículo sobre el acercamiento a su figura. Esta vez, como ya adelantamos en su momento, será desde el cine. Dada la heterogeneidad de las seis películas que hoy traigo aquí, he decidido dividir este escrito en tres partes diferenciadas, de modo que el lector, mediante el título del apartado, pueda hacerse una idea de lo que encontrará en esas cintas, y así decidir acercarse o no a ellas (o leer lo aquí señalado). De cualquier modo, y para dar ya una ligera idea de lo que voy a exponer, diré que son muy pocas las adaptaciones cinematográficas que tratan propiamente sobre su vida (o, al menos, aquellas a las que he tenido acceso). Es cierto que no es fácil emprender una tarea como ésa, pues siempre será, de manera inevitable, un acercamiento sumamente parcial por lo que tiene de inabarcable. Aun con todo, tenemos retazos de lo que ella fue, así como también muestras de lo que ha supuesto su figura, sus novelas y sus personajes a lo largo de las generaciones posteriores a la suya. El orden en el que figurarán las secciones responderá al vínculo que guarden con lo que debería ser el núcleo de este texto, es decir, aparecerán de mayor a menor importancia. Sin embargo, dentro de cada apartado se colocarán las películas cronológicamente, dejando a un lado su calidad, que será estudiada individualmente en cada una de ellas. Por tanto, el asunto quedará así: películas biográficas o que aparentan serlo, donde estarán incluidas “La joven Jane Austen” (2007) y “Jane Austen recuerda” (2008); películas ambientadas en la actualidad que se inspiran en sus novelas para querer vivir en ellas o para afrontar las propias derivas vitales, entre las que encontraremos “Conociendo a Jane Austen” (2007) y “En tierra de Jane Austen” (2013); y, por último, y como un anexo, películas que comparten con la escritora meramente el nombre en sus respectivos títulos, que englobará las cintas “Jane Austen en Manhattan” (1980) y “Mafia. ¡Estafa como puedas!” (1998). Sin más dilación, y para evitar hacer esto eterno, pues ya es lo suficientemente extenso el artículo, comencemos.
 
1.     Películas biográficas o que aparentan serlo
 
La joven Jane Austen (2007)
 
Ésta es la primera adaptación que hemos encontrado que parece referirse propiamente a la figura de Jane Austen. Esta película, dirigida en 2007 por Julian Jarrold, se presenta en la sinopsis como un retrato biográfico de la juventud de la famosa escritora inglesa; y creo que ahí reside el verdadero problema. Si se hablara de ella como una adaptación libre, tendría un cierto pase, pero que se venda como un retrato fidedigno de su vida es lo que me parece una broma de mal gusto o, más bien, un engaño para el espectador que no tiene conocimiento alguno sobre las biografías de la autora. No es una mala película, eso es indudable, pero creo que habría sido mucho más acertado que no se hiciera pasar a la protagonista por Jane Austen, porque lo que está relatando tiene mucho más de fantasía que de realidad. A veces resulta interesante el afán que tienen algunos de retorcer y cambiar historias que están ya escritas en vez de partir de ellas, o inspirarse en algún aspecto, para hacer algo nuevo y diferente. Sea como fuere, lo que quería dejar de entrada claro es que, para quienes les dé pereza acercarse a su figura a través de los múltiples escritos que hay sobre ella, no es éste un buen acercamiento cinematográfico a su vida, sino que es una idealización o un deseo de que Jane Austen sea otra muy distinta a la que verdaderamente fue —o, por lo menos, a la que se deja entrever entre lo escrito sobre ella y lo que queda de su propia pluma—. Esto nos recuerda a esos retratos que se hicieron de la autora a partir de un dibujo de su hermana Cassandra, comentados ya en el primer artículo de esta serie, que mostraban también el afán de algunos por que la escritora que había construido personajes tan inolvidables fuese más agraciada. 
 
Dejando esto claro, esta cinta pretende ahondar en un hecho concreto de la vida de Jane Austen: cuando ésta conoció a Tom Lefroy. Este joven, de origen irlandés, estaba estudiando allí para ser abogado, y fue mandado a Steventon durante una temporada, a casa de sus tíos, para que así descansara de tanto estudio. Al parecer era un chico muy aplicado y que, además, contaba con una situación familiar difícil, pues tenía varios hermanos que mantener, lo que le hacía no despistarse ni alejarse de su carrera universitaria. Por eso resulta sorprendente que en esta cinta se nos pinte a Tom Lefroy como un mujeriego que frecuenta prostíbulos, que boxea en sitios de mala muerte y que está en las antípodas de lo que consideraríamos un hombre diligente. Es cierto que, por suerte, sí que se hace alusión a su amor por “Tom Jones” (1749), la obra de Henry Fielding, pero ni siquiera aprovechan una baza que no podría haber sido más adecuada para la ocasión: vestirle con el abrigo en tono claro que Jane Austen atribuyó como su único defecto, y que precisamente está inspirado en el protagonista de la novela. Aquí, en cambio, aparece con una elegante casaca de terciopelo en verde botella, que seguro que sí que habría sido del agrado de la verdadera Jane Austen. Tom Lefroy está interpretado por James McAvoy, que encarna maravillosamente bien su personaje; aunque, como decimos, poco se asemeja al Tom Lefroy que conocemos por las biografías de la autora o que intuimos a partir de sus cartas. De este modo, hacer un comentario sobre esta película resulta difícil: como historia independiente que no guarda relación con la autora inglesa, es muy decente; pero, sin embargo, como retrato veraz de su vida, tiene poco o casi nada que ver.
 
