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Las adaptaciones cinematográficas de Orgullo y prejuicio (I)

Ante los mastodónticos artículos que surgieron con las adaptaciones cinematográficas de “Juicio y sentimiento” (1811), he decidido dividir aún más los que ahora nos ocupan, que son los concernientes a “Orgullo y prejuicio” (1813). Al ser ésta la novela más famosa y extendida de Jane Austen, y siendo consciente de que la longitud de mis escritos habituales está muy por encima de la atención que suele dedicar el común de los mortales a los mares internáuticos, creo que las seis partes que conformarán el estudio sobre las versiones audiovisuales de su segundo libro harán más digerible y accesible su lectura. Sé bien que no son muchos los forofos de este tipo de ciclos tan largos, pero espero que a algún seguidor de la agudeza de la escritora de Steventon le sirvan para algo, encuentre en ellos alguna información relevante o le ayuden a ahorrar tiempo a la hora de decidirse entre los múltiples traslados de su obra a la pequeña y a la gran pantalla. Además, creo que esta vez voy a incorporar una cortísima conclusión al término de cada parte, de manera que pueda seguirse el hilo del conjunto de una forma más ordenada, al tiempo que abro la posibilidad de que algún perezoso o rezagado pueda tener una idea general del asunto en un vistazo rápido. Con la intención de que este breve comentario sirva de introducción general a esta serie de artículos, divididos exclusivamente por la mera duración de los distintos metrajes, comentaré muy por encima lo que os vais a encontrar en esta sección inicial. De entrada, hablaremos de “Más fuerte que el orgullo”, la película que en 1940 transformó por primera vez la novela de 1813 al lenguaje propio del séptimo arte, y de dos miniseries, una italiana, “Orgoglio e pregiudizio”, de 1957, y otra neerlandesa, de 1961, que responde al nombre de “De vier dochters Bennet”. Dicho esto, pongámonos manos a la obra.
 
Más fuerte que el orgullo (1940)
 
La primera adaptación de “Orgullo y prejuicio”, dirigida por Robert Z. Leonard, se remonta al año 1940. Aunque el título original es simple y llanamente como el de la novela, en español se pusieron creativos y la llamaron “Más fuerte que el orgullo”. No podemos decir que esta cinta, que alcanza casi las dos horas, sea mala, pero desde luego es una versión muy reducida y libre del clásico de Jane Austen. Indudablemente, cualquier película o miniserie que pretenda llevar a la pantalla “Orgullo y prejuicio” en todo su esplendor y con el desarrollo y los giros que contiene deberá extender su metraje hasta alcanzar una duración holgada, pues, en caso contrario, estaremos ante un encadenamiento de coyunturas que se sucederán unas a otras con demasiada presteza y con el peligro de anular el recorrido que la autora se esfuerza en proponer a lo largo de su novela. De hecho, quizá precisamente teniendo en cuenta esto, y como deferencia hacia el espectador, al inicio de la película se nos introducen los diferentes escenarios a los que asistiremos, así como los personajes vinculados a cada uno de ellos.
 
Dicho esto, hay que decir que esta versión cinematográfica tiene cosas muy buenas y otras terribles. Por empezar por las primeras, cabe señalar que, en conjunto, la familia Bennet está relativamente bien encarnada. Aunque en apariencia no me cuadre demasiado ningún personaje, salvo la señora Bennet —interpretada con acierto por Mary Boland—, que físicamente se adecúa a como yo me la había imaginado, considero que los temperamentos de todos ellos se ajustan suficientemente bien a los que Jane Austen perfiló en sus páginas. De cualquier forma, y por ir a lo más evidente, tengo ciertos reparos con la manera en la que se nos presenta a Jane. Así como no puede negarse el encanto de Maureen O’Sullivan a la hora de dar vida a este personaje, al que creo que dota estupendamente bien de su dulzura y bondad, creo que en ocasiones se nos pinta demasiado ñoña, característica que no concordaría en absoluto con Jane, que jamás peca de ser afectada. En este sentido, esos llantos exagerados y desbordantes con los que encaja la partida del señor Bingley en esta cinta —trasladado notablemente bien por Bruce Lester— jamás podrían corresponderse con la fría resignación con la que acepta en el libro que no había nada explícito entre ellos y que, por esa misma razón, no puede sentirse realmente dolida o decepcionada por su marcha. Por el contrario, Greer Garson, con ese complicado equilibrio entre la ironía y la ternura, dota de personalidad y solidez al personaje de Elizabeth. Además, creo que está bellamente retratada la relación entre Jane y Elizabeth, logrando reflejar muy bien cómo el fondo de admiración y cariño que se tienen consigue prevalecer siempre sobre sus naturalezas tan dispares.
 
Desde luego que no podemos decir que todo sea poco acertado en esta película, pues incluso hay detalles bastante bien llevados que espero que se mantengan a lo largo de las versiones posteriores. Por un lado, el matrimonio de los Bennet está trasladado a la pantalla con tino, consiguiendo reflejar ese tira y afloja constante que tienen ambos personajes, donde la socarronería del señor Bennet —interpretado por Edmund Gwenn— acaba por hacer aflorar los nervios de la señora Bennet (como curiosidad en este sentido, se recupera del libro la constante referencia del señor Bennet a la necedad de sus hijas, algo que saca especialmente de quicio a su mujer). A su vez, la rivalidad entre la señora Bennet y la señora Lucas  —Marjorie Wood—, fruto del afán de hacerse con los mejores maridos para sus respectivas hijas, también está muy bien llevada, brillando en todo su esplendor en esa secuencia inicial tras la llegada del señor Bingley a Netherfield (eso sí, ya en estos primeros compases se hace referencia a lo poco agraciada que es Charlotte Lucas, lo que tiene su equivalente en la novela, pero que en este caso no nos parece que tenga demasiado sentido, pues, aunque Karen Morley no destaque por su belleza, tampoco podemos considerarla fea como tal). Asimismo, me parece que Melville Cooper encarna estupendamente bien al señor Collins, trasladando, con esa cara de imbécil, su idiosincrasia pomposa, empalagosa y repelente. Además, otra cosa a destacar es lo bien reflejada que está la vergüenza ajena que produce la tendencia al alboroto y a la llamada de atención de algunos de los Bennet. En este sentido, cabe recalcar tanto la secuencia en la que durante el primer baile de la novela vemos cómo el señor Darcy mira con desprecio a Lydia  —Ann Rutherford— y a Kitty —Heather Angel—, que están haciendo alarde de su vulgaridad y escándalo, como aquella en la que vemos cómo Mary —Marsha Hunt— se pone a cantar sin ningún tipo de control en mitad del baile de Netherfield y ante la atenta mirada de Lizzy y de algunos de los presentes (no quiero dejar de subrayar aquí la complicidad entre Elizabeth y su padre, que aparece en esa escena y que recorre toda la cinta de una manera muy fiel al libro).
 
