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La inquilina de Wildfell Hall (1848) y su adaptación de 1996

Esta vez, coincidiendo con el final del ciclo de las Brontë que empezamos el curso pasado, toca hablar de “La inquilina de Wildfell Hall” (1848), la segunda y última novela de Anne Brontë, escrita tan solo un año después de su primer libro, “Agnes Grey” (1847). La razón que me ha llevado a analizar las dos obras de Anne, a diferencia de lo que hice con Charlotte, que fue hablar sólo de la más conocida, “Jane Eyre” (1847), a pesar de tener también otras tres —que, sin duda, espero leer muy pronto y hablar de ellas por aquí—, y con Emily —aunque, en este caso, no había opción, dado que únicamente dejó su inolvidable “Cumbres Borrascosas” (1847)— es que las novelas de la pequeña de las hermanas han tenido mucha menos repercusión a nivel cinematográfico —de hecho, como bien señalamos en el artículo anterior, la primera de ellas no cuenta con ninguna adaptación—; queriendo compensar de alguna manera esa poca popularidad mediante la referencia a las dos, y no eligiendo solamente una, como en un principio estaba estipulado. Tras este breve —aunque necesario— inciso, pues bien merecía una explicación esta anomalía, centrémonos ya en “La inquilina de Wildefell Hall”, un estudio pormenorizado y exhaustivo de todas las cuestiones que en “Agnes Grey” quedaron meramente apuntadas —la importancia de la educación, los peligros de los vicios, las dificultades de las virtudes, las excelencias y los sufrimientos del amor, etc.—, y que aquí alcanzan mayor profundidad, aunque sólo sea por la longitud de este segundo libro, que es unas dos veces y media más extenso que su predecesor.

El libro: La inquilina de Wildfell Hall (1848)

Así como “Agnes Grey” tenía una estructura muy sencilla, con un desarrollo lineal de la trama y un personaje que se mantenía desde el principio hasta el final, en “La inquilina de Wildfell Hall” nos encontramos con una estructura más compleja incluso que la de “Cumbres Borrascosas”. El libro abre con una carta en presente del que será nuestro narrador, Gilbert, que le contará a un amigo, Halford, con el que está manteniendo correspondencia, un episodio de su vida que le marcó profundamente. De este modo, la primera parte del libro nos presenta el ambiente en el que se mueve Gilbert, las compañías que frecuenta y a qué dedica su tiempo. Sin embargo, lo que empezará a llamar nuestra atención —así como la de todo el pueblo en general— es la misteriosa inquilina de Wildfell Hall, una mansión situada a las afueras —a unos 3 kilómetros del vecino más cercano—, que llevaba tiempo sin estar habitada. Esta joven, que responde al nombre de Helen Graham, dice ser viuda y tiene un hijo pequeño a su cargo, Arthur. Sin embargo, poco a poco va a ir despertando las sospechas de todo el vecindario, pues su carácter dista de ser dicharachero, es muy estricta y protectora con el niño, y sus maneras son algo misteriosas y distantes, lo que no casa demasiado bien con un pueblo de dimensiones tan pequeñas, y en el que todo el mundo está al tanto de las vidas del resto a través del constante cuchicheo.
 
Si bien Gilbert no muestra al principio ningún interés por ese continuo afán de escarbar en la vida de Helen Graham, a pesar de que su madre y su hermana, Rose, así como el resto de los habitantes del pueblo, especialmente las mujeres, se quieren inmiscuir demasiado en la coyuntura que la ha llevado a acabar allí —terminando por mostrarse reacias a mantener relaciones de cortesía con ella, al sospechar de su extraña condición—, finalmente su curiosidad va a ir en aumento cuando la ve por primera vez en la iglesia. A partir de ese momento, su obsesiva predilección por Eliza Millward, la hija del párroco, que llevaba arrastrando a lo largo de toda su vida, irá disminuyendo al mismo ritmo en el que irá aumentando su curiosidad por la nueva inquilina, por la que empieza a sentirse atraído en grado sumo, sin conocer apenas detalles de ella. Una de las cosas que más le permitirá su acercamiento a la dama es su hijo, que pronto entablará una relación muy cercana con Gilbert, por el que siente una sincera simpatía. Sin embargo, todo esto ocurre para desgracia de su madre, que siempre se muestra muy incómoda cuando su hijo se despega de ella, y que no duda en dejar entrever cierto desagrado y frialdad ante esa buena sintonía. Aun con todo, poco a poco Helen se irá abriendo más con Gilbert, y los encuentros entre ellos se irán haciendo cada vez más frecuentes y cercanos, si bien siempre con una condición que ella le explicita muy pronto a Gilbert: que sólo la vea como una amiga, y que no busque nada más que eso, pues no se lo podrá dar. A pesar de que él no quiere asumir esta circunstancia de buena gana, no le quedará más remedio que aceptarla cuando esté en presencia de ella —sobre todo, si quiere seguir viéndola—, aunque por dentro su enamoramiento desbocado vaya haciéndose cada vez más poderoso y presagie con inundarlo todo. De hecho, un punto clave se producirá cuando él le regale una edición de “Marmion”, de Walter Scott, un largo poema que ella quería fervientemente leer. Helen insistirá en pagárselo —para gran enfado de Gilbert—, dudando de que, si no lo hace, él pueda derivar esperanzas que debe, sin embargo, erradicar de manera inevitable.
 
Las calumnias hacia Helen Graham irán haciéndose cada vez más expansivas; y Gilbert, en un momento dado, preocupado por la visita que ha oído que le ha hecho el párroco a la joven, reprendiéndola por no haber asistido últimamente a la iglesia, irá a visitarla a una hora bastante tardía, para darla a entender que él no se cree nada de lo que se va diciendo por ahí. Ella le propone que se vean al día siguiente, y que le contará su verdadera historia, para que él juzgue con sus propios ojos si se merece tal abucheo o no. Sin embargo, una vez Gilbert abandona Wildfell Hall, realmente consternado por el estado en el que ha dejado a su querida Helen, y barajando si sería mejor regresar —a pesar de que ese tipo de visitas, a horas tan intempestivas, precisamente son las que pueden dar pie a las habladurías—, decide simplemente volverse a acercar para vislumbrar desde lejos la figura de su amada, y poderse quedar de ese modo tranquilo. Sin embargo, la estampa que se encontrará será digna de hacerle entrar en cólera: ella, acompañada de Lawrence —un buen amigo de Gilbert, que tiene una idiosincrasia de lo más particular, y cuyo rasgo más característico es su impenetrabilidad, mostrándose siempre algo distante y frío—, pasea por el jardín; apreciándose entre ambos una considerable cercanía. Sin quedarse a ver mucho más, y empezando a creer que quizá las malas lenguas algo tenían de cierto, se marchará repleto de ira y enfado. De hecho, esta rabia le conducirá a tener una trifulca con Lawrence durante un viaje a caballo en el que se encuentran: Lawrence, con una cierta sorna, le dice que se olvide de aspirar a acercarse a Helen, pues jamás podrá disponer de ella. Gilbert no se puede tomar esto peor y acaba atacando a Lawrence, dejándole herido al borde del camino en unas condiciones pésimas, incrementadas además por la lluvia y la humedad del momento. 
 