De cualquier modo, no podemos dejar de hablar de la propia Jane Austen, que está interpretada por una jovencísima Anne Hathaway, con apenas 25 años. Esta actriz es bellísima y, por esa misma razón, está lejos de encarnar a una Jane Austen de rasgos más discretos y menos agraciados; pero, sin duda, hay una peculiaridad de la escritora inglesa, pues en ella coinciden casi todos los comentarios sobre ella, y que ambas comparten: unos ojos expresivos, grandes, hermosos ¡y castaños! (menos mal que no les ha dado por ponérselos claros, como ya dijimos que era una tendencia respecto a Catherine Earnshaw en algunas de las adaptaciones cinematográficas de “Cumbres Borrascosas” [1847]). Además, se agradece también la gracilidad de su figura y su considerable altura, así como sus oscuros rizos; pues todas ellas son cualidades bastante documentadas respecto a Jane Austen. Por hablar de otros personajes, cabe mencionar a Cassandra, cuyo carácter dócil y tierno sí que traspasa la pantalla, pero cuyo aspecto no está nada conseguido —está interpretada por Anna Maxwell Martin—; y es que, por lo que nos ha llegado, se supone que se parecía a su hermana pequeña, aunque era más guapa, y aquí, sin embargo, es rubia y no se parece en absoluto (superándola en belleza, por mucho, la menor de las Austen). Por otra parte, a su prima Eliza le ocurre algo parecido, pero a la inversa: aparece morena y, si mal no recuerdo, era rubia. De la misma manera, eso sí, su temperamento también está bastante conseguido, y lo de codearse con personalidades famosas y frecuentar ambientes lujosos se nota en su forma de moverse y en el modo en el que trata a Jane Austen, con la que siempre tuvo una excepcional relación, que, por suerte, consigue transmitirse aquí con bastante tino.
 
Continuando con el resto de los personajes, cabe señalar que, sorprendentemente, sólo aparecen dos hermanos de Jane: Henry y George. Esto no tendría nada de raro si no fuese por la presencia de este último; y es que, si bien es cierto que algunos estaban alistados en la marina —Francis y Charles—, otros estaban estudiando fuera —James y, más tarde, también Henry— y Edward acabaría por vivir con los Knight —los parientes ricos que le adoptaron en su adolescencia—, George es un caso muy especial respecto al resto, como ya comentamos en el artículo sobre las biografías de la escritora. Este hermano, por su desconocida enfermedad, fue mandado desde muy joven a vivir con una familia que cuidara de él, así que su presencia en esta adaptación, en la que apreciamos que tiene algún tipo de retraso, pero al que descubrimos a gusto con el resto de los miembros del núcleo familiar —sobre todo con Jane—, casi funciona como una nueva manera de eludir este episodio de los Austen. Si bien James-Edward Austen Leigh, el sobrino que escribió la primera biografía de la conocida escritora, le borró absolutamente del mapa, sin hacer referencia a su existencia cuando habló de los hermanos de su tía, esta manera de incorporarle tiernamente también peca de blanquearlo en el otro sentido. Quizá sean detalles que pasen desapercibidos para el espectador que no esté muy puesto en la vertiente biográfica de Jane Austen, incluso aunque haya leído todas sus novelas, pero lo cierto es que, para quienes sepan algo sobre su vida, son asuntos algo molestos y que le sacan a uno del conjunto. De cualquier modo, y por dar una de cal y otra de arena, creo que sí que están muy bien encarnados la señora y el señor Austen, tanto físicamente como en lo referido a su modo de ser. De hecho, en varias ocasiones queda reflejada la conflictiva relación entre Jane y su madre —evidenciándose, además, el carácter árido y brusco de esta última—, así como la buena sintonía que tenía con su padre.
 
Dejando ya el repaso rápido de los personajes, y volviendo otra vez con lo que esta película nos quiere contar, no puedo evitar pensar que esta cinta ha sido creada con el simple propósito de permitir que los lectores acérrimos de Jane Austen puedan disfrutar de una historia de amor pasional al más puro estilo de las hermanas Brontë. Pero… ¿cuánto hay de realidad y cuánto de ficción? Siento decirte, querido lector, que rebosa infinitamente más fantasía que veracidad. Ya hemos dejado claro que el personaje de Tom Lefroy ha pasado de ser un estudioso a un libertino; pero la cosa, por desgracia, no se queda ahí. En este punto tengo que señalar un detalle que me estorba un poco y que creo que juega precisamente en favor de la película, pero en detrimento de la verdad: Jane Austen es más modosita en esta adaptación de lo que podemos entrever en sus cartas, repletas siempre de un humor negro atroz. Con esto se está forzando el tópico harto conocido: chico malo conoce a chica buena. Hay alguna que otra alusión a su fina ironía, pero suele estar empapada de un cierto tono delicado, que ella, sin embargo, siempre luchaba por hacer desaparecer en sus escritos. Es cierto que la voz de Anne Hathaway es extremadamente dulce y aguda, lo que impide transmitir una cierta aspereza; ésa que, si atendemos a la correspondencia epistolar de Jane Austen, seguramente se debía percibir del mismo modo en su manera de hablar. Estos son, sin duda, asuntos menores, pero son también los que perpetúan que la idea que se tenga de ella sea más edulcorada de la figura de carne y hueso que existió entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX en un pueblecito de Inglaterra. Aun con todo, no es el delito mayor de la cinta.
 