Sin embargo…, ¡hay tantísimas cosas que fallan en la cinta! De entrada, no sólo vemos a Wickham —interpretado por Edward Ashley-Cooper, que no me convence nada en este papel— aparecer casi desde el principio, sino que rápidamente detectamos que tiene una excesiva predilección por Elizabeth, algo que se aleja bastante de la novela, donde precisamente es ella la que está más detrás de él (falseando esto parecería que se está queriendo abusar de ese carácter independiente que sin duda tiene nuestra heroína, extendiéndolo más allá de los límites en los que se enmarca en el texto). Además, el reencuentro del señor Darcy y el señor Wickham está muy cambiado respecto a la novela, lo que provoca que toda la tensión que tan bien reflejó la autora en ese cruce de miradas entre ambos caballeros quede diluida en algo mucho más anodino y poco reseñable (a lo que se suma que tampoco se mantiene cómo le conoció Elizabeth). A su vez, no deja de sorprender el gran acercamiento del señor Darcy a Elizabeth casi desde el principio de la película, mostrando mucha menos distancia con ella de la que nos describe el texto de 1813. Como ejemplo de esto, cabe hacer mención a la visita del señor Darcy a Rosings, donde se muestra tan sumamente afable y cercano con Elizabeth que hasta la propia Catherine de Bourgh —Edna May Oliver— se mosquea al verlos juntos. Y, por cierto, hablando de esta visita, ¿a cuento de qué han puesto a un coronel Fitzwilliam —Gerald Oliver Smith— al que parece que le falte un cromosoma, cuando el concebido por Jane Austen se nos presentaba como un caballero apuesto y amable? Nunca lo sabremos.
 
Reconozco que este señor Darcy no me acaba de convencer demasiado. Es indudable que Laurence Olivier, que ya hizo en su momento de Heathcliff en la adaptación de 1933 de “Cumbres Borrascosas” (1847), es un actor estupendo, pero no me termina de encajar físicamente (aunque hay que decir que destaca por su altura, y ésa es una de las cualidades que el libro se esfuerza en recalcar). De cualquier modo, es cierto que está bastante bien llevada la declaración del señor Darcy a Elizabeth, aunque en la conversación que ambos personajes mantienen ya estén contenidas algunas de las cuestiones que aparecían en la carta que éste le entregaría a ella poco después de su rechazo. Y es que aquí, suponemos que por una cuestión de tiempo, todo el asunto de la misiva va a omitirse, por lo que era inevitable meter algunos detalles importantes en otros momentos del metraje. Sin embargo, no será lo único que se va a obviar, sino que también el viaje de Elizabeth con sus tíos a Derbyshire va a quedar eliminado en su totalidad, provocando nuevamente que se tengan que hacer ajustes parecidos al recientemente señalado. Sin embargo, este collage entre unas escenas y otras no va a dar demasiados buenos resultados en este caso; pues, cuando Elizabeth se entera de todo el jaleo entre Lydia y Wickham, aún no sabe cómo es el oficial, así que se pierde toda la rabia que ella siente cuando descubre el embrollo en el que anda metida su alocada hermana. De hecho, será precisamente poco después cuando, presentándose el señor Darcy en Longbourn (algo que no ocurre en la novela), él le cuente finalmente cómo es el señor Wickham y lo que intentó hacer con su hermana Georgiana. Además, se ofrece explícitamente a ayudar en el asunto de los estúpidos amantes, algo que rompe toda la oscuridad y discreción del personaje, que precisamente se cuida de hacerlo sin levantar sospechas y con la mayor de las reservas.
 
Por otra parte, hay invenciones notorias o cambios de la historia que son terriblemente molestos de digerir, especialmente porque modifican toda la intención que tiene la trama. Desde luego que aquí me estoy refiriendo a la visita de Catherine de Bourgh a Longbourn, que se enmarca en un contexto en el que tienen la casa manga por hombro porque pensaban mudarse por la cantidad de cuchicheos que circulaban en el vecindario sobre lo de Lydia y Wickham (una creación fantasiosa de esta cinta que no tiene base alguna en el libro). Sin embargo, lo peor de todo no es que se produzca cuando Lydia y Wickham se han presentado allí inesperadamente, provocando así que la familia Bennet finalmente aborte la misión de marcharse de su querido hogar, ni que todavía no haya tenido lugar la propuesta de matrimonio del señor Bingley a Jane, sino que lo radicalmente fastidioso del asunto es que el sentido de esta conversación sea el opuesto al que le da la autora en el libro. Por acotar la inventiva con la que esta película aborda esta secuencia, no sólo aquí lady Catherine le suelta a Elizabeth lo mucho que ha ayudado su sobrino en el asunto de su hermana y el oficial, sino que vemos cómo estaba compinchada con el señor Darcy y que lo que quería era poner a prueba a Elizabeth para ver si se merecía casarse con él (algo a lo que, encantada, acabará dando su consentimiento, pues ya se había percatado de la perspicacia de la joven durante su visita a Rosings). Y la pregunta es…: ¿por qué este giro? ¿Por qué hacer repentinamente agradable y magnánima a Catherine de Bourgh, cuando el único objetivo de su visita a Elizabeth es dejarle claro que no tiene nada que hacer con su sobrino, al que pretende casar con su hija? Lo cierto es que cuesta mucho entender este desatino, cuyo planteamiento choca de lleno con el original. Así que finalmente asistimos a un desenlace muy forzado y rápido en el que se nos deja entrever que ambas hermanas están comprometidas. Y aunque éste sea precisamente el cierre de la novela, el camino hasta ese momento ha sufrido tal cantidad de cambios que cuesta reconocer la equivalencia entre libro y adaptación.
 