Ante toda esta circunstancia, que le tiene con un carácter de perros, Gilbert decide no asistir al encuentro fijado por Helen. Sin embargo, después de alguna que otra evasiva cuando se habían encontrado por casualidad, Helen le dice que tiene que hablar con él. Con su característica obstinación, Gilbert vuelve a rechazar esa propuesta; pero, finalmente, decide ir a verla al día siguiente para que le cuente su historia. De este modo, y como ya hemos dejado apuntado al principio, cuando ya llevamos unas cuantas páginas —casi 200—, Helen Graham le dará su diario a nuestro protagonista para que lo lea, arrancando las últimas páginas —precisamente aquellas, claro está, en las que hacía alusión a sus sentimientos por Gilbert—. De este modo, el diario de Helen será reproducido en “La inquilina de Wildfell Hall” de manera literal, pues se lo manda Gilbert al amigo con el que está manteniendo correspondencia, aquel al que hemos aludido antes, y que luego descubriremos, por cierto, que es el marido de Rose, su hermana. Así, durante esta parte, que ocupará la mayor cantidad de páginas de la novela, sufriremos por tanto un nuevo cambio de narrador y de época: ahora la historia nos viene dada del puño de Helen Graham, y aquello que se nos cuenta son los años previos a convertirse en la inquilina de Wildfell Hall. Al final, la segunda obra de Anne Brontë es muy compleja, ya que contiene varios libros dentro del mismo libro. Sus múltiples capas nos recuerdan a las matrioshkas. A su vez, si bien los temas que se tratarán serán casi los mismos que los que ya Anne pusiera sobre la mesa en “Agnes Grey”, aquí se encuentran mucho más desarrollados, pudiéndose reflejar de una manera más profunda. Lo cierto es que, por mucho que a las dos obras sólo las separe un año, parece que esta segunda es una obra de madurez de Anne, y no una que escribió con apenas 28 años. Quizá —aunque esto es, evidentemente, una suposición de quien escribe estas líneas, y nada más que eso—, las obras de sus hermanas, “Jane Eyre” y “Cumbres Borrascosas”, inspiraron a la pequeña y discreta Anne a insertar sus valiosas ideas en una historia más compleja, para la que tenía suficiente talento, como bien nos demostrará “La inquilina de Wildfell Hall”.
 
Así, durante esta segunda parte del libro, la más larga y profunda, asistiremos, casi a modo de voyeurs, a la vida de Helen; pues el hecho de estar literalmente leyendo su diario hace que nos impliquemos hondamente en aquello que nos va narrando. De este modo, seremos partícipes casi directos de la caída en desgracia de su matrimonio con Arthur Huntingdon, un joven risueño, amable, de rizos castaños y ojos azules del que Helen quedará prendada desde prácticamente el momento de conocerse. A pesar de que, ante las recomendaciones y advertencias de su querida tía —aquella que cuidó amorosamente de ella junto a su tío a raíz de la muerte de su madre, perdiendo Helen prácticamente el contacto con su padre y su hermano—, Helen dice estar muy segura de a qué hombres evitar cuando se le plantee la ocasión de casarse, esto lo vamos a ver desmentido poco después; y es que ella desoirá completamente los consejos de su tía, de su amiga Milicent Hargrave, e incluso de su querida doncella Rachel, terminando finalmente por casarse con Arthur Huntingdon.
 
Uno de los errores más graves de Helen fue creer que Arthur iba a quererla tanto como para cambiar su holgazana vida y abandonar sus viciosos placeres. Para colmo, estos no sólo no se redujeron tras su matrimonio, sino que fueron yendo a más, fomentados principalmente por las reuniones entre amigos que se celebraban asiduamente en Grassdale Manor —el hogar de la pareja— y que se alargaban incluso meses, convirtiendo a Arthur en un ser detestable que empieza a tratar a su mujer de una manera especialmente repugnante. Quizá el carácter abnegado y sacrificado de Helen la habrían hecho aguantar estoicamente aquella vida a la que precisamente había llegado por no haber visto a tiempo las fallas que contenía su plan de hacer mejor a su marido, pero lo que sí que no podía soportar es que el hijo común, Arthur, por el que su padre no había mostrado ningún tipo de aprecio o interés al principio —pues, precisamente, es incapaz de comprender lo que significa el amor incondicional, sólo valorando aquel que le reporta beneficios directos y claros—, sino más bien envidia por ser él quien acaparaba ahora casi toda la atención de su madre —aunque luego intentará constantemente echar por tierra el arduo trabajo que Helen hacía por la educación del niño—, conviviera con tan mal ejemplo y tan perversas compañías.
 
De hecho, la figura del pequeño Arthur será aquella que le permita a Anne volver a introducir las dificultades de la educación, así como la gran importancia del ejemplo, presentes ya en su anterior novela. ¿Cómo evitar que alguien caiga en malos hábitos? ¿Cómo enseñar que, en ocasiones, el camino que lleva a tener más supuestas ‘relaciones de amistad’ no siempre es el adecuado? Al final, aquellos de carácter vago y con predilección por la pereza suelen sentirse inclinados hacia el mal ejemplo, al ser éste un atajo y requerir de menos trabajo. Sin embargo, las virtudes, al demandar un esfuerzo continuado y constante, son mucho más complicadas de introducir en los sujetos y, sobre todo, de ser mantenidas a lo largo del tiempo —que es precisamente lo que las dota de su carácter moral: no pueden ser una excepción, sino la regla—. Por eso es tan fácil que los malos hábitos se carguen de un plumazo el costoso empeño que requiere una buena educación. De hecho, continuando con esto, Anne pondrá sobre la mesa una y otra vez las perjudiciales consecuencias que trae una excesiva indulgencia a la hora de educar: por mucho que el niño, aparentemente, sienta mayor amabilidad por aquel progenitor que no le pone límites, descubrirá a la larga cómo aquel que realmente ha estado siempre encima de él, sobre todo señalando aquello que hacía mal, es precisamente el que más le quería, buscando por dicha razón que se convirtiera en alguien mejor a través de la perseverancia por cambiar ciertas conductas o maneras de funcionar. Esta idea, si bien aparece en otras obras de las hermanas Brontë, aquí lo hace en un contexto maternofilial que la convierte en especialmente interesante, pues la responsabilidad no es la misma que se tiene cuando se es institutriz y se ven muchos de los problemas de los alumnos como algo en lo que uno no ha contribuido y que tampoco puede cambiar (a pesar de que, sin duda, esto genere una absoluta impotencia en la institutriz en cuestión, como bien nos mostró la propia Agnes Grey). Sin embargo, si uno se toma lo de ser padre con la seriedad que requiere una tarea como ésa —y, mal que le pese a algunos, ésta es máxima—, tendrá que tener muy claro que la educación que vaya a dar sea válida tanto para un carácter que por naturaleza sea más responsable como para otro que tenga una mayor tendencia a la ociosidad; sólo así se asegurará evitar —o, al menos, hasta donde se puede— que sus descendientes caigan en ese hastío existencial que suele conducir a las más deshonrosas prácticas, y que tiene en “La inquilina de Wildfell Hall” un ejemplo sin parangón: alguien que, pareciendo que lo tiene todo, acaba perdiéndolo por un desdichado estilo de vida.
 
Si bien el problema de la bebida está tratado tanto en “Cumbres Borrascosas” como en “La inquilina de Wildfell Hall”, los personajes son bien diferentes en una y otra novela. Así como Hindley se vuelve alcohólico y adicto al juego a raíz de la muerte de su mujer, a la que adoraba, el caso de Arthur es bien distinto: su juventud ha estado repleta de malos hábitos y estos se irán haciendo más y más vehementes después de su matrimonio con Helen. Por eso, las razones de ambos personajes son tan distintas: a Hindley le ha llevado a esa situación la tristeza, mientras que Arthur, por su egoísmo y constante oda al placer, es incapaz de poner fin a esa perdición incluso aun teniendo una mujer y un hijo que le quieren. Arthur es tan sumamente ególatra, que da absolutamente por sentada su relación con Helen, tensando la cuerda hasta, finalmente, romperla. Sin embargo, lo interesante de “La inquilina de Wildfell Hall” es lo sumamente gris y compleja que es; pues, si bien no podemos dejar de sentir compasión por la coyuntura de Helen y el infierno que vive en su casa, al tiempo sabemos que ella misma se metió en la boca del lobo, aunque no quisiese verlo a pesar de las múltiples recomendaciones de personas muy queridas para ella. Y, de hecho, lo fascinante de la construcción de ese personaje es que ella no cesa en poner esta cuestión sobre la mesa, asumiendo su gran culpa y responsabilidad ante semejante desenlace.
 