Volviendo a nuestros amantes, a lo que propiamente pasó en realidad, estos se conocieron durante la estancia de Tom Lefroy en Steventon. Se vieron en los bailes típicos que se daban por las casas del vecindario y empezaron un cierto tonteo. En esa época Cassandra estaba pasando una temporada fuera de casa, por lo que Jane la mantuvo informada sobre las impresiones que le había causado el joven forastero y la manera en la que ambos se comportaban —temiendo, eso sí, especificar demasiado, por si su querida hermana mayor se escandalizaba—. Jane escribió a Cassandra dando a entender que esperaba que se le declarara en el último baile al que asistirían ambos antes de que él volviera a Irlanda. Esto, por desgracia, nunca sucedió. Es probable que ella realmente esperara que lo hiciera, y que su desilusión fuese mayúscula al darse cuenta de que nada de eso ocurriría; pero, como ya advertimos en el acercamiento a Jane Austen desde sus cartas, la escritora inglesa jugaba mucho al despiste en su correspondencia, y la combinación de humor y seriedad en sus misivas dificulta el determinar hasta dónde ella realmente estaba convencida de que el amor era correspondido. Lo que sí que nos puede hacer intuir que lo fue es que la propia Anna Lefroy —la tía política de Tom y la amiga tan admirada por Jane por su cultura y especial encanto— favoreció que la estancia de su sobrino en Steventon fuese más corta de lo que se había estipulado en un principio. Al parecer, había sospechas de que su evidente tonteo culminara en una propuesta de matrimonio, y esto no era muy buen visto entre sus parientes, que eran conscientes de la circunstancia familiar delicada que tenía él, que no podría más que empeorar si se casaba con una mujer como Jane, cuyas perspectivas económicas eran inexistentes. Dicho esto, que es lo que realmente pasó, hay una tendencia a elevar la relación que pudieran tener Tom y Jane a unos límites más propios de una novela con tintes de amor prohibido que de una historia corriente de amor frustrado. Que algo hubo entre ellos es evidente; sin embargo, lo más probable es que sólo respondiera a un amor de juventud, como el propio Tom Lefroy dijo al respecto ya en su vejez.
 
En la cinta, en cambio, tenemos a una Jane Austen rodeada de pretendientes, y a los que ella parece desdeñar por no faltar a su estricto principio de no casarse sin amor de por medio. Y…, a ver…, no es que no tuviese ninguna proposición matrimonial a lo largo de su vida, pues, de hecho, las tuvo, pero lo que sí que no le salían eran amantes de debajo de las piedras. Además, que en esta película uno de ellos sea el sobrino de una dama de la alta sociedad, una tal lady Gresham, es otra invención para ahondar de una manera más evidente en esta idea. Como no es incoherente ni queda raro en la historia, al espectador que careza de datos biográficos le encajará bien y no tendrá reparos en aceptarlo, pero a los que sabemos algo del asunto nos generará una molestia considerable. Seamos honestos: nadie, o, al menos, nadie del que tengamos noticia, se peleó por el amor de Jane Austen, y menos aún lo hizo Tom Lefroy, que se volvió a casar y que, sin embargo, en su vejez seguía recordando su idilio de juventud con la escritora (en el caso de que esto último lo hiciera con verdadera sinceridad, y no por subirse al carro de su exponencial éxito comercial, tendría aún más delito que la hubiera dejado escapar; así que sólo nos quedaría agradecer todavía más el que no terminasen juntos, pues semejante actitud es, inevitablemente, síntoma de pusilanimidad y de cobardía).
 
Entiendo que pueda ser tentador tirar del hilo de la historia entre Jane Austen y Tom Lefroy, pero hay tantísima invención en la cinta… Por poner algunos ejemplos: que, tras declararse mutuamente su amor —algo, por cierto, de lo que no tenemos constancia a través de lo que nos ha llegado y, sin embargo, apareciendo aquí un Tom profundamente prendado de Jane—, con beso incluido, y tras una visita de ella con Henry y Eliza a la casa de él en Irlanda —nuevamente, una invención—, una carta con muy mala fe trunque su compromiso; que, más tarde, ambos decidan huir cuando él se va a casar con otra mujer y que, nuevamente, el plan se les frustre cuando Jane descubra, por casualidad, la cantidad de hermanos que dependen económicamente de él, no queriendo contribuir a que vivan peor por su culpa; el encuentro que tienen mucho tiempo después y de manera inesperada durante una visita de Jane a Londres a ver a su hermano y a su prima, etc., etc. Se nota claramente la idea que se nos pretende transmitir de la escritora: una mujer pasional, aunque de principios férreos, que antepone el bienestar de los demás a sus propias demandas. ¿Era así la verdadera Jane Austen? Pues es difícil posicionarse a favor o en contra. Pero lo que sí que no es esta cinta es un retrato fiel de su relación amorosa con Tom Lefroy. Y es que no es una película que busque rellenar los huecos de esta historia, sino que es pura fantasía, en tanto que inventa algunos acontecimientos para contar lo que le interesa. De cualquier modo, no podemos negar que estamos ante una cinta bellísima, con una banda sonora y un vestuario impecables, y con secuencias hermosas, como la de la huida de los dos enamorados campo a través o la de esos acalorados bailes repletos de miradas. Sin olvidar tampoco ese cierre, que nos recuerda el gran poder del cine para sugerir y no ser evidente: ese aplauso sincero de Tom Lefroy, en contraste con aquel que dio en el primer encuentro con ella, simboliza el cambio de calidad que ha sufrido la escritura de Jane Austen a lo largo de los años, desde su juventud hasta convertirse en una autora ya publicada.
 
Jane Austen recuerda (2008)
 
Después de la ya comentada película de 2007, estamos aquí ante otra cinta que ahonda en la vida de Jane Austen (y, sin duda, con mucha más fiabilidad que su predecesora). Esta película, realizada para la televisión y dirigida por Jeremy Lovering, abre con una escena que, de algún modo, funciona como hilo conductor de toda la historia: en ella se revive el momento en el que Jane Austen acepta la proposición de Harris Bigg durante una estancia con su hermana Cassandra en Manydown, lugar de residencia de sus amigas Alethea y Elizabeth Bigg, para declinarla a la mañana siguiente. Este acontecimiento marcará el núcleo fundamental en el que profundizará esta cinta: si uno debe casarse siempre por amor o si, por el contrario, en ocasiones debe aceptar un matrimonio anodino en pos de una mayor tranquilidad económica. Para ello, esta película retratará los últimos años de Jane Austen, que coincidieron con los primeros amoríos de su querida sobrina Fanny, a la que adoraba y por la que sentía una predilección sólo equiparable a la que tenía por Anna, la hija mayor de su hermano James. Tras la fantasiosa “La joven Jane Austen”, que partía de un hecho real de la vida de la escritora inglesa para retorcerlo e imaginar acontecimientos que jamás tuvieron lugar durante su tranquila existencia, reconozco que me daba un poco de pavor volver a ver una película que también parecía retratar parte de su biografía. Sin embargo, mi sorpresa ha sido considerable (en el buen sentido). Quizá que la BBC esté involucrada tiene algo que ver, pues noto un cierto patrón en esto: precisamente las adaptaciones que más me gustaron de las Brontë fueron aquellas en las que participaba.
 