Como hemos venido apuntando a lo largo de este pequeño escrito, los defectos de esta película son numerosos, aunque sin duda hay uno que destaca por encima del resto: la velocidad con la que se desarrolla toda la historia y el terrible solapamiento, sin solución de continuidad, entre unos acontecimientos y otros, impidiendo una evolución tranquila de la trama. Uno de los ejemplos más sangrantes de esto es el inexistente recorrido del cambio de parecer de Elizabeth sobre el señor Darcy, que no sólo se comprende aún menos porque lo de la carta se ha eliminado, sino que también queda sacrificado por la corta duración de la cinta, en contra del amplio tratamiento que se le da en la novela, volviéndose de este modo muy poco creíble y sumamente precipitado. Además, con la eliminación del viaje a Pemberley de Elizabeth con sus tíos, así como por el hecho de que el señor Darcy se muestra solícito con Elizabeth casi desde el principio de la película, la transformación del comportamiento del señor Darcy, fruto del inesperado rechazo de Elizabeth, tampoco va a tener lugar propiamente. En resumidas cuentas, una adaptación de “Orgullo y prejuicio” que se deja ver con agrado, pero que, al distanciarse lo suficiente del texto, tomarse ciertas licencias e introducir cambios que cuesta entender y que incluso a veces van a la contra del libro, no hará las delicias de los amantes de esta novela, que no podrán verla más que como una curiosidad, esperando que entre las venideras haya otras mejores y más fieles a la historia original.
 
Orgoglio e pregiudizio (1957)
 
Pasamos ahora a la primera versión en formato de miniserie de la novela de Jane Austen: “Orgoglio e pregiudizio” (1957). Esta adaptación italiana, dirigida por Daniele D’Anza, está conformada por cinco episodios, que se mueven entre los 45 minutos y la hora y cuarto, hasta sumar un total de cuatro horas y media. Hago un inciso aquí para decir que he tenido que verla en versión original con subtítulos en italiano, por lo que os pido cierta piedad con el resultado de esta parte del análisis (y es que, por mucho que haya estudiado tres años de este idioma, quizá haya detalles que se me han escapado o que no he entendido correctamente). Sea como fuere, y por ir al meollo del asunto, estamos ante una adaptación de “Orgullo y prejuicio” muy a la italiana —por lo excesiva, afectada y escandalosa que resulta—, que, cambiando varios acontecimientos de la trama y fusionando otros tantos, logra un equilibrio que dista de resultarle reconfortante al lector acérrimo de la autora inglesa.
 
De entrada, han liquidado al personaje de Kitty de un plumazo, provocando que la Mary de esta adaptación —encarnada por Daniela Calvino— sea una mezcla no muy conseguida entre la hermana de ese mismo nombre del libro y la que brilla por su ausencia en esta miniserie, aunque acercándose bastante más a la inseparable compañera de Lydia, a la que da vida bastante bien Luisella Boni, que, además de por su carácter desenfadado, vanidoso y festivo, destaca aquí también por su considerable altura (algo que se agradece, pues, aunque se nos describía en esos términos en el libro, la cinta de 1940 obvió por completo este detalle). Por su parte, volvemos a estar ante una Jane —aquí, vete tú a saber por qué, llamada Jenny— ñoña, afectada, excesivamente dulce y floja de carácter, cogiendo nuevamente el testigo de la película dirigida por Robert Z. Leonard y no trasladando este personaje en toda su complejidad. ¡Qué difícil lo tienen las Elinor Dashwood y las Jane Bennet para que las capten bien en la gran pantalla! De hecho, lo sorprendente aquí es que Jane recuerda en ocasiones mucho más a Marianne que a la hermana mayor de las Dashwood, cuando realmente tiene mucho más de la frialdad de esta última que de la pasión desenfrenada de la primera. Además, no me parece que Vira Silenti destaque por su hermosura, por lo que haberla elegido para encarnar este papel no fue la mejor de las decisiones…, sobre todo si la comparamos con la bellísima Virna Lisi, que es precisamente quien da vida a Elizabeth, de menor atractivo físico que su hermana según la autora que las creó, pero que aquí se come la pantalla en cada escena en la que sale. Eso sí, aunque quizá destaque más de lo que debería, hay que decir que su rasgo principal, sus hermosos ojos, están presentes en esta versión, pues los de esta actriz no pueden ser más expresivos. Por tanto, en cuanto a apariencia, me parece infinitamente más acertada que la Greer Garson de la adaptación de 1940, aunque en relación con el carácter probablemente haría una mezcla entre ambas, pues ninguna me parece que plasme al completo el fulgor de la idiosincrasia de Elizabeth.
 
A su vez, los señores Bennet vuelven a estar bastante acertados, si bien el nivel de ruido que frecuenta la señora Bennet —Elsa Merlini— alcanza límites difícilmente soportables a los espíritus tranquilos y silenciosos. Además, se recuperan aquí varios de los comentarios contra sus hijas que suelta el señor Bennet —Sergio Tofano— a lo largo de la novela, quedando así bien reflejado su temperamento sarcástico y poco amigo de la adulación (especialmente respecto a su círculo más cercano, del que se mofa en cuanto tiene la más mínima ocasión). Por el contrario, el resto de los personajes masculinos de la historia no me convencen demasiado. De entrada, así como el señor Collins —Elio Pandolfi— me parece más afeminado de la cuenta en sus maneras, prefiriendo mucho más al de la adaptación anterior, el señor Bingley —Matteo Spinola— tiene tan poca determinación y cuenta con un carácter tan decaído y aletargado que me resulta excesivamente pánfilo (normal, eso sí, que la relación entre él y la Jane de esta versión sea tan melindrosa y dulzona). Por su parte, aunque me parece que Enrico Maria Salerno cuenta con un empaque a la altura del personaje de Wickham —a mi parecer, mucho más que el de la cinta de 1940—, resulta excesivo todo lo que aparece durante el metraje, soltando monólogos infinitos a los que jamás asistimos en el libro y que se hacen pesados a más no poder. De hecho, incluso se nos trasladan secuencias que no vivimos en primera persona durante la narración escrita, como la vida disoluta que lleva con Lydia cuando se fugan o el momento en el que el señor Darcy trata de arreglar el matrimonio entre ambos (de ahí que sorprenda y moleste tanto que luego otras escenas se acorten, se pase muy por encima de ellas o incluso se obvien). Sea como fuere, y por seguir con el elenco, hay que decir que el señor Darcy, encarnado en este caso por Franco Volpi, tampoco destaca, sino que está como a medio gas: ni su físico atrae ni su forma de moverse o de estar genera genuino interés. De algún modo, sale donde tiene que salir, pero ni de lejos refleja el tono del caballero de las páginas de Jane Austen. Además, volviendo a recaer en antiguos errores, se muestra demasiado afable con Elizabeth, algo que esperamos que por fin sea solventado por alguna adaptación antes de que nos desesperemos por no encontrar en la pequeña o en la gran pantalla a este galán en los términos que se merece y del modo en el que su autora lo concibió. Por último, los demás personajes secundarios están correctos: ninguno sobresale en especial, pero tampoco llegan a estorbar.
 
