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Las obras de juventud de Jane Austen

Hoy, por fin, y después de un cierto retraso fruto de una coyuntura que ya quedó explicada hábilmente por aquí, vengo a hablar de las obras de juventud de Jane Austen. Bajo el título de “Juvenilia”, estos escritos se encuentran reunidos en tres cuadernos, que la autora llamó «volúmenes», numerados del I al III. Según los estudios, la fecha de composición más temprana cabe situarla en el año 1787, pero la mayoría de ellos fueron compuestos entre los años 1791 y 1793, cuando la escritora tenía entre 16 y 18 años. De cualquier modo, parece que entre 1809 y 1811 —año en el que se publicó su primera novela, “Juicio y sentimiento”— ella volvió a revisar y a corregir aquellas obras contenidas en el volumen III. Por tanto, aunque algunos de estos textos sí fueron escritos con 13 o 14 años, otros fueron retocados por una mano que, si bien todavía no se había abierto paso en el mundo editorial, ya estaba a punto de hacerlo. Por otra parte, no hay que perder de vista que estas obras juveniles no fueron elaboradas con intención de ser publicadas, sino sólo como mero entretenimiento para sus familiares y círculo más cercano. Esto se aprecia especialmente bien en las dedicatorias, que, por mucho que quieran resultar solemnes, guardan la huella de la intimidad. De hecho, no salieron a la luz hasta 1922, cuando un editor decidió publicar los escritos contenidos en el volumen II. Más tarde, R. W. Chapman, considerado la máxima autoridad en Jane Austen en cuanto a la edición textual se refiere, publicó el volumen I en 1933 y el III en 1951.
 
Sin embargo, para que estos textos llegaran a España todavía tuvimos que esperar hasta 1998, cuando la editorial Alba, bajo el nombre de “Amor y amistad”, publicó una recopilación que contenía 6 de los 15 textos del volumen I —“Jack y Alice”, “Edgar y Emma”, “Henry y Eliza”, “La bella Cassandra”, “Las tres hermanas” y “Una bella descripción”—, y las obras completas tanto del volumen II —“Amor y amistad”; “El castillo de Lesley”; “La historia de Inglaterra”; “Una colección de cartas”; y “[Fragmentos]”, que incluye “La mujer filósofa”, “Primer acto de una comedia”, “Carta de una joven dama”, “Un viaje a través de Gales” y “Un cuento”—  como del III —“Evelyn” y “Catherine, o el cenador”—. En 2017, esta misma editorial reeditó el texto, que es al que yo he tenido acceso, incluyendo además el prólogo que G. K. Chesterton había escrito en 1922 para la ya citada primera edición de los textos juveniles de Jane Austen contenidos en el volumen II. En 2008, también la editorial Funambulista, con el título de “El castillo de Lesley”, daba el salto a sacar textos inéditos al español del volumen I, como “Frederic y Elfrida”, “Mister Harley”, “Sir William Montague”, “Amelia Webster” y “La visita”, que se sumaban a otros ya incluidos en la traducción de Menchu Gutiérrez. Además, para nuestra alegría, en 2021 la editorial Libros de la Ballena también sacaba su propia selección, con el nombre de “Juvenilia”, aunque no añadía ningún texto diferente de los ya contenidos en las dos recopilaciones nombradas. Sin embargo, sí que contaba con una novedad significativa: introducir las ilustraciones que Cassandra Austen había realizado para “La historia de Inglaterra” de su hermana pequeña, que no aparecían en las dos compilaciones anteriores. Como curiosidad, cabe señalar que “El misterio”, una pequeña obra de teatro contenida en el volumen I, puede leerse entre las páginas 61 y 64 de la biografía “Recuerdos de Jane Austen” (1869), de su sobrino James Edward Austen-Leigh, editada, también por Alba, en 2012.
 
Así que lo cierto es que, salvo los tres textos del volumen I “Memories of Mr. Clifford”, “A Generous Curate” y “Ode to Pity” —los únicos que no he leído y a los que no haré mención—, el resto están todos traducidos al español, lo que es una grata noticia para quien tenga interés en introducirse en los primeros escritos de la autora inglesa y comprender todo ese universo que ya se empezaba a fraguar en esas tempranas historias. Como recomendación personal, os diría que os hicierais con los tres ejemplares señalados, pues se complementan muy bien entre sí; pero, si no tenéis opción o no queréis acumular tantos libros, yo me decantaría por la selección de Alba, que es la que contiene un mayor número de obras y, sobre todo, también la única que incorpora “Amor y amistad”, quizá el relato suyo de juventud que más ha trascendido hasta nuestros días. Me queda sólo decir que, para aquellos escritos repetidos en los tres compendios que he manejado, el orden que yo he seguido para decantarme por uno u otro ha sido el siguiente: Alba, Libros de la Ballena y, por último, Funambulista. Quizá las razones sean un poco peregrinas, pero, tras comparar unas cuantas veces el mismo texto en los distintos libros, he llegado a esa conclusión. Es cierto que, de las tres, de la única editorial que tengo más libros es de Alba, y me fío absolutamente de sus traducciones y de su buen hacer