De entrada, hay una cosa que no podré agradecer suficiente, y que, sin duda, da buena cuenta de cómo los creadores de esta cinta conocen bien la figura de la autora; y es que, al fin, consiguen retratarla como una mujer sumamente irónica, con un gran sentido del humor y que es capaz de hacer bromas con casi cualquier cosa (lo que hace muy difícil, como ya apuntamos en el artículo anterior, distinguir cuándo está siendo socarrona y cuándo está hablando en serio). Creo que su temperamento está captado a la perfección, con esa mezcla de sarcasmo y melancolía que tanto inundaba su correspondencia epistolar. Ese carácter, que no es sencillo de transmitir, aquí consigue traspasar la pantalla. Lejos queda la Anne Hathaway de la película de 2007, que era mucho más delicada y menos burlona que la que aquí nos encontramos, y, por eso mismo, también más alejada de la verdadera Jane Austen (o, al menos, de la composición que nos hemos hecho a raíz de la mezcla entre sus biografías y sus cartas). Es cierto que la actriz Olivia Williams actúa muy bien, y que consigue, como decimos, acercarnos la peculiar idiosincrasia de la famosa escritora, pero es también inevitable señalar que, en cuanto al físico, no se parece absolutamente en nada a la autora nacida en Steventon. Además, para mi gran decepción, ¡tiene los ojos claros! Me permito lanzar al aire una pregunta: ¿alguien me puede explicar esa manía persecutoria por eliminar siempre los ojos castaños? Sé que mi lucha a este respecto parece desproporcionada si atendemos a la nimiedad de lo que está en juego, pero reconozco que me molesta sobremanera y que no entiendo a qué responde. En este sentido, creo que Anne Hathaway se acerca mucho más a la apariencia que podía tener ella (aunque, sin duda, siendo infinitamente más guapa, claro). De hecho, aquí cabe señalar también que la ambientación y el vestuario de “La joven Jane Austen” están muy por encima de “Jane Austen recuerda”, que juega en otra liga y que anda mucho más justita en el apartado técnico y artístico.
 
Sea como fuere, la cinta de 2008 nos permite captar muy bien qué tipo de relación guardaba con Fanny, una joven que había tenido que crecer a la fuerza tras la muerte de su madre al dar a luz a su undécimo hijo, y que tenía muy en cuenta los consejos de su tía, a la que no dudaba en pedir opinión respecto a sus pretendientes. La actriz que encarna a Fanny, Imogen Poots, no puede cuadrar mejor con ella: dulce, juvenil y con una constante mirada de admiración hacia Jane. Ambas eran muy distintas, pero se entendían a la perfección. Creo que rescatar estos últimos años de la vida de Jane Austen y, sobre todo, esas recomendaciones y advertencias que le da a su sobrina es todo un acierto de la cinta, pues no sólo en ellas apreciamos su naturaleza tan poco dada a la adulación, sino que también permite que la escritora, ya en plena madurez, pueda hacer un repaso de sus vivencias y transmitir sus enseñanzas de la mejor forma posible a Fanny, precisamente para evitar que caiga en ciertos errores recurrentes. Es muy tierno el contraste entre una inocente y despreocupada Fanny y una burlona Jane, que, a pesar de todo, mira hacia su pasado con una cierta sensación de nostalgia, viendo en su sobrina una posibilidad que ella pudo haber tenido y que, sin embargo, decidió rechazar. A este respecto, no podemos obviar la importancia que tenía casarse en aquella época, y lo extraño que resultaba entonces que alguien como Jane, que no tenía demasiados recursos, renunciara al matrimonio (y más cuando había tenido alguna propuesta, como la de Harris, que le habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza en cuanto a la seguridad económica). Pero así era Jane: creía que el matrimonio debía sustentarse en el amor, y era incapaz de ligarse a una persona de por vida sólo por tener una existencia aparentemente más tranquila. Esta cuestión se refleja bien en la cinta: mientras que la madre de Jane es muy dura con ella y achaca la pobreza en la que viven a su incapacidad para renunciar a sus ideales románticos (se aprecian bien los desencuentros constantes que había entre ellas, aunque quizá aquí están reflejados con demasiada vehemencia), la propia Jane le transmite a Fanny la importancia de lo contrario, a saber: que jamás se case con alguien si no es por amor.
 
De cualquier modo, creo que, si bien esa férrea convicción de Jane está bien captada en la cinta, su empeño por ganar dinero con su escritura —que, evidentemente, tenía; sería estúpido negarlo— está algo inflado y resulta exagerado en ocasiones. Es indudable que quería una cierta independencia económica, pero, sobre todo, para no estar tanto a merced de terceras personas que la llevaban de un sitio a otro sin que ella tuviera demasiada voz ni voto. Puede que sea un detalle nimio, pero es importante resaltarlo: ella no escribía para vivir, sino que escribía, y le parecía que tenía suficiente talento como para vivir de ello. Y esto no es raro en absoluto, pues incluso tenía familiares que, sin genio alguno, se dedicaban a este oficio; por lo que no le parecía ninguna locura poder ganar algo con su pluma. Así que, aunque la cuestión del dinero —o, más bien, la falta de éste— juega un papel fundamental en su vida, y es un tema recurrente en su correspondencia epistolar, me parece que aquí se la pinta un tanto obsesiva con el tema, y, por tanto, sin hacer honor a la verdad. Aun así, casi todo lo que el personaje de Jane dice en la película no desentona con lo que conocemos de ella en la vida real. De hecho, es curiosa la manera que tiene la cinta de ir soltando fragmentos de sus cartas en diálogos que tienen lugar durante el metraje, provocando que todo encaje de una manera muy orgánica, por ser textos que han sido elaborados por su propia pluma (aunque se estén utilizando en momentos distintos, incluso con personas diferentes, y de forma oral y no escrita).
 