Dejando de lado los personajes y yendo ya a la forma en la que la historia original se ha trasladado al lenguaje cinematográfico, llama la atención que el primer episodio abra con un duelo entre caballeros. Aunque de entrada desconocemos quiénes son, nuestras sospechas se confirmarán poco después: se trata del señor Darcy y del señor Wickham. No te digo yo que no pueda funcionar como metáfora de uno de los conflictos que reverbera a lo largo de buena parte de la trama, pero quizá sea una secuencia superflua que poco o nada aporta al conjunto y que parece metida con calzador para que el espectador más ajeno a la historia abra boca. Sin embargo, ésta será la primera, y desde luego no la peor ni la más importante, de otras tantas cosas fallidas de esta adaptación. Por nombrar una de las que aparecen al principio, cuesta comprender la secuencia en la que Wickham le pide dinero al señor Bingley, algo que no ocurre en absoluto en el libro y que no sé bien a qué responde. Además, aquí también vemos que, en vez de ir Jane sola a Nethefield a raíz de la invitación de Caroline Bingley, va también Elizabeth con ella (puede que quisieran comprimir metraje, eso es cierto, dado que ella iría a visitarla poco después, pero podrían haberse ahorrado este cambio acortando peroratas innecesarias e inventadas de Wickham que no vienen a cuento). Aunque si hay algo que me molesta sobremanera es que, después de enrollarse contando chorradas, alargando momentos que no tienen ninguna repercusión en el desarrollo de la historia o sacando de quicio escenas que no ocurren en la novela (me viene a la cabeza la eterna secuencia del baile casi al final de la adaptación), tanto la propuesta de matrimonio como la carta que el señor Darcy le entrega a Elizabeth tras su rechazo —dos momentos fundamentales del libro— no sean llevados a la pantalla, sino que nos cuenten por escrito que han tenido lugar, haciendo con ello alarde de un recurso tremendamente cutre y pobre.
 
Por decirlo en pocas palabras, creo que uno de los defectos más graves de esta miniserie es el de no paliar algunos de los desaciertos de su predecesora. En este sentido, volvemos a observar aquí, en todo su esplendor, a un Wickham mucho más amable con Elizabeth de lo que sucede a la inversa (hasta el punto de que en un momento le comenta que le gustaría casarse con ella), con el agravante de que el encontronazo entre el apuesto oficial y el señor Darcy no puede ser menos sutil en esta versión, empeorando incluso el que nos proponía la adaptación de 1940, ya deficiente en exceso. A su vez, juraría que lo de que el señor Darcy escuche a escondidas durante uno de los bailes del vecindario cómo la señora Bennet está segura de que su hija Jane y el señor Bingley van a casarse pronto es fruto de la fantasía de sus creadores, aunque realmente es una secuencia calcada casi al milímetro de una que aparece en la película de 1940, de cuya veracidad también dudamos. Aquí, tal y como ya ocurriera en la anterior adaptación, se ha eliminado el viaje a Derbyshire —¡y mira que tenían metraje para contarlo!—, aunque tratan de suplirlo con un encuentro con el ama de llaves del señor Darcy en Netherfield, como queriendo hacer referencia a la excursión a Pemberley de Elizabeth y sus tíos, pero sin que tenga demasiado sentido en este contexto y acompañada en este caso de Jane y no de los Gardiner. Y es que, además, no sólo tratan de meter este suceso con poco acierto y de manera precipitada, sino que incluso aparecen el señor Darcy y Georgiana en Netherfield, y asistimos a una escena de ellos con los señores Bennet la mar de extraña y cogida con pinzas (por no hablar de un encuentro posterior en Netherfield, en un tono demasiado festivo y amigable, entre Caroline, el señor Bingley, Jane, Elizabeth, Georgiana y el señor Darcy…). La verdad es que no le acabo de ver el sentido a juntar lo de Pemberley con Netherfield cuando van a gastar el mismo tiempo de metraje que si lo hubieran dejado como realmente sucede en el libro.
 
A su vez, la forma en la que Elizabeth se toma la proposición del señor Collins —con demasiada guasa, poca seriedad y hasta con un cierto enfado desbocado— resulta muy alejada del modo original en el que afronta este inesperado acontecimiento, sobre el que nunca deja de mostrarse diplomática, incluso a pesar de la excesiva insistencia de él tras sus sinceras, justificadas y reiteradas negativas. Y esto me sirve para señalar que los personajes femeninos de esta miniserie son mucho más estúpidos que los de la novela de Jane Austen, algo que se aprecia especialmente en las hermanas menores, pero también en Jane y Elizabeth, que resultan bastante más simples aquí que las jóvenes a las que encarnan. Asimismo, no podemos tampoco pasar por alto la pegajosidad de los encuentros entre Charlotte Lucas y el señor Collins, en los que brilla por su ausencia cualquier atisbo de discreción o decoro. Al mismo tiempo, y como un ejemplo más de falta de sugerencia y de exceso de información, no sólo asistimos a una conversación entre Jane y el señor Bingley donde ella se muestra muy cauta a la hora de expresar lo que siente por el caballero, sino que, para colmo, se nos presenta también una conversación entre el señor Bingley y el señor Darcy sobre Jane, rompiendo de golpe y porrazo parte de la intriga de la trama, donde todo se deja leer entre líneas y no de una manera tan burda y evidente.
 