Volviendo a la historia principal, podemos decir que todo esto termina por explotar cuando Helen descubre que Arthur está liado con Annabella Wilmot, la mujer de uno de sus amigos, lord Lowborough (que, decidido a acabar con sus adicciones al juego y al alcohol, terminó por abandonar sus vicios y casarse con esta bella dama). Este descubrimiento, que Helen oculta a lord Lowborough, consiguiendo mantenerlo en secreto durante unos dos años, cuando finalmente éste se entera, así como la determinación de salvaguardar al pequeño Arthur del mal ejemplo de su padre, le conducirán a Helen a querer escapar de semejante martirio. Frente a un primer intento de huida fracasado, al descubrir Arthur sus planes, terminará por contactar con su hermano, Lawrence —aquí es cuando descubrimos qué tipo de relación guardan entre ellos—; y, ayudada también por la inestimable generosidad de su querida doncella Rachel, acabarán por huir los tres —Helen, Arthur y Rachel— a la mansión de Wildfell Hall, que era precisamente la casa donde ella había nacido y vivido durante su infancia, y donde Lawrence les había dejado algunas habitaciones preparadas y lo más habitables posibles, habida cuenta de las circunstancias. Será precisamente en esa coyuntura cuando Gilbert la conocerá, entendiendo después de la lectura del diario por qué ella no quería que él la viese como algo más que una amiga: Helen aún estaba casada con Arthur, por mucho que hubiese abandonado a escondidas Grassdale.
 
Tras leer el diario, y después de un encuentro muy triste entre Helen y Gilbert, donde ella le insta a que la olvide, porque no pueden estar juntos, diciéndole también que se va a ir de Wildfell Hall y que no podrán verse nunca más, un suceso inesperado —o quizá, siendo realistas, tampoco tanto— le hace a Helen volver a su antiguo hogar: Arthur Huntingdon ha caído enfermo. A su vuelta a Grassdale, Helen cuida pacientemente de su marido, que la absorbe completamente todo su tiempo y que no la deja irse de su lado ni cinco minutos. De todo este proceso, por cierto, nos enteramos por la correspondencia entre Helen y su hermano, que le es compartida a Gilbert por medio de Lawrence, con el que termina finalmente disculpándose ante la trifulca aquella que tuvieron, y al que le confiesa tanto que está al corriente de la coyuntura que rodea a Helen como el amor que siente hacia ella —confesión que éste recibe con su acostumbrada frialdad—. Después de unos cuidados absolutamente abnegados por parte de Helen hacia su marido, aunque sin poder ocultar el distanciamiento derivado de las razones que le llevaron a abandonar Grassdale, la enfermedad de Arthur se empieza a complicar y termina por fallecer, viviendo su última etapa con absoluto pavor y temor ante la perspectiva de abandonar este mundo —de hecho, se acaba atisbando en él hasta un cierto arrepentimiento por su comportamiento con Helen—. Todo esto, como ya hemos señalado, lo sabemos gracias a la correspondencia entre hermanos; siendo, por cierto, las pocas alusiones a Gilbert en las cartas absolutamente prescindibles y sin huellas de algún tipo de pasión amorosa. Esto, unido al orgullo de Gilbert por no mostrarse demasiado evidente a los ojos de Lawrence, que no parecía aprobar el hipotético idilio entre ambos, hizo que él perdiese la esperanza de poder disfrutar de un futuro con su querida Helen, que parecía haberse olvidado por completo de él y de la bella y triste despedida de ambos antes de que abandonara Wildfell Hall para cuidar a su enfermo marido.
 
Sin embargo, un comentario desafortunado de Eliza Millward —que no había superado todavía que Gilbert ya no sólo no sintiera ningún tipo de interés por ella, sino que ahora, encima, le produjera hasta rechazo—, en el que dejaba entrever que Helen se iba a casar con un caballero que llevaba tiempo detrás de ella —descripción que cuadraba a la perfección con Walter Hargrave—, le provoca una irremediable necesidad de viajar hasta el lugar donde se supone que se iba a oficiar la boda, para declararle nuevamente su amor a Helen y tratar de impedir que se produjese el infausto enlace. Para su regocijo y alegría, el cuchicheo no estaba en lo cierto: el que se casaba era Lawrence con Esther Hargrave. Después de intentar ir a Grassdale, se entera de que Helen está en la casa de su tía, hacia donde se dirige. Sin embargo, una vez estando allí, y tras unos comentarios de algunos viajeros durante el trayecto, se da cuenta de lo estúpido que es que alguien de su condición y clase social aspire a casarse con una dama como Helen. Por eso, a pesar del cansado y largo viaje, su intención es marcharse sin hacer acto de presencia; pero…, para su sorpresa, precisamente en ese momento aparece un carruaje con la tía, Helen y Arthur; y, cómo no, el pequeño rápidamente se da cuenta de que es su gran amigo Gilbert. Tras unas incómodas y escuetas primeras palabras, le invitan a entrar en la casa, donde, finalmente, y después de ciertos rodeos, muy típicos de este tipo de novelas, asistiremos a una bellísima confesión de Helen, donde se compara con una rosa que acaba de arrancar del jardín, la cual, a pesar de las inclemencias temporales, se mantiene erguida como buenamente puede. Finalmente, ambos se sincerarán y concertarán su boda, que, a petición de Helen, tendrá que esperar hasta casi un año más tarde —para ser exactos, unos ocho meses: de diciembre al agosto del siguiente año—. Además, baste este lugar para hacer alusión a una costumbre que también me llama mucho la atención, y con la que disfruto sobremanera: ese repaso de cómo han derivado las vidas de los personajes que han ido apareciendo a lo largo de la trama; detalle que está especialmente bien llevado en esta novela, y que empieza a ensayarse cuando ya falta poco para que termine. También “La inquilina de Wildfell Hall” se cerrará enfocándose al futuro y, por tanto, con esa misma sensación de sosiego y calma familiar que ya se respiraba en “Agnes Grey” y en “Jane Eyre” —aunque también, y no en menor medida, en “Cumbres Borrascosas”, con esa joven pareja repleta de esperanza—.
 
Adaptaciones cinematográficas
 
Hemos señalado ya la poca repercusión que han despertado las novelas de Anne Brontë para ser adaptadas al cine o a la televisión, cuando, sin embargo, tienen un atractivo parecido a las de sus conocidas hermanas Emily y Charlotte. Al menos, “La inquilina de Wildfell Hall” sí cuenta con dos miniseries. La pena es que, a pesar de eso, sólo he podido tener acceso a una de ellas, la de 1996. La otra, de 1968, y producida también por la BBC, está protagonizada por Janet Munro en el papel de Helen Graham, y por Bryan Marhsall en el de Gilbert; sumando un total de 4 episodios. Si en algún momento tengo ocasión de verla, no dudaré en hacerlo, pues la escasez de interés que ha tenido a nivel cinematográfico la pequeña de las Brontë debe ser un buen motivo para valorar el esfuerzo de quien ha intentado acercarse a su universo literario. Sin más dilación, me meto ya de lleno a analizar la versión de 1996.
 