Con relación a lo que acabo de comentar, es inevitable reconocer que la película se toma ciertas concesiones (sin duda, por su corta duración, y no tanto por querer transmitir una visión sesgada de la escritora). Por ejemplo, en un momento dado, y después de que Fanny se haya desencantado algo con su pretendiente, Jane le dice: «¡Qué extrañas criaturas somos! En cuanto estamos seguras del afecto de un hombre sentimos indiferencia». Esto realmente no cuadra con el personaje de Fanny, sino con el de Anna, su otra sobrina. Era ésta la que estuvo detrás de un amor casi imposible y, cuando todo estaba previsto para que finalmente se casara con él, decidió rechazarle. Anna era la caprichosa, la irracional, la pasional, la incontrolable, y no Fanny, que era mucho más cuadriculada y dócil. Sin embargo, aquí a veces se las mezcla. A su vez, hay otra combinación evidente de varias personas reales, y alguna que otra invención palmaria. Aparece un hombre que parece estar enamorado de Jane. En la película se le conoce como el señor Bridges, y no es que no existiera, pues de facto existía y estuvo detrás de Jane: era el hermano de Elizabeth, la mujer de Edward Austen (más tarde Edward Knight) y la madre de Fanny. Sin embargo, aquí se nos muestra casi como una libre unión entre él, que no se le nombra prácticamente en las biografías —de hecho, reconozco que a mí me costó un tiempo caer en quién era—, y Tom Lefroy. Además, la figura del médico que trata a Henry, y que es el que descubrirá quién es ella, permitiendo que más tarde entable relación con el bibliotecario de Carlton House, en la película levanta un cierto enamoramiento en Jane que no aparece por ningún lado en sus biografías. Al mismo tiempo, en una conversación descubrimos cómo Cassandra se inculpa de haber convencido a su hermana pequeña de que interrumpiera su compromiso con Harris, algo de lo que no tenemos constancia alguna de que ocurriera. Por último, me gustaría resaltar también su bonita banda sonora, con acordes que se le quedan a uno grabados. Así que podemos decir que, salvo ciertas licencias que se toma la cinta, es un buen acercamiento a Jane Austen, sobre todo a su inabarcable y original temperamento.
 
2.     Películas ambientadas en la actualidad que se inspiran en sus novelas para querer vivir en ellas o para afrontar las propias derivas vitales
 
Conociendo a Jane Austen (2007)
 
Nos encontramos ahora ante una película que no trata sobre la vida de la escritora, sino que ahonda en la impronta que han dejado sus obras mucho tiempo después de ser escritas y en una época bien distinta a la suya —en este caso, principios del siglo XXI—. Esta cinta, dirigida en 2007 por Robin Swicord, nos narra la historia de varios personajes que, de manera un tanto casual, deciden comenzar un grupo de lectura en torno a Jane Austen. Cada uno de los miembros debe decantarse por una de sus novelas: cuando ésta toque, la tertulia tendrá lugar en su casa. De este modo, y durante varios meses —uno por cada libro—, todos irán leyendo el que vaya tocando para discutirlos en los encuentros literarios. Asistiremos a estas sesiones, pero combinadas también con la vida de los distintos personajes: Sylvia, una mujer a la que su marido, con el que tiene tres hijos en común, deja por otra; Allegra, la hija de ésta, una lesbiana hippie muy impulsiva y pasional; Jocelyn, una adicta a los perros que jamás se ha casado; Bernadette, una señora algo más mayor que, a diferencia de la anterior, tiene múltiples divorcios a sus espaldas; Prudie, una profesora de francés enamorada de uno de sus alumnos y cuyo marido es bastante simple; y, como colofón, Grigg, el único varón del grupo: un informático algo sencillo e infantil que siente predilección por los libros de ciencia ficción y que anda detrás de Jocelyn (por mucho que esta última trate insistentemente de unirle a Sylvia, su amiga recién engañada).
 
Durante los coloquios asistiremos a las opiniones de los seis miembros sobre los personajes y acerca de algunas tramas de los distintos libros de Jane Austen. Indudablemente, es una película de domingo por la tarde, y, por suerte, precisamente coincidió con el momento en el que la vi yo (aunque de pura casualidad, claro). Es agradable de ver y, por mucho que quizá peque de un final demasiado inocente y feliz, vuelve a ser un guiño a las novelas de Jane Austen: una esperanza de que, con esfuerzo y ganas, quizá las cosas pueden salir medio bien en la vida real. En esta cinta, ficción y realidad se combinan, apreciando de qué manera una y otra se explican y complementan perfectamente. De hecho, a veces uno siente que ciertas obras ponen palabras a aquello que uno puede estar viviendo, permitiendo comprender mejor qué le cabe esperar. Sea como fuere, es una película muy justita, para pasar un buen rato y poco más. Además, no podemos obviar lo sumamente planos que resultan los personajes masculinos, rozando casi el ridículo (contrastando, precisamente, con una frase que se dice durante la cinta: «Es una delicia cómo Austen consigue que los hombres se expliquen»). Está muy bien que se hagan películas donde las mujeres cobren más protagonismo y no sean medio bobas o un simple objeto, pero lo que no tiene sentido es que, a cambio, los hombres pasen a ocupar esos puestos. Por dar una de cal y otra de arena, también cabe señalar que es una película que reflexiona sobre el matrimonio y sobre qué es aquello que mantiene en pie las relaciones de pareja.
 