Por otra parte, si bien se agradece que se recupere la conversación de la biblioteca en la que Elizabeth le comenta a su padre sus temores sobre el viaje de Lydia a Brighton, no tiene ningún sentido que el señor Bennet cambie de opinión y le diga a su mujer que Lydia no debe viajar, pues precisamente en esta conversación apreciamos su indulgencia respecto a la deriva de sus hijas, haciendo caso omiso a las advertencias de su querida Lizzy y pagándolo muy caro poco después. De algún modo, y aunque ya hayamos apuntado que este personaje está bien llevado en algún aspecto, mejorando ciertos matices del de la cinta de 1940, también es verdad que tiene una vena mucho más agresiva en esta versión de lo que se nos deja ver en el libro, donde siempre prevalece su pachorra y distanciamiento respecto a cualquier tipo de suceso o de cháchara. Aun con todo, resulta acertado que se recupere el momento en el que Elizabeth le confiesa a su padre, poco después de que se entere de que están prometidos, que el señor Darcy fue el que arregló el matrimonio entre Lydia y Wickham, porque puede contestarle socarronamente aquello de que se queda mucho más tranquilo sabiendo que quien ha saldado la deuda es un hombre enamorado de una de sus hijas y no su cuñado, al que sin duda debería devolverle el favor. De hecho, también hay un detalle sutil en el final de esta adaptación, que contrasta bastante con el tono explícito de la versión, y es ese momento en el que el señor Bennet, después de quitarse los tapones que se pone constantemente para no oír a su mujer y poder descansar del perpetuo alboroto de su casa, abraza, sin que ella se lo espere ni le vea venir, a la señora Bennet, que se siente desamparada ante la perspectiva de que tres de sus hijas hayan abandonado el hogar familiar para formar sus propias vidas.
 
Por no criticar más de la cuenta y de forma indiscriminada, cabe decir que está bastante bien reflejada la predilección que siente la señora Bennet por el señor Bingley, así como la inquina que muestra en cambio por el señor Darcy. Además, se recuperan tanto los exagerados guiños que hace a sus hijas para que abandonen el salón como sus incansables esfuerzos por dejar a Jane a solas con el apuesto caballero, a ver si así se produce el desenlace que tanto anhela. Asimismo, en esta versión, gracias a Dios, se recupera el espíritu de la visita de lady Catherine a Longbourn —impedir que su sobrino se case con una joven de familia mucho menos elevada que la suya—, aunque aquí, lejos de apoyarse en meros rumores, sucede después de que el señor Darcy y Elizabeth se hayan declarado su amor, por lo que se pierde bastante de la intriga con la que asistimos a esta conversación en el libro, que precisamente servirá de antesala para lo que vendrá después. De hecho, en esta miniserie, volviendo a apoyarse erradamente en la versión de 1940, se vuelve a recuperar lo de que lady Catherine y el señor Darcy se vean justo después de esta desagradable charla (algo que sucede en el libro, pero no en el preciso momento en el que terminan de hablar la aristócrata y la joven, sino en un contexto diferente y provocando que el señor Darcy vuelva a Netherfield a declararse nuevamente a Elizabeth). Además, tampoco se entiende que en esta visita lady Catherine venga acompañada del insoportable señor Collins, que aquí tiene una discusión acalorada y forzada con la señora Bennet (casi como si se quisiera ofrecer al espectador más alboroto del que estrictamente aparece en la novela).
 
Como dejábamos apuntado al principio, y como forma de cerrar este pequeño escrito, hay que decir que es una versión con toda la intensidad italiana que uno pueda imaginarse; porque, amigos, os aseguro que ninguna hermana Bennet es tan afectada como las que aparecen en esta adaptación de 1957. Además, y como un fallo que recorre casi todo el metraje, es una miniserie excesivamente explícita que no acaba nunca de transmitir la contención y sutileza que sustentan este tipo de novelas. A su vez, desde demasiado pronto vemos a una Elizabeth que no puede resistirse ante la presencia del señor Darcy, con cierta adulación por su parte que poco o nada encaja con el carácter de su personaje. Hay que decir, eso sí, que más o menos se trasladan casi todos los sucesos de la historia original, pero muchas veces se cambia el momento de ciertos acontecimientos (por ejemplo, el señor Darcy le cuenta a Elizabeth lo de Wickham y Georgiana bastante más tarde que en el libro) o se solapan algunas tramas, provocando que el desarrollo de los personajes quede en un segundo plano y que los cambios de pareceres de unos y otros, fundamentales en la novela, se precipiten, resultando artificiosos y careciendo de entidad. ¿Veremos alguna adaptación a la altura del clásico de Jane Austen? Desde luego que estamos a la espera, pues margen de mejora hay (¡y mucho!).
 
De vier dochters Bennet (1961)
 
Por primera vez entre las tantas adaptaciones de novelas decimonónicas que llevamos analizadas en este blog, nos encontramos con una de los Países Bajos. Si bien me daba pavor que la versión con la que he contado fuese en neerlandés con subtítulos en inglés, tengo que reconocer que, por su ritmo pausado, se sigue con bastante facilidad y no hace falta parar prácticamente en ningún momento el visionado. Hechas estas anecdóticas apreciaciones, hay que decir que estamos ante una miniserie, dirigida por Peter Holland, que está dividida en seis episodios que rondan los 40-45 minutos hasta alcanzar una duración total de cuatro horas y veinte. En líneas generales, recoge la mayor parte del libro de Jane Austen y se ve con relativo gusto, aunque a continuación ahondaremos detenidamente en sus puntos fuertes y en los aspectos algo menos conseguidos.
 