La inquilina de Wildfell Hall (1996)
 
La adaptación de “La inquilina de “Wildfell Hall” de 1996, que es en formato de miniserie, y que cuenta con 3 episodios de unos 50 minutos cada uno, suma un total de aproximadamente 2 horas y media de visionado. Producida por la BBC, y dirigida por Mike Barker, esta versión dispone de todos los ingredientes para extender y acercar el clásico de Anne Brontë a multitud de hogares. Sin embargo, como ya veremos más adelante, también tiene ciertos problemas, algunos de ellos perfectamente justificables por su corta longitud —sobre todo si tenemos en cuenta que el libro se extiende hasta unas 600 y pico páginas—, pero otros completamente gratuitos y prescindibles.
 
De entrada, si atendemos a los personajes, no podemos obviar la elección de Tara Fitzgerald para el papel de Helen Graham. Si bien su piel blanca y su carácter frío y distante casan muy bien con su homónimo literario, no podemos ver por ningún lado su cabellera rizada y negra, a la que no pocas veces se hace alusión en el libro. Además, sus ojos deberían ser grises —«casi negros» o «de un gris muy oscuro», para ser exactos—, y no tan marrones; aunque, por suerte, no se los han puesto claros, como vimos ya que era una tendencia con la Catherine Earnshaw de las adaptaciones de “Cumbres Borrascosas”, cuando tampoco tenía los ojos de ese color, por mucho que quisieran empeñarse en que lo pareciera. Aun así, y obviando estos detalles —que, si bien no menores, sobre todo cuando existe una descripción tan exhaustiva y pormenorizada en el libro, tampoco son los más relevantes—, me resulta algo llamativo lo joven que parece, en especial cuando aparece al lado de su hijo, Arthur; dando la sensación de ser más su hermana que su madre (aunque, al revisarlo, vemos que la actriz tenía 29 años durante la grabación, lo cierto es que parece que tiene menos edad). De cualquier modo, si hay algo que sí me gusta mucho de ella es su voz grave y rasgada, que le da bastante carácter a su personaje, y que funciona muy bien con sus secas maneras y su solitaria forma de estar en el mundo. Por otro lado, Gilbert Markham no puede cuadrar mejor con cómo me había imaginado yo al personaje. Interpretado por Toby Stephens —que encarnaría 10 años después a Edward Rochester en la adaptación de 2006 de “Jane Eyre”, convirtiéndose en un personaje recurrente en las adaptaciones de las Brontë, como ya lo fuera también Timothy Dalton—, dota a su personaje de ese temperamento algo emocional, que se deja llevar fácilmente por las circunstancias, y que puede resultar a veces un tanto agobiante para las naturalezas más cerradas, como lo es la de Helen (sobre todo a raíz de la vida que le ha tocado vivir). Esto la hace sumamente impenetrable para Gilbert, que, sin embargo, la insiste una y otra vez en que sea sincera con él, sin conseguir llevarse el gato al agua en muchas de las ocasiones. Toby Stephens, que es sumamente expresivo con su mirada, consigue transmitir muy bien esa idiosincrasia algo desbocada y apasionada de Gilbert, que contrasta estupendamente con esa aparente serenidad de Helen. Aun así, al mostrarse siempre tan solícito y obstinado con ella, terminará consiguiendo que la nueva inquilina se vaya abriendo poco a poco con él.
 
A su vez, el pequeño Arthur está perfectamente conseguido, mientras que el padre, Arthur Huntingdon, cuadra en todo menos en una cosa fundamental: ¡sus inconfundibles ojos azules! Estos, referenciados varias veces a lo largo de la novela de Anne, son sustituidos aquí por unos genéricos ojos marrones, de la mano del actor Rupert Graves; que, por lo demás, consigue llevar muy bien su personaje: esa imposible mezcla de repulsión y atracción, tan característica, por otra parte, de aquellas naturalezas débiles y viciosas, que, sin embargo, siempre saben disculparse a tiempo y adular de tal manera que se las perdona una y otra vez sus faltas, mientras ellos consiguen seguir comportándose de semejante modo egoísta y sin tener que cambiar ni una mácula de su desdichada manera de funcionar. Ese eterno movimiento, o más bien círculo vicioso, de caída en desgracia de Arthur y de perdón perpetuo por parte de Helen es el que enlaza este matrimonio, terminando por romperse con la gota que colma el vaso: su infidelidad con Annabella Wilmot (personaje encarnado por Beatie Edney, que no me convence físicamente para nada en el papel, aunque sí transmite muy bien su insoportable carácter). Siguiendo con el resto del reparto, cabe llamar la atención sobre el pelo negro tanto de Eliza Millward como de Rose Markham… ¿No eran ambas rubias con rizos? (Lo cierto es que no he conseguido dar con la referencia en el libro, pero yo juraría que era así, aunque quizá me lo esté inventando.) También en la novela se hace mención a sus caras rollizas, que aquí vuelven a brillar por su ausencia. De cualquier modo, lo que sí que queda bien reflejado en la adaptación es la ternura y bondad de Rose. A Lawrence yo me lo imaginaba más atractivo, no nos vamos a engañar, pero sí que transmite bien esa frialdad e impenetrabilidad a la que se hace alusión en la novela, y que comparte también con su hermana. Si bien el resto, en general, cumple bastante bien en el conjunto —tanto la madre de los Markham como Fergus, el otro hijo, encajan perfectamente con los dibujados por Anne—, Rachel se muestra demasiado sonriente y agradable con Gilbert, cuando en la novela se hace hincapié repetidas veces en sus áridas y hurañas maneras. Aun así, casi todos, aunque no consigan encajar bien físicamente, logran reflejar en buena medida lo descrito por la pequeña de las Brontë.
 