En tierra de Jane Austen (2013)
 
Estamos ahora ante una película dirigida por Jerusha Hess, y con guion de ella misma y de Shannon Hale, la autora del libro en el que está basada la cinta. “En tierra de Jane Austen” (2013) nos narra la historia de Jane Hayes —Keri Russell—, una chica de Nueva York obsesionada con el señor Darcy de la adaptación de la BBC de “Orgullo y prejuicio” (1813), interpretado por Colin Firth. Este amor desbocado que siente hacia este personaje permea en la decoración de su casa —incluso tiene una figura suya a tamaño real hecha de cartón—, pero, sobre todo, en sus relaciones amorosas, pues nunca están a la altura de su galán imaginario: y es que la sombra del señor Darcy, queridos lectores, es muy alargada. Su mejor amiga no soporta esta afición suya tan estúpida y poco realista, y verá como un disparate el plan de Jane: gastarse todos sus ahorros en ir a Austenland, un lugar situado en Inglaterra en el que uno puede pasar una estancia rodeado de todo aquello propio de la época de la Regencia, así como de actores que le hacen a uno meterse más en el papel, convirtiéndose durante unos días en un personaje en consonancia con los tantas veces leídos de la pluma de Jane Austen.
 
En Austenland, Jane pasará a ser la señorita Erstwhile, y combinará las tardes tranquilas haciendo bordado, dibujando o charlando con unos encuentros cada vez más íntimos con Martin —Bret McKenzie—, el cochero, que trabaja también en el establo. Por otro lado, entre ella y el señor Nobley, sobrino de la mujer que regenta Austenland, y que ejerce, de alguna manera, de una especie de señor Darcy, se establecerá un tira y afloja muy gustoso de ver en pantalla, sobre todo por las miradas tan expresivas de él (véase este ejemplo gráfico), interpretado magistralmente por JJ Feild, actor al que no conocía en absoluto y que, sin embargo, no pienso perder la pista (además, parece estar hecho para interpretar personajes de este tipo de novelas). Así, se establecerá un trío amoroso que irá variando a lo largo de la cinta, y que sufrirá un giro más notable a raíz de que la señorita Erstwhile y el señor Nobley deban ensayar juntos la historia de dos enamorados, pues los límites entre ficción y realidad se harán cada vez más difusos; y es que esto ya es la ‘metahistoria’: una obra de teatro dentro de un mundo creado artificialmente para disfrute de los apasionados austenianos —¿o austenitas?: ¡ruego que alguien me saque de dudas respecto a esto!—. De hecho, la mezcla entre ficción y realidad es una constante a lo largo de la narración, no quedando nunca claros los límites entre una y otra, y convirtiéndose en uno de los puntos fuertes de la película. Si bien nuestra propia protagonista duda de lo que es o no verdadero, el espectador también tiene ciertas dudas sobre algunas tramas o personajes. Al final, lo que parecía ser más sincero acaba descubriéndose como una mentira, mientras que aquello que tenía pinta de ser pactado termina revelándose como lo más honesto. Y aunque hay ciertas cosas que uno puede llegar a intuir no tanto por lo que se dice explícitamente como por lo que ciertos gestos o expresiones dejan entrever, hay un asunto que yo, personalmente, no vi venir, y que, sin embargo, consigue darle la vuelta a buena parte del metraje (eso sí, aquí vuelvo a hacer mención, como ya lo he hecho en otras ocasiones, a mi no muy brillante facultad para detectar este tipo de cosas).
 
Sin duda es una película que disfrutarán especialmente los que, como yo, tantas veces hemos fantaseado con vivir un par de siglos antes y frecuentar, entre otras muchas cosas, esos bailes en los que todo se jugaba en unas miradas y unos cuantos movimientos. Irremediablemente, esto ha influido en mi visionado de la película, pues no he podido evitar disfrutar de una vivencia similar, aun no experimentándola yo en mis propias carnes. Sea como fuere, y dejando la romantización aparte, creo que es un argumento muy original y que hará las delicias de cualquiera que reniegue de estos tiempos tan agitados y poco galantes. Además, hay una reflexión sobre no crearse falsas expectativas a raíz de las novelas; pero, al mismo tiempo, también una apuesta por no conformarse con lo primero que uno encuentra, defendiendo la existencia de un amor en términos duraderos, incluso en los tiempos que corren. Me gusta que en esta película no haya una crítica radical a esa idealización del amor, sino que defienda que, cuando el auténtico amor se encuentra en la vida real, lo hace también de esa misma forma exaltada y maravillosa (otra cosa muy diferente es lo complicado de dar con él). Sin embargo, la dificultad de encontrarlo, o la incapacidad para hacer frente a algo tan valioso, no le debe llevar a uno a negar que exista (quizá sólo pueda reconocer su mala suerte, y la de casi todos los mortales, o su cobardía a la hora de comprometerse). Pero, claro, eso es demasiado pedir: uno lo exige todo sin querer sacrificar absolutamente nada; y eso, como es de esperar, nunca sale bien.
 
Por ir ya cerrando, cabe señalar que la película cuenta con secuencias francamente bellas: la del caballo bajo la lluvia, la charla que tienen respecto a las bondades de Austenland poco antes de que el señor Nobley le quite a la señorita Erstwhile su cuaderno de dibujo, la de la puerta después de la obra de teatro, etc. Pero también otras muy divertidas, como cuando la señorita Erstwhile quiere salirse del papel en el que ha sido encasillada y se viste con ropas que no son suyas, y que son mucho más elegantes de las que ella dispone —al haber pagado menos que las otras dos mujeres con las que comparte estancia, tiene menos privilegios—, y hace su aparición estelar en la sala común, ante la mirada atenta de todos —especialmente, claro está, del señor Nobley—, mientras suena la maravillosa “Bette Davis eyes”, de Kim Carnes. Y es que otra cuestión que aún no he tratado, pero que no me puedo olvidar de apuntar, es su estupenda banda sonora: hay canciones originales compuestas para esta película por Ilan Eshkeri e interpretadas por Emmy the Great, entre las que destaco “What up”, pero también clásicos de los ochenta, como “Only you”, de Yazoo (aunque aquí versionada por Emmy the Great); “Heaven is a place on earth”, de Belinda Carlisle; “The lady in red”, de Chris de Burgh; o “It must have been love”, de Roxette. Ese contraste entre canciones del siglo XX y ambientación, en cambio, del siglo XVIII cuadra muy bien con lo que se nos está contando: no resulta extraña esa asociación, pues precisamente los personajes son actuales, pero están metidos en una época que no es la suya. Y, claro, cómo no hablar de la química que hay entre la señorita Erstwhile y el señor Nobley…, culminando con un final a la altura de una historia a la que, inevitablemente, sé que volveré.
 