De entrada, tal y como ya hiciera la adaptación italiana de 1957, se ha vuelto a eliminar al personaje de Kitty, volviendo a hacer una mezcla entre esa hermana y la Mary del libro, que es de quien coge el nombre ese híbrido entre ambas que se nos muestra aquí, en el que al carácter algo reservado, anodino y pedante de Mary se le suma la predilección por los oficiales de Kitty. Es cierto que son los dos personajes con menos peso de la trama, pero tampoco acabo de entender qué cuesta mantenerlas diferenciadas y no esforzarse en hacer un batiburrillo artificial. De cualquier forma, es un personaje que, interpretado por Marja Habraken, pasa totalmente desapercibido, sin aportar ni restar casi nada al conjunto. Por su parte, Lydia —Lieselot Beekmeyer— está tan superficial y cansina como de costumbre, aunque aquí se ha vuelto a obviar la alta estatura que su autora insistió en describir en la novela. En cualquier caso, está relativamente bien llevado su temperamento acaparador y su excesivo afán de llamar la atención, sobre todo cuando hay hombres atractivos presentes. Por último, las mayores de las Bennet, las fundamentales en esta historia, están relativamente bien en cuanto a talante, aunque en cuanto a apariencia tengo mis peros. La actuación que hace Ann Hasekamp de Jane consigue reflejar su infinita dulzura, pero evitando caer en la cursilería desde la que se suele trasladar a este personaje a la pantalla y que dista del texto escrito. En cualquier caso, aunque haya que reconocerle ese mérito, ni mucho menos cuenta con esa belleza espléndida de la mayor de las Bennet, lo que impide que nos termine de convencer totalmente. Por su parte, me gusta bastante la Elizabeth de esta versión; y es que no sólo Lies Franken consigue reflejar con acierto el modo de ser de Lizzy, no tan sencillo de retratar por sus contrastes y equilibrios, sino que también otorga a este personaje la fuerte personalidad que le caracteriza, ayudándose para ello de sus gestos, que algunas veces muestran su altivez y seguridad, y, en especial, de su expresiva mirada, que consigue transmitir su perspicacia e inteligencia.  
 
En resumidas cuentas, y aun con detalles bastante mejorables y ausencias evidentes, las hermanas Bennet están relativamente bien retratadas. Por su parte, los tira y afloja del matrimonio Bennet vuelven a estar correctos aquí. A su vez, hay que decir que la señora Bennet —Mien Duymaer Van Twist— de esta adaptación se adecúa de manera fiel al personaje en el que se inspira: además de ser especialmente cansina, buscando el constante chismorreo y pecando de exageradísima con cualquier cosa que le pasa, refleja con acierto su predilección por Lydia y, en cambio, su poca o nula consonancia con su hija Elizabeth. Por último, ninguno de los tres varones más importantes de la narración destaca especialmente, aunque tampoco estorban de forma muy evidente. Si bien todo en el señor Bingley —Maxim Hamel— destella amabilidad y facilidad de trato, en el señor Darcy interpretado por Ramses Shaffy encontramos esa contención tan característica del caballero ideado por Jane Austen (aunque en cuanto a apariencia física, a pesar de su considerable altura, no me convenza demasiado). Algo parecido ocurre con Wickham, que, encarnado por Frans ‘t Hoen, capta más o menos bien la naturaleza de este personaje, pero no consigue nunca ser lo suficientemente atractivo y seductor como para que se entienda que levante tantas pasiones allá por donde va. Por lo demás, y sin hacer alusión explícita a ninguno de ellos, los demás personajes secundarios cumplen su función, aunque sin grandes aspavientos ni nada llamativo que destacar. Lo único, eso sí, comentar que el señor Collins, al que da vida aquí Pieter Lutz, vuelve a estar por debajo del de la película de 1940, que, por ahora, no tiene rival en cuanto a la captación de las maneras de este pomposo hombrecillo.
 
Entrando ya al contenido de esta miniserie, tengo que admitir que, nada más empezar, me molestó especialmente el discursito que se suelta Elizabeth sobre la independencia de la mujer y en contra del matrimonio, sobre todo porque no está en Jane Austen y se opone a una secuencia poco posterior, en la que precisamente ella y su amiga Charlotte Lucas —Manon Alving— hablan en tono histérico y entusiasta sobre los nuevos inquilinos de Netherfield. Sin embargo, después de haber visto la adaptación completa, tengo que resaltar que hay un tono de sátira que permea el conjunto; y es que, por ejemplo, aunque no sea algo que siempre suceda, algunos episodios abren con originales y socarronas recapitulaciones de los capítulos anteriores, contando a veces, en clave de humor, las idas y venidas de las hermanas Bennet a la hora de emparejarse, además de incorporar ciertas cancioncillas divertidas y burlonas sobre los acontecimientos que se han narrado. Por eso en los inicios hay que permitirles ciertas licencias, debiendo juzgar más bien la trama una vez que volvemos propiamente a la historia de la autora inglesa. Dicho esto, y esta vez sí desde una postura crítica y sin poder disculparlo —pues no sólo resulta tremendamente artificioso y molesto, sino que las hace parecer bastante más estúpidas de cómo son en realidad—, nos encontramos, ya desde el principio, la tendencia de las hermanas Bennet a reírse de manera muy alborotada e insoportable, algo que ya ocurría en la versión de 1957 y que se irá repitiendo en ésta en alguna que otra ocasión (por no hablar de cuando repiten «papa» con tono estridente una y otra vez ante cualquier buena noticia, algo especialmente sangrante cuando el señor Bennet vuelve a Longbourn tras buscar, sin éxito, a Wickham y a Lydia en Londres). Además, tampoco me convence nada que a la Mary de esta adaptación la retraten como muy enfermiza; y es que, aunque pretendan sacarlo de una parte del libro en la que Kitty estornuda y la señora Bennet la reprende por resultar escandalosa, acaba tomando tintes demasiado exagerados, hasta el punto de parecer más bien la frágil Anne de Bourgh, que casi no puede aguantar ni una ligera ráfaga de aire sin ponerse mala.
 