Yendo ya a otras cuestiones, cabe hacer alusión a la estructura de la película. Al haber varias partes diferenciadas en el libro —teniendo, para colmo, narradores distintos—, me daba cierto miedo cómo una adaptación cinematográfica sería capaz de afrontarlas —sobre todo, claro está, tras los múltiples ejemplos fallidos tanto de algunas versiones de “Jane Eyre” como de “Cumbres Borrascosas”, en las que no se dudó en reducir alguna de sus partes a la mínima expresión o incluso eliminarla completamente—. Por suerte, esta miniserie no ha obviado ningún trozo de la novela, aunque sí ha hecho ciertas concesiones más o menos acertadas. Por un lado, llama la atención que la película abra in media res, justo en el momento en el que Helen huye de Grassdale con Arthur y Rachel —nos recuerda al empiece de la película de 2011 de “Jane Eyre”, que, precisamente, también arranca con la huida de Jane—; aunque, aquí, alejándose de lo que ocurre en la novela, como veremos más tarde cuando se vuelvan a recuperar los momentos previos a esta secuencia, se marcha cuando están todas las visitas en Grassdale, y no cuando ya se han quedado ellos solos. De hecho, incluso veremos su llegada a Wildfell Hall (acontecimiento, sin embargo, al que nos es imposible asistir al empiece del libro, pues la primera parte nos es narrada desde el punto de vista de Gilbert). De hecho, aquí cabe señalar algo que hace esta película, quizá de manera acertada en general, aunque no sin ciertos problemas: se aprovecha de que la novela de Anne tiene dos narradores, Gilbert y Helen, para enseñarnos partes al principio del metraje que nosotros, como lectores, descubriremos más adelante cuando leamos el diario (como, por ejemplo, ciertas visitas de Lawrence). Lo cierto es que esto, de entrada, no lo hace mal: el espectador ve que tiene una relación cercana con él, pero aún atisba cierto misterio y algo que se le está ocultando. Sin embargo, por desgracia, esa sugerencia, que estaba conseguida y que casaba muy bien con la narración de Anne, se rompe de una manera muy forzada y, lo peor de todo, cambiando de mala manera algo que ocurría en el libro: la trifulca entre Lawrence y Gilbert. Este suceso, que en la novela tiene lugar sin que nadie se entere, salvo los propios implicados, aquí ocurre frente a Wildfell Hall…; y no sólo eso, sino que, para colmo, sale la propia Helen a separarles y a desvelarle a Gilbert, con un gran enfado, que Lawrence es su hermano. Esto, por supuesto, rompe toda la sutileza posterior de la novela: cómo Gilbert, tras enterarse de la verdadera historia de Helen a través de su diario, va a visitar a un convaleciente Lawrence, disculpándose y confesándole su error. A partir de ahí, retoman su relación de amistad, que había vivido una ruptura por los celos desenfrenados de Gilbert, y que acaba volviéndose a poner en forma gracias a otras tantas visitas (todas ellas, por cierto, con un aliciente fundamental para Gilbert: deleitarse con las cartas que Helen le mandaba a Lawrence mientras estuvo cuidando a Arthur, pues su amigo tenía la deferencia de enseñárselas). Si bien quizá pudiese llegar a entender que toda esta parte se eliminara en la adaptación por falta de tiempo, creo que había formas mucho más elegantes de introducir la relación de fraternidad entre ambos: por ejemplo, haciendo alusión a ello en la parte del diario, cuando Helen contacta con Lawrence para que les ayude a trasladarse a Wildfell Hall.
 
Aunque si hay que hablar de concesiones —¿o más bien invenciones?— enormes que hace esta miniserie, hay otras tres mucho más relevantes que la anteriormente citada. La primera de ellas ocurre cuando Gilbert va a Wildfell Hall a ver a Helen tras la visita que ha recibido del párroco, diciéndole ella de quedar al día siguiente para contarle toda la verdad —realmente, darle su diario—, y él, antes de irse, la besa… ¡La besa, a Helen Graham! (No, amigos, eso jamás podría haber ocurrido.) Y, además, a ella, para colmo, no se la ve prácticamente alterada por lo sucedido (lo que tampoco habría podido pasar jamás). Por no hablar de la cara de satisfacción que se le pone a Gilbert al salir de Wildfell Hall, cuando realmente lo que sentía en la novela era angustia por dejar a Helen en un estado tan triste. En fin… La segunda de ellas se produce cuando Gilbert va a Grassdale: ¿a quién se le ocurrió la maravillosa idea de que se presentara allí cuando aún Arthur Huntingdon estaba vivo? Y no sólo eso, sino que, mientras están hablando Helen y Gilbert, él les está viendo; haciéndole después un comentario al respecto a su mujer. No sucede nada parecido en el libro. De hecho, cuando él decide ir a Grassdale, descubre que Helen no está allí, sino en casa de su tía. En ese momento, Arthur Huntingdon ya había muerto, y Gilbert, estando ya en la puerta de la casa, se percata de lo absurdo que es lo que está intentando hacer, decidiéndose a irse sin tan siquiera llamar. Sin embargo, en ese preciso momento, mientras llegaba a esa conclusión, un carruaje, en el que viajaban Helen, su tía y el pequeño Arthur, se para justo ahí, invitándole a entrar; secuencia que irá desembocando en el final de la novela. Como puede apreciarse, este cambio es radical, mostrándonos a un Gilbert muy distinto en una y otra versión. Por último, y teniendo mucha relación con lo anterior, está la cuestión de la boda. La razón que le lleva a Gilbert a viajar a Grassdale es que Eliza le comenta, no sin evidentes ganas de fastidiarle, que se rumorea que Helen va a casarse. Esto es lo que le mueve a Gilbert a viajar para ver a Helen, declararle su amor e impedir que se oficie la ceremonia, al más puro estilo de “El graduado” (1967) —¿se habrá inspirado esta cinta aquí?—. Al llegar, descubre, para su suerte, que la que se casaba no era Helen, sino su hermano, y que, por mucho que la parte contratante fuera un Hargrave, no era Walter, sino Esther. En esta miniserie, sin embargo, dan la vuelta completamente a la tortilla, cogiendo este hecho y cambiándolo de manera radical: aquí Helen Graham vuelve a Wildfell Hall —cosa que no ocurre en la novela—, encontrándose con la celebración de una boda, en la que cree, erróneamente, que se están casando Gilbert y Eliza, cuando realmente lo está haciendo esta última con Richard Wilson —que, sin embargo, en el libro se casa precisamente con Mary, la hermana de Eliza—. Al enterarse Gilbert de la vuelta de Helen, y al desmentirle su equivocación, se declaran su amor mutuamente y deciden casarse (a petición de Helen, eso sí, cuando haya pasado un año). ¡Ay, qué manera de desaprovechar la escena tan bella que habría sido, cinematográficamente hablando, aquella de la rosa! Y, por cierto, como cambio completamente gratuito, no comprendo por qué se empeñan en que el libro que le regala Gilbert a Helen sea de Wordsworth y no de Walter Scott, como es el caso. Sinceramente, creo que, cortando de un sitio y de otro, y eliminando escenas que, por bellas que sean, no aportan demasiado, como ese plano de ella sentada de espaldas, vestida de luto, en el salón de Grassdale, o esa secuencia en la que Helen y Arthur están en Scarborough —tierna referencia al lugar donde pasó sus últimos días y murió Anne Brontë; pero, al fin y al cabo, una invención aquí—, podrían haber sido más fieles a la novela, y sin haber necesitado de más minutos de metraje. Aun así, tampoco puedo decir que sea una adaptación mala, porque no lo es.
 
Lo cierto es que, para el poco tiempo con el que cuenta, consigue transmitirnos bien el núcleo sincero que se genera entre Gilbert y Helen, así como todas las habladurías y los cuchicheos que provoca una nueva inquilina como ella. Además, creo que también logra mostrar el martirio que tiene que sobrellevar Helen con el arco del personaje de Arthur Huntingdon (aunque es cierto que a veces se excede en ciertas partes, como cuando la coge del cuello, la estampa contra la pared, luego la tira al suelo y parece que va a violarla; pues, al menos explícitamente, esto no ocurre en el libro). Aun así, creo que es capaz de reflejar la caída en desgracia de un personaje que tenía todos los medios para hacer las cosas bien, y cómo ella siente absoluta pena e impotencia por no haberle podido salvar de semejante final, sumamente fatídico y desdichado. Eso sí, hay muchas cosas que se pierden por el camino, y que resultan especialmente interesantes en la narración de Anne, como son, por ejemplo, esas conversaciones que tienen las mujeres de la novela, reflexionando sobre las impropias conductas de sus maridos y sobre todo el sufrimiento que ellas soportan en silencio y con la mayor de las discreciones. A este respecto, por cierto, cabe mencionar que la Milicent de la película es flojísima, casi rozando la estupidez. En el libro es tímida, sí, pero de boba no tiene nada. Además, es una pena que el personaje de Esther, la hermana de Milicent, esté completamente olvidado en la adaptación, pues también nos muestra a alguien que se enfrenta activamente al papel que parece que la sociedad —y, en este caso, concretamente su madre— se empeñan en que es el suyo. El llanto de Helen, sumamente relevante en la novela, y que funciona como símbolo del dolor que arrastra, aquí aparece sólo de vez en cuando, pero no de una manera tan primordial como lo hace en la narración de su autora. En resumidas cuentas, pese a los fallos, es una adaptación cinematográfica bastante decente. De hecho, su banda sonora es especialmente destacable, acompañando magníficamente ciertas secuencias, como aquella que abre la película o la de cuando Helen espera a Gilbert para darle el diario (bellísimo contraste, por cierto, entre su vestido negro y el paisaje gris claro). Eso sí, como hay cierto margen de mejora, animamos a que alguien se decida a hacer otra versión, perfeccionando a su predecesora: esta historia, y la pequeña de las Brontë, bien lo merecen.
 