3.     Anexo: Películas que comparten con la escritora meramente el nombre en sus respectivos títulos
 
Jane Austen en Manhattan (1980)
 
Lo más probable es que jamás hubiera llegado a esta película, dirigida por James Ivory, de no ser por buscar todas las obras audiovisuales que tuvieran relación con Jane Austen. Y he de decir que su visionado, si bien no me sirve para los objetivos de este artículo, pues no tiene un vínculo directo con la autora inglesa, sí que encierra varias ideas interesantes que conviene estudiar detenidamente. La trama no tiene demasiado misterio: Peter, un dramaturgo con ínfulas, consigue en una subasta, a través de una especie de mecenas que apoya sus proyectos algo alocados, hacerse con un manuscrito de “Sir Charles Grandison”. Esta obra aparece en esta película vinculada a la mano de Jane Austen; y es que, al parecer, por lo que me he podido informar, ella hizo una adaptación durante su juventud de la novela de Samuel Richardson, por la que sentía una gran predilección. Peter tratará de llevarla a escena, adaptándola a una forma mucho más moderna e histriónica, muy alejada del tono del texto primigenio. Para ello cuenta con su fiel grupo de actores, que le tienen idolatrado y que se desviven por él, y a los que Peter tiene sometidos a sus métodos extraños. Además, les ha conseguido convencer de la validez de sus proyectos, que básicamente subasta gracias al dinero que estos le dan. Su presencia cuando aparece en escena es inquietante, y sus penetrantes ojos azules —está interpretado por Robert Powell— transmiten bien esa mezcla de seguridad y temor que despierta en quienes le rodean. Una de las actrices que más abducida está por él es Ariadne, una joven que poco a poco se va a ir alejando de su novio, Victor, al que aparentemente estaba muy unida antes de conocer al críptico dramaturgo, que consigue que todos graviten alrededor suyo y que impide la entrada de cualquiera que esté fuera de ese círculo endogámico —de hecho, incluso conviven todos juntos como si estuvieran en una comuna—. Por cierto, cabe señalar que la ya nombrada Ariadne está encarnada por una jovencísima Sean Young: la actriz que dio vida a Rachel, la replicante casi humana de “Blade Runner” (1982), desempeña en “Jane Austen en Manhattan” su primer papel en el cine (y está realmente encantadora).
 
Más allá de esta curiosidad, la película, como no puede ser de otra manera, tiene un estilo muy ochentero, y cuenta con la ventaja de tener Nueva York de fondo. Aunque aparentemente no pasan grandes cosas, y la trama se mueve alrededor de pocos escenarios, lo cierto es que por debajo laten importantes cuestiones sobre el arte. De entrada, la reflexión que salta a la vista es la de si las obras de arte deben o no ser intocables. Las dos vertientes de esta idea aparecen encarnadas en el personaje de Peter y de Liliana (una especie de madre adoptiva del dramaturgo que acabó por desencantarse de él y echarle de casa). Así como el primero pretende actualizar el texto y llevarlo a escena en unos términos supuestamente rompedores, la segunda considera esto como una devaluación de la obra en la que se inspira, y es por ello que su adaptación pretende ser fidedigna con la fuente de la que se nutre. Además, desde esta idea es fácil saltar a otra reflexión, a saber: si una obra es clásica, ¿tiene sentido adaptarla a un lenguaje más actual o a una puesta en escena más moderna? ¿No es precisamente su carácter imperturbable la que la convierte en clásica? Las obras que trascienden generaciones y generaciones guardan dentro de sí aquello que se mantiene inmutable a lo largo de los siglos. Lo que cambia es el envoltorio —la vestimenta, las formas de hablar y de divertirse, etc.—, pero no el ser humano, no las pasiones que le mueven, no aquello por lo que se desvive. Es por eso que esa constante necesidad de algunos ‘artistas’ de innovar, de creer que uno está inventando algo nuevo y sorprendente es tan errada: el arte no va de eso, sino que lo que permite es escarbar con mayor profundidad en las cavidades humanas, en sus contradicciones y angustias. El verdadero papel del artista no es ver aumentado su ego a través de la invención de algo nunca antes visto, y ser aplaudido por ello, sino que es el de transmitir certeramente eso que él ve con más claridad que el resto. Por eso no todo el mundo puede ser artista. Y esto me parece que queda maravillosamente bien reflejado en la película: Peter representa de una manera muy acertada la figura del que se cree genio cuando no es más que un maleante mediocre que se aprovecha de la debilidad del personal. Esto, sin duda, guarda una relación directa con las sectas. El hombre está deseoso por dotar a su vida de sentido, y eso explica su facilidad a la hora de adherirse a cualquier tipo de grupúsculo. Además, éste deberá contar con un líder carismático (me vienen a la cabeza nombres como Osho o Charles Manson), capaz de recibir la aquiescencia de sus secuaces sin la más mínima objeción: la libertad verdadera es costosa —ésa, precisamente, a la que jamás se alude, a pesar de estar hartos de oír la tan manida fórmula «libertad, libertad, libertad» de cualquier boca y en cualquier contexto—, y casi nadie tiene la fortaleza de ánimo como para defenderla hasta el final. Volviendo a la cinta que nos ocupa, podemos decir que “Jane Austen en Manhattan” no es ningún prodigio ni nos descubre nada otras tantas veces visto, pero sí permite darles una nueva vuelta a estas cuestiones sobre el arte, y eso siempre es una buena noticia.
 