En cuanto a otros asuntos que me resultan extraños o mal traídos, me parece muy chocante que la Elizabeth de esta versión tenga el pelo corto (igual es desconocimiento mío, pero a mí se me hace raro un peinado así en esa época). A su vez, me da la sensación de que, en esta adaptación, el señor Darcy contesta con demasiada amabilidad a los constantes cumplidos que le hace Caroline Bingley —Yda Andrea—, algo que en el libro lleva con frialdad y cierta indiferencia, aunque sin perder nunca las buenas formas, además de introducirse demasiado pronto —antes de que se vayan a Londres y cuando aún Jane, prácticamente recuperada, se encuentra en Netherfield— la existencia de Georgiana y las posibilidades de que acabe emparejada con el señor Bingley. Por otra parte, cuesta entender la manera en la que el señor Collins interactúa por primera vez con Elizabeth, tomándose unas licencias demasiado explícitas y estando tan cerca de ella que parece que vaya a besarla. Por no hablar de lo de que el señor Collins y Charlotte Lucas intimen de una manera tan evidente antes incluso de que le haya propuesto matrimonio a Elizabeth y ésta le haya rechazado. Además, aunque aquí hay un esfuerzo por ser más sutiles a la hora de trasladar el inesperado y molesto encuentro entre Wickham y el señor Darcy, tampoco se consigue llevarlo bien hasta el final (sin que tenga, para colmo, una justificación razonable). Y es que… ¿qué sentido tiene que se vaya Wickham al mencionar Lizzy el nombre de Darcy, impidiendo de ese modo que se crucen las miradas ambos caballeros, como realmente sucede en la novela? Estaban tan cerca de hacerlo bien, que se entiende aún menos tan estúpido e inexplicable cambio en el último momento.
 
Aportando ahora una nota algo más alentadora, hay que decir que la declaración del señor Collins a Elizabeth en esta miniserie es, por ahora, la que se ajusta con mayor fiabilidad a la del libro: vemos a una Elizabeth que, con calma y elegancia, le rechaza, pero que acaba desesperada por su irrebatible insistencia (eso sí, aunque aquí tiene lugar en el baile en Netherfield y no en la casa de los Bennet, no me parece un mal recurso para ahorrar tiempo, pues tampoco es que sea un dato relevante o que cambie demasiado el fondo del asunto). Asimismo, hay que decir que están bastante bien llevadas las advertencias de Elizabeth a su padre sobre lo poco recomendable que es que una joven del talante de Lydia vaya a Brighton, aunque me parece todavía más acertado que se recupere tanto el arrepentimiento del padre tras el rumbo que finalmente toman las cosas como el consuelo de su querida hija para que no se fustigue tan duramente. A su vez, también me gusta lo bien reflejada que está la rabia que siente el señor Bennet hacia los dos fugitivos, algo que contrasta con la señora Bennet, que le perdona y consiente todo a su estúpida hija. De hecho, está muy bien incorporado el momento en el que, tras enterarse en Longbourn de que la boda entre Lydia y Wickham va a prosperar, la única preocupación de la señora Bennet sea el modelito que su hija va a llevar y no todo el escándalo que se ha generado por su culpa y capricho.
 
Por otra parte, y entrando aquí en ciertos asuntos que están correctamente reflejados, pero sólo a medias, la Jane de esta versión es, comparándola con las dos anteriores, la que mejor se toma lo de que el señor Bingley haya abandonado Netherfield de manera tan repentina e inesperada, restando importancia al asunto y asumiendo que nada había realmente entre ellos como para poder echarle en cara algo con la suficiente entidad. Por otra parte, si bien al personaje de Caroline Bingley se le da más peso en esta adaptación que en las anteriores, llevando incluso a la pantalla el encuentro que tienen ella y Jane en Londres, donde la mayor de las Bennet detecta un cambio en el comportamiento de su supuesta amiga y una frialdad que no acostumbraba a mostrar en reuniones previas (una secuencia que, por cierto, se podían haber ahorrado completamente, pues precisamente se la contará luego Elizabeth a Charlotte en Hunsford a raíz de una carta recibida de su hermana), a Jane se le escapan después de su marcha unas lágrimas demasiado afectadas y poco propias de su personaje, que cuenta con mucha más serenidad y control sobre sus emociones. A su vez, y siguiendo en esta línea de cosas que parecen correctas, pero en las que encontramos algo que chirría, hay que decir que, aunque no se entiende que el primo de Darcy, el coronel Fitzwilliam, haga su aparición en Hunsford antes de que el señor Collins, Charlotte y Elizabeth vayan a Rosings, tanto su personaje como las escenas en las que aparece están bastante bien llevadas. Además, no sólo la interpretación que de él hace Joop Admiraal lo convierte por fin en un joven atractivo, sino que también se traslada adecuadamente el momento en el que Elizabeth se entera de que sus sospechas de que el señor Darcy estaba detrás de apartar al señor Bingley de su hermana Jane eran correctas.
 
En otro orden de cosas, pero continuando con los aspectos que podrían mejorarse para elevar a una categoría superior el conjunto y la fiabilidad respecto al escrito original, aquí, aunque sí que vemos la secuencia del señor Darcy pidiéndole matrimonio a Elizabeth —ésa que la versión de 1957 obvió y nos contó torpemente por escrito—, estando incluso relativamente bien llevada al principio, la cosa se empieza a torcer a medida que la escena avanza. Y es que en esta miniserie el señor Darcy le contará a Elizabeth en persona todo lo que en el libro está contenido en la carta que él le entrega después de su rechazo, por lo que el descubrimiento de Elizabeth, que se avergüenza y se siente estúpida por haber sostenido y defendido tantos prejuicios sobre el caballero, queda bastante deslucido, perdiendo casi toda su fuerza. A su vez, es cierto que se agradece que se haga alusión al momento en el que llega la carta del señor Collins sobre los rumores que corren de que Elizabeth se vaya a casar con el señor Darcy y que también se incorpore fielmente la conversación entre lady Catherine y Elizabeth en Longbourn, que alcanza aquí la secuencia más precisa de este momento hasta la fecha. Pero como no es oro todo lo que reluce, y como parece que hay una tendencia a no faltar a la tradición…, aquí vuelve a aparecer el señor Darcy demasiado pronto después de ese incómodo encuentro entre la vetusta dama y la espontánea jovenzuela.
 