Comentario al prólogo de Anne Brontë
 
Antes de cerrar este artículo, no puedo olvidarme de hacer una referencia al maravilloso prólogo de Anne Brontë a la segunda edición de “La inquilina de Wildfell Hall”; y es que, al leerlo, no pude más que reconciliarme un poco con el mundo y con el buen sentido de ciertas personas a lo largo de la historia. ¡Qué bella manera de exponer las razones que le llevaron a escribir el libro y qué fortaleza y humildad al resaltar sus objetivos y también sus limitaciones! Creo que, en este caso, es mejor que hablen sus propias palabras, para que las mías no entorpezcan lo dicho por ella con tan sumo acierto: «Mi propósito al escribir las páginas que siguen no era simplemente el de entretener al lector, como tampoco era el de complacer a mi propio gusto o ni siquiera el de congraciarme con la prensa y el público. Quería contar la verdad, pues la verdad siempre transmite su mensaje moral a quienes sean capaces de recibirlo. Sin embargo, como tan inestimable tesoro se esconde con mucha frecuencia en el fondo de un pozo, se requiere de cierto valor para sumergirse en él, sobre todo porque es probable que al que se atreva a hacerlo le acarree más burlas y oprobio, por atreverse a zambullirse en el agua y el fango, que agradecimiento por la joya que de ese modo extrae […]. No obstante, que nadie piense que me creo competente para reformar los errores y abusos de la sociedad, sino que tan sólo me gustaría aportar mi humilde contribución a tan buen objetivo, y, si consigo que el público me preste atención, prefiero susurrarle unas pocas verdades de provecho en lugar de un montón de tonterías amables».
 
De hecho, un poco más adelante, rebatiendo las duras críticas que recibió por la crudeza y aridez de su libro, señala lo siguiente: «… mantengo que, cuando hemos de ocuparnos de vicios y personajes depravados, es mejor representarlos como son en realidad y no como lo que ellos quisieran parecer. Mostrar algo malo del modo menos ofensivo es sin duda el camino más agradable que puede tomar un escritor de ficción, pero ¿es el más honrado, o el más seguro? ¿Qué es mejor, revelar las trampas y dificultades de la vida al viajero joven e irreflexivo, o tapárselas con ramas y flores? Ay, lector, si hubiera menos de esas delicadas ocultaciones de los hechos —de esos susurros de “paz, paz, cuando no hay paz”—, habría menos pecados y sufrimientos para los jóvenes de ambos sexos a los que no queda más remedio que extraer tan amargos conocimientos de la experiencia». Esta idea resume magistralmente el contenido de “La inquilina de Wildfell Hall”: hablarnos de la realidad sin ocultar sus partes más oscuras, confusas y desagradables. De hecho, ese afán por contar la verdad, aun con las incomodidades que esto pueda traer consigo, es el objetivo fundamental de Anne, que ella misma define como primordial en su tarea como escritora, aunque eso le acarree cierto perjuicio y vaya en detrimento de tener un mayor público. Ella, ante todo, quiere ser honesta con el lector, deseando que, mostrándole los caminos errados de tantos sujetos, consiga darse cuenta de la importancia que tiene saber elegir bien y servirse de los ejemplos de quienes han vivido en sus propias carnes situaciones deshonrosas, para que, así, pueda él evitar el disgusto de pasar por ese tipo de vivencias.
 
Por último, y por el retraso que estamos viviendo últimamente a este respecto, no puedo dejar de aludir a un interesante apunte de Anne Brontë, que ojalá haga reflexionar a los lectores más despistados, indicándoles hacia dónde sería más conveniente que tendiéramos: «… a mi parecer, si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo del autor. Todas las novelas se escriben, o debieran escribirse, para que las lean tanto hombres como mujeres, y no acabo de entender que un hombre pueda permitirse escribir algo que resulte verdaderamente vergonzoso para una mujer, ni por qué habría que criticar a una mujer por escribir algo que se consideraría digno y apropiado en el caso de proceder de la pluma de un hombre». Anne Brontë, junto a todas sus hermanas, tenía especial predilección porque se juzgara el contenido de sus escritos y no quién lo había escrito; y es que, si algo es realmente bueno, lo es al margen del sexo del que está detrás de esas palabras. Así que… a ver si nos aplicamos el cuento y no damos tanta relevancia al autor, y sí más a aquello que se extrae de lo que éste escribe.
 
Conclusión
 
Después de este breve inciso, donde queda perfilado el carácter de Anne Brontë, me dispongo ya a cerrar este análisis y, con él, por ahora, también el ciclo de las Brontë, que tantas buenas horas me ha dado. “La inquilina de Wildfell Hall” es un libro duro, triste, que nos muestra el lado menos amable del ser humano; pero también es una novela repleta de esperanza, de tesón, de perseverancia y de amor. Nos muestra la cara oscura del hombre, aunque contrarrestándola, al mismo tiempo, con la más luminosa. Es un libro complejo y de contrastes, como también lo es la naturaleza humana. Al final, Anne Brontë parece interesarse mucho por la reflexión acerca de las elecciones que uno toma en su vida, y de todas las responsabilidades y consecuencias que éstas arrastran con ellas. Por eso nos muestra tantos ejemplos de caminos errados, precisamente para intentar poner sobre la mesa la importancia radical que tiene el tomarse en serio la vida de uno. Esto lo hizo ya en “Agnes Grey”, y aquí vuelve a hacerlo con muchos de sus personajes. De algún modo, permite que todos ellos nos sirvan tanto para evitar ciertas conductas como para seguir otras más adecuadas.
 
Anne Brontë habla con tal soltura del matrimonio y de los hijos, que parece que ella misma hubiese pasado por ambas experiencias, cuando en absoluto era el caso. Se nota, por tanto, que había reflexionado sosegadamente sobre estas cuestiones. En este libro se ahonda en la importancia radical que tiene casarse por las razones adecuadas, y no por la pasión y el enamoramiento atolondrado que pueda despertar en nosotros un espíritu adulador y estratégico, capaz de medir las palabras con maestría. Sin embargo, si insistimos en desoír las advertencias de quienes conocen de primera mano el asunto, no nos quedará más remedio que cargar con los frutos de nuestra fatídica elección, como le ocurre a Helen. El mismo conflicto que se producía en “Agnes Grey”, cuando la protagonista consideraba que no tenía derecho a quejarse de su penosa situación de institutriz porque nadie la había obligado a ejercer ese puesto, en “La inquilina de Wildfell Hall” adquiere un tono muchísimo más grave: a Helen le ocurre lo mismo que a Agnes, pero siendo consciente de que esta equivocación es infinitamente más relevante y deshonrosa; y que, aun con todo, ella misma se ha buscado ese martirio, por lo que tiene que cargar con él de manera resignada y con un dolor y pena sumamente profundos. ¡Ay, otra vez la importancia de la elección y lo irreversible de algunos de sus efectos! Haber vivido todo esto es lo que le lleva precisamente a Helen a querer evitar que su hijo sufra lo mismo que ella o que haga sufrir a sus seres queridos lo mismo que ella ha tenido que padecer en sus propias carnes. Y aquí, por tanto, aparece uno de los núcleos fundamentales que recorre el libro: ¿es mejor aprender por experiencia, o evitar ya de entrada caer en la tentación de cosas que se sabe que son perjudiciales y que no suelen traer nada bueno? La cuestión de la educación vuelve a surgir en esta novela como un asunto absolutamente relevante; y lo hace, sobre todo, llamando la atención sobre las fatídicas consecuencias de un exceso de indulgencia por parte de los progenitores (a pesar del esfuerzo que a veces uno debe hacer para no malcriar a sus hijos, pues éste es siempre el camino más fácil). De hecho, al hilo de esto, cabe mencionar cómo Anne Brontë ahonda en los vicios de una manera absolutamente magistral. Esto, sin embargo, sí le quedaba más cerca, pues su hermano Branwell, al que su padre y su tía tenían en muy alta estima, acabó de una manera absolutamente desdichada por su alcoholismo y su adicción al opio. Se nota que conocía el tema de primera mano, pues no puede estar narrado con mayor realismo y conocimiento.
 