Mafia. ¡Estafa como puedas! (1998)
 
Si hubiese visto únicamente el título en español de esta película no estaría hablando hoy de ella por aquí, y es que la traducción “Mafia. ¡Estafa como puedas!” (1998) es bastante libre respecto al original, que dice: “Jane Austen’s Mafia!”. Pero…, más allá de eso…, ¿acaso hay algo que responda a esa alusión a una autora tan concreta? No. O, al menos, yo he sido incapaz de detectarlo. Lo único que se me ocurre es que simplemente jueguen también ahí con el surrealismo que recorre toda la película, buscando con el título algo tan disparatado como que el universo de las obras de Jane Austen, con fama de ordenado y agradable, fuera salpicado por la mafia. Las razones por las que el título haya sufrido tanto cambio entre un idioma y otro pueden tener que ver precisamente con esa dificultad a la hora de entender su sentido o también como una manera de evitar que llevase a error y que el público esperase ver algo que jamás iba a encontrar. Sea como fuere, han adoptado el recurso más fácil para ello, a saber: inspirarse en la primera cinta del director, que se conoce en España como “Aterriza como puedas” (1980), cuando su título en inglés es “Airplane!”. He de reconocer que siempre me ha generado curiosidad cómo se llevan a cabo estas traducciones y a qué responden exactamente, pues a veces son excesivamente literales, mientras que otras cambian absolutamente el contenido original.
 
Volviendo a la película, me cuesta ser capaz de decir si me ha gustado o me ha parecido una absoluta chorrada. De decantarme por una opción, tiendo a creer que es más bien la primera. No puedo obviar aquí el hecho de que no esperaba nada de ella: tiene un mísero 4,6 en Filmaffinity y no cuenta tampoco con demasiadas referencias. Es una película repleta de humor absurdo, de constantes bromas y de innumerables referencias a otras cintas. Es, en buena medida, una parodia satírica sobre las películas de gánsteres. A quien escribe estas líneas no le queda más remedio que reconocer que, sin tener el carné de experto en la materia, ha sonreído en varias ocasiones (supongo que quienes sean duchos en este género la disfrutarán mucho más que yo, pues captarán las tantísimas referencias contenidas en sus fotogramas). Desde luego no es para todos los paladares, y habrá quienes vean sólo estupidez en sus secuencias, pero uno nunca puede perder de vista que, para hacer una sátira de calidad sobre algo, uno debe tener un pleno conocimiento de ese algo. La buena comedia implica dar un salto más que el de narrar la vida tal cual es, y por eso es mucho más complicada que el drama y merece un mayor reconocimiento que el que habitualmente se le suele dar. En estos tiempos tan encorsetados, donde el arte es de las primeras cosas que tienden a resentirse y a coartarse, ver “Mafia. ¡Estafa como puedas!” a mí me ha devuelto algo de frescura y esperanza. Es una película muy poco pretenciosa y, sin embargo, muy segura de sí misma: se mueve con paso firme por momentos extremadamente locos y, aun así, jamás consigue perder el pulso. Ayuda mucho que no llegue ni a la hora y media de duración —¡benditas las películas que se mueven en esa cifra mágica!— y que no haya demasiado respiro entre broma y broma. Es ágil, se mueve con ritmo y se ríe con gran acierto y tino de esas familias de mafiosos que tantas veces hemos visto en las cintas de Scorsese o en la saga de “El padrino”. Pero también hay otras tantísimas referencias veladas y otras completamente explícitas que se alejan de este mundo repleto de lujos, drogas y de chicas guapas…, ¡y es que incluso sale E. T. montado en un barco rumbo a América o un guiño a la mismísima “Forrest Gump” (1994)! Como curiosidad, cabe señalar que fue un auténtico fracaso de taquilla, que incluso llevó a su director, Jim Abrahams, a abandonar su profesión y a dedicarse de lleno a su familia, cuando contaba con apenas 54 años.
 
Conclusión
 
Como ya quedó apuntado en la introducción, este acercamiento a la figura de Jane Austen desde la pequeña y la gran pantalla es bastante variado, pero no ahonda demasiado en lo que buscábamos encontrar, pues pocas son las cintas que nos ayudan a entender mejor a la autora que no triunfó demasiado durante su vida, pero que, sin embargo, a su muerte empezó a gozar de una fama que no se espera ya que remita. De cualquier modo, espero que este repaso sirva para que el interés por ella crezca en el lector, o para que la curiosidad por la validez de lo que se cuenta encuentre las ganas de sumergirse en otras fuentes quizá más fiables. Aun así, no me arrepiento en absoluto de esta aproximación a Jane Austen desde el cine, pues he descubierto películas muy agradables que me han hecho pasar muy buenos momentos en estos tiempos tan grises y desasosegantes —mención especial a “En tierra de Jane Austen”—. El acercamiento a una vida en tan poco tiempo siempre pecará de ser superficial y escueto, pero creo que “Jane Austen recuerda” consigue captar el carácter de esta escritora, así que os invito a verla si éste os llama algo la atención, aunque no tanto como para descubrirlo leyendo alguna de sus biografías o su correspondencia epistolar (ambos documentos mucho más recomendables y fidedignos, claro). De cualquier modo, el cine nos acerca a la época de una manera muy visual y palpable, y eso facilita comprender mejor aquello que nos cuenta, por lo que es un complemento maravilloso para ampliar nuestro conocimiento sobre la forma de vivir que se tenía entonces, el vestuario, la decoración de los hogares, etc. Por último, no puedo dejar de señalar que he tenido muchas dudas a la hora de incluir o no el anexo, que contiene las películas “Jane Austen en Manhattan” y “Mafia. ¡Estafa como puedas!”, decantándome finalmente por dejarlo por si a alguien le ha ocurrido lo mismo o quiere evitar su visionado (en el caso de que sólo busque material audiovisual relacionado con la autora). Además, creo que la reflexión de la cinta de 1980 sobre las obras clásicas nos permite pensar sobre la impronta artística de esta escritora. Espero que este pequeño repaso a la insondable figura de Jane Austen, dividido en tres entregas, haya arrojado algo de luz y sirva también para contextualizar su obra literaria, que se abrirá paso ya desde el siguiente artículo, empezando por sus escritos menores, hasta alcanzar, poco a poco, sus novelas más logradas e inolvidables.

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