De cualquier manera, y por ser algo magnánimos, no podemos obviar un gran acierto de esta miniserie: recuperar el viaje de Elizabeth con sus tíos los Gardiner a Derbyshire. En esta línea, y siendo la primera adaptación hasta la fecha que lo hace, se agradece que se traslade la visita a Pemberley y el reencuentro de Lizzy con el señor Darcy en su majestuosa mansión, que en la novela supone un antes y un después en la buena consideración del caballero por parte de la joven (pues, aunque ella está muy cortada porque es lo último que quería que le ocurriera, él se muestra muy atento y amable con ella y con sus familiares). Hay que reconocer que, aunque erróneamente sus tíos informen a Elizabeth de que pretenden realizar esa excursión en la propia carta en la que la invitan a viajar con ellos y no más tarde, cuando ya están en la zona, como sucede en la novela, al menos incorporan casi todas las tramas de esta parte (aunque, obviamente, junten algunas escenas para que la duración no sea excesiva). Aun así, de ese tramo de la historia hay algo que me estorba y que me parece contrario al carácter del señor Darcy: que éste le diga expresamente a Elizabeth, a raíz de ver lo alterada que está por la carta que ha recibido de Jane contándole la huida de Lydia y Wickham, que va a hacer todo lo posible porque esto se resuelva en buenos términos. ¿Por qué, si hemos presenciado claramente esta escena, en la que él se entera perfectamente de lo que ha ocurrido, hay que forzar que no sea fiel a su discreción y que comente explícitamente sus intenciones para solucionarlo?
 
En esta misma línea, tampoco entiendo que se traslade a la pantalla una secuencia en la que vemos cómo el señor Darcy se reúne con los Gardiner en Londres para hablar sobre Wickham, precisamente porque vuelve a dejarle las cosas demasiado masticaditas al espectador. Y el problema es que no va a ser el único caso, sino que también asistiremos a un encuentro entre la señora Gardiner, Lydia, Wickham y el señor Darcy, que derivará más tarde en una reunión cara a cara entre el señor Darcy y Wickham. Si bien el contenido de la conversación no está mal, pues aparece todo lo necesario que se cuenta en el libro, es indudable que podría haberse narrado por carta más adelante, como realmente ocurre en la novela, lo que habría favorecido también que la secuencia posterior en la que a Lydia se le escapa lo de que el señor Darcy asistió a su boda no resultara redundante. Y es que el problema aquí es que, como espectadores, ya sabemos que el señor Darcy ha sido el que lo ha arreglado todo, cuando precisamente es el despiste de Lydia el que le hace a Lizzy sospechar que algo ha pasado y escribir a su tía Gardiner para que se lo cuente, asistiendo nosotros con ella a ese descubrimiento. Por otra parte, no sólo me parece tremendamente forzada la declaración del señor Bingley a Jane, comentando cosas que no se dicen en el libro, sino que, sobre todo, no entiendo que ella se ponga como digna y altiva, algo que no es nada propio de su personaje (aunque, para ser estrictos, no deberíamos ni asistir a esta conversación; pues, de hecho, como lectores sólo nos llega que se van a casar, sin que la autora nos haga partícipes del momento exacto en el que los enamorados hablan del tema). Además, aquí es Bingley el que le da a Elizabeth la noticia, y no la eufórica y feliz Jane, como sí ocurre en la novela.
 
Por ir cerrando ya este pequeño repaso de la adaptación neerlandesa en forma de miniserie de 1961, hay que resaltar que, aunque hace un recorrido relativamente profundo por las diferentes partes de la trama, aún quedan muchos detalles por pulir y mejorar que esperamos que sean paliados por alguna de las tantas versiones que todavía nos quedan por visionar y comentar. Como último detalle, decir que, si bien hay cierta oda a esos besos estáticos de las películas antiguas, el plano con el que cierra “De vier dochters Bennet” es bastante original y sugerente: aparece Mary/Katty mirando a cámara y, por ciertos gestos, detalles y atmósfera que le rodea, se nos da a entender que ella desea también, como sus dos hermanas mayores, acabar felizmente casada. ¿Tendrá esa suerte la mediana de las Bennet? Al final, la Mary y la Kitty del libro son las dos únicas hijas que le quedan a la señora Bennet por casar, así que su futuro en la novela queda más abierto que el de Jane, Elizabeth o Lydia. ¡Ojalá tomen de referencia a las dos mayores y huyan de toda idea irracional barruntada por la alocada benjamina!
 
Conclusión
 
De entrada, y por decirlo sin rodeos, ninguna de las tres adaptaciones de esta primera parte está a la altura de “Orgullo y prejuicio”. De la de 1940 podríamos esperarlo, pues los traslados de esta época a la gran pantalla que hemos visto al analizar otras novelas decimonónicas tienden a pasar muy por encima o a no profundizar lo suficiente en lo más fundamental del libro. Es cierto que cuentan con el gran hándicap de la corta duración, pero empezamos a ver una tendencia a que se queden con las líneas más generales de los textos en los que se apoyan, planteando un acercamiento accesible a cualquier tipo de público y, en general, menos inteligente que su raíz originaria. Por otra parte, y siguiendo también la línea de adaptaciones más secundarias de otros grandes clásicos de este período, cabe decir que la versión italiana de 1957 no puede beber más del país donde ha sido realizada, hasta alcanzar rasgos de carácter demasiado dispares a los propios de los personajes ideados por Jane Austen. Además, en ocasiones se hace cansina por sus monólogos extensos ajenos al contenido del libro, lo que acaba desembocando en enfado al ver que, para colmo, se omiten secuencias relevantes. Por último, hay que destacar que la adaptación neerlandesa de 1961 es, de las tres, la que más partes incorpora de la historia original, esforzándose por no obviar secuencias importantes de la novela. Aun con todo, vuelve a pecar de no conseguir trasladar la capacidad que tenía Jane Austen de captar la cotidianeidad más mundana con una agudeza e ironía pocas veces vista en la literatura universal. Que de los grandes temas hay mucho escrito es algo indudable; y, sin embargo, pocos son los que consiguen alumbrar los pequeños placeres del día a día hasta ponerlos en un primer plano como lo hace esta autora tan amada por muchos y tan menospreciada por otros. En resumidas cuentas, esperamos que entre las cinco partes que aún nos faltan esté nuestra adaptación favorita de “Orgullo y prejuicio”, porque lo que sí sabemos con seguridad es que en esta sección no se encuentra.

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