Por hablar de algún otro detalle interesante de esta novela, conviene hacer alusión a una especie de adelanto desdichado de los acontecimientos que se produce a lo largo de toda la narración. A saber: se nos deja entrever lo que va a pasar, pero precisamente de la manera opuesta a como los personajes se imaginan que va a ocurrir. Por eso, de algún modo, “La inquilina de Wildfell Hall” es también un libro que reflexiona constantemente sobre los peligros de las esperanzas y las expectativas (y es que, como bien señala Helen con mucho acierto en un momento de la novela: «… donde surgen las esperanzas siempre acechan los miedos»). Como ejemplos de esto, cabe señalar cuando Helen le comenta muy segura y convencida a su tía que no ha de preocuparse por ella en cuanto a lo del matrimonio se refiere, pues sabrá elegir correctamente (asistiendo luego, sin embargo, a toda la historia de su fracasado e infeliz matrimonio); cuando en la declaración de Arthur a Helen, éste hace una referencia a la vejez y a la muerte, que inevitablemente llegarán (y, precisamente por sus malos hábitos, él no compartirá su vida con Helen prácticamente nada); cuando el primigenio tonteo entre Annabella y Arthur, recibido con mucha molestia por Helen, es desmentido por él al declararle su amor a esta última (volviendo, no obstante, con mucha más fuerza, y siendo el desencadenante de su ruptura); y cuando lord Lowborough habla maravillas de Annabella cuando van a casare (derivando luego todo de la peor manera posible). Sin embargo, al menos sí hay una ocasión en la que se produce el movimiento contrario: se desea algo que no se espera conseguir y, para la sorpresa del lector y del propio personaje, acaba sucediendo (aunque sea de aquella manera). Hablamos de cuando, después del suceso con Annabella, Helen escribe en su diario que, mal que le pese admitirlo, odia a Arthur, y que su única venganza por el tormento de su matrimonio sería simplemente que él se diera cuenta de todo el daño que la ha provocado, y mostrara al menos algo de arrepentimiento; pero que duda mucho que jamás ocurra eso (y precisamente, al final, en su lecho de muerte, sí exhibe algo de abatimiento, reconociendo la aflicción que ha podido causarle a Helen; lo que da buena cuenta de cómo, cuando la vida de uno pasa por delante de sus ojos, la culpa aparece de manera más vehemente).
 
Tampoco me gustaría cerrar este análisis sin hacer referencia al contraste entre el mundo exterior y los sentimientos de nuestros personajes, que es una constante en “La inquilina de Wildfell Hall”. Por poner algunos ejemplos, esto se produce cuando Gilbert, al haber visto a Helen con Lawrence, está repleto de ira y tristeza, y hace varias referencias a cómo la naturaleza no parece comprender su estado, aludiendo a este fenómeno con absoluta melancolía; cuando Helen está sola en Grassdale, por los numerosos viajes de Arthur, y le molestan especialmente las bondades de la naturaleza por no poder disfrutarlas con su marido; cuando Arthur, en los últimos momentos de su enfermedad, habla de cómo, tras su muerte, todo seguirá de la manera más normal posible; o también cuando Gilbert, al ir a Grassdale, da cuenta de la belleza de la mansión y de los alrededores, pero se muestra incapaz de valorarla en ese momento, repleto como está de preocupaciones. Sin embargo, aquí, nuevamente, como ocurría también con lo que hemos comentado en el párrafo anterior, hay una excepción en la que se produce justamente el efecto contrario: cuando Helen, Rachel y Arthur abandonan Grassdale a escondidas y les recibe un espléndido sol, provocando que vivan dicho momento con mayor intensidad aún, precisamente por esa concordancia entre sus sentimientos y el mundo exterior.
 
Leer a Anne Brontë es absolutamente delicioso, y su manera de escarbar en la naturaleza humana es certera y precisa, ahondando en sus pliegues y contradicciones con un magistral tino. Por señalar algunos otros aspectos relevantes de “La inquilina de Wildfell Hall”, cabe dar cuenta de la belleza de algunas de sus metáforas, como aquella que aparece de la mano de Gilbert cuando está discutiendo con Helen sobre la capacidad o no de las malas experiencias para formar a los sujetos, y sobre si es preferible o no una mayor protección para evitar los malos hábitos. Así, en referencia al pequeño Arthur, y dirigiéndose a Helen, dice: «… por mucho que criara usted a un joven roble en un invernadero, cuidándolo con esmero noche y día y protegiéndolo de cualquier soplo de viento, no podría esperar que se convirtiese en un árbol resistente como el que crece en la ladera de la montaña, expuesto a la acción de todos los elementos y ni siquiera resguardado del azote de la tormenta». Otra aparece cuando Gilbert compara su diferente amistad con Lawrence y Halford, aludiendo a la distinta relación que tenemos con una prenda nueva y con un abrigo viejo: así como con la primera aún nos mostramos incómodos y tenemos miedo de romperla, la segunda se adapta a nosotros como anillo al dedo. También otra muy bella, aunque en esta ocasión más triste, es cuando Helen equipara a Arthur con «un fuego de ramitas secas en lugar de ser de consistente carbón». A su vez, está además la referida a las relaciones de cordialidad, pero absolutamente falsas, entre Helen y Annabella, que la primera manifiesta de este modo: «Es como coger rosas silvestres o flores de espino: muy bonitas, muy suaves por fuera, pero sabes que debajo hay espinas, y de vez en cuanto también las sientes, y entonces tal vez te vengues de la herida aplastándolas hasta acabar con ellas, aunque en detrimento de tus propios dedos». O también esa otra en la que, habiéndose enterado ya lord Lowborough de que su mujer le ha engañado con Arthur, y escuchando Helen por la noche sus pasos tristes yendo de un lado a otro de la habitación, ésta le compara con el náufrago que, pese a las calamidades e inclemencias sufridas, se agarra a la balsa con todas sus fuerzas, pues es su única esperanza y consuelo. Finalmente, haciendo alusión a cómo Lawrence había abordado lo que sentían mutuamente Helen y Gilbert, éste último nos vuelve a deleitar con otra metáfora que dice así: «No había intentado frenar el curso de nuestro amor construyendo presas a su paso, pero había observado pasivamente cómo las dos corrientes vagaban por los áridos páramos de la vida, negándose a retirar los obstáculos que las dividían y esperando en secreto que ambas se perdieran en el mar antes de llegar a unirse en una sola».
 
Por otro lado, y cambiando ahora de tercio, aparte de las referencias más evidentes a “Agnes Grey”, que ya han sido señaladas a lo largo de este análisis, cabe mencionar también la alusión al mar en la novela que nos ocupa, que aparece en dos ocasiones. De hecho, cuando todos van de excursión, en un momento en el que Gilbert se queda a solas con Helen, que está maravillada por semejante estampa marina, nos parece ver un guiño al encuentro entre el señor Weston y Agnes Grey que tiene lugar en la playa. (Por cierto, también como un sutil guiño a “Agnes Grey”, vuelve en “La inquilina de Wildfell Hall”, esta vez por parte de Arhur Huntingdon, a aparecer esa idea de que es en la posdata de las cartas de las señoritas, así como en el reverso de sus dibujos, donde se esconde lo verdaderamente interesante e importante.) Conviene señalar además la vuelta a la idea, aparecida ya en su primera novela, de la importancia de tener una ocupación y de mantenerse activo cuando uno sufre penas y calamidades; y es que el aburrimiento y el hastío no pueden ser peores compañeros para quien tiene el corazón afligido.
 
Por otra parte, hay una constante referencia a la hartura que generan las vanas conversaciones y las superficialidades, así como los prejuicios y maneras de vivir de aquellos que sólo saben hablar de las vidas ajenas porque las suyas propias están completamente vacías de contenido (de hecho, Helen dice de sí misma en un momento: «… no siempre soportaba tener que distorsionar mis sentimientos, forzar mis aptitudes conversadoras, sonreír, escuchar y hacerme la atenta anfitriona o incluso la alegre amiga»). Aun con todo, si bien las opiniones de quienes uno no valora no deben ser motivo de tristeza, no es menos cierto que resulta desagradable que a uno le tachen precisamente de aquello que más detesta y que se esfuerza con tanto ahínco por alejar de sí. Aunque, como bien apunta Helen, el consuelo que uno tiene es que «Dios nos juzgará por nuestras obras y pensamientos, no por lo que digan otros de nosotros». Al final, esa idea de la tranquilidad de espíritu que da el saber que uno está cumpliendo con lo que debe, convirtiéndose a veces en la única recompensa que puede esperar recibir por hacer las cosas bien, abarca toda la novela. Además, también hay un paralelismo evidente entre Agnes Grey y Helen Graham, cuando ambas sienten que no están en una coyuntura que las permita desarrollar sus capacidades. A este respecto, Helen afirma: «… cuántos de mis pensamientos y sentimientos se tienen que quedar tristemente enclaustrados en mi cabeza; cuánto de mi mejor persona es como si no estuviera casada, condenada a endurecerme y agriarme en la sombra de mi soledad a la que nunca llega el sol, o bien a degenerar y pudrirme por falta de alimento en esta tierra malsana».
 
En “La inquilina de Wildfell Hall” no sólo se trata la hipocresía de los caracteres más bajos y viles, cuya capacidad de dárselas de personas honorables es digna de estudio, sino que también aparece una constante reflexión sobre el hastío que se observa en las personas que son incapaces de entretenerse solas, a través de disfrutes discretos y sensatos, tendiendo mucho más por ello a caer en reprochables vicios para su propia satisfacción, aunque también para la desgracia de quienes les rodean. Además, aquí cabe enlazarlo con otra idea fundamental: cómo Helen siente la ruina de Arthur como propia, y cómo, a pesar de lo mucho que hace por él, sabe que la última decisión de su comportamiento es suya, y que ella no puede hacer nada ahí. Helen apunta esto con profunda tristeza: «… como Arthur y yo somos uno, me identifico tanto con él que siento su degradación, defectos y excesos como propios; me sonrojo por él, sufro por él, me arrepiento por él y lloro, rezo y me compadezco por él tanto como por mí; sin embargo, no puedo actuar por él, y por lo tanto me degrado, contaminada por esta unión, tanto ante mis ojos como ante la verdad. Estoy tan decidida a amarlo, tan deseosa de excusar sus errores, que estoy continuamente dándoles vueltas a éstos, y me esfuerzo tanto por atenuar sus principios más relajados y sus peores costumbres, que es como si estuviera familiarizada con los vicios y casi como si fuese partícipe de sus pecados. […] Sí, mi pobre Arthur, todavía tengo esperanzas y rezo por ti, y, aunque escribo como si fueses un sinvergüenza disoluto, ya sin posibilidades de arreglo o perdón, son mi preocupación y mis miedos, mis intensos deseos, los que me llevan a hacerlo; quien te quisiera menos se mostraría menos amargada, menos descontenta».
 
Asimismo, también me parece atisbar ciertas referencias de “Jane Eyre” en “La inquilina de Wildfell Hall”, o, al menos, ciertas concepciones o maneras de ser que aparecen en las dos novelas. El carácter de Helen Graham recuerda en ocasiones al de Jane Eyre: ambas, que tienen de entrada mucha pasión e ímpetu, acabarán por domeñarlos y reducirlos a una serenidad y a un saber estar pasmosos. Al mismo tiempo, esa sospecha de Helen de que Annabella no entiende a Arthur y que, por tanto, es incapaz de ayudarle a mejorar, me recuerda mucho a la concepción que tenía Jane Eyre sobre Blanche Ingram cuando, aparentemente, ella y Edward Rochester iban a casarse. Además, aunque quizá no sea compartido por todos los lectores de las Brontë, yo veo alguna otra clara referencia a las obras de sus hermanas Emily y Charlotte. Por ejemplo, cuando, aludiendo a la diferencia ente el amor que pueda llegar a sentir Arthur por alguna otra mujer, y el que siente por Helen, éste dice: «Y si alguna vez pienso en otra […], me lo puedes perdonar, porque es un capricho como un relámpago que desaparece al instante, mientras que mi amor por ti arde continua y eternamente como el sol». Esto, desde luego, y no creo que sea muy rebuscado señalarlo, guarda un profundo paralelismo con la metáfora a la que alude Catherine Earnshaw cuando le confiesa a Ellen su amor por Heathcliff, en comparación con aquel que siente por Linton: «Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario». Además, poco después, Arthur se refiere a Helen como «mi desorbitada tirana», así como otras veces alude a ella como «mi bella tirana» o «diablesa rencorosa», recordándonos inevitablemente a los calificativos con los que solía Edward Rochester referirse a Jane Eyre.
 
Vamos a cerrar este análisis con la que, a mi parecer, es la metáfora más bella de todas, y a la que hemos aludido ya en algunas ocasiones durante este escrito: «Esta rosa no es tan fragante como una flor de verano, pero ha resistido penalidades que las otras no podrían soportar: la fría lluvia del invierno ha bastado para alimentarla y su débil sol para calentarla; el crudo viento no la ha blanqueado ni le ha partido el tallo, y la intensa escarcha no la ha estropeado. Mira, Gilbert, está todavía todo lo lozana y radiante que puede estar una flor, aun con la fría nieve en los pétalos. ¿La quieres?». Por último, y ya sí que sí definitivamente, acabamos con una sentencia de Helen, dirigida a Gilbert, que no puede resumir mejor la reflexión que se hace sobre el matrimonio a lo largo de “La inquilina de Wildfell Hall”: «Si tu me quisieras tanto como yo a ti —contestó muy convencida—, no habrías estado tan cerca de perderme; esos escrúpulos de falso orgullo y delicadeza nunca te habrían preocupado tanto; te habrías dado cuenta de que las mayores distinciones mundanas y las diferencias de posición, cuna y riqueza no son nada en comparación con la unidad y concordancia de pensamientos y sentimientos y con quererse de verdad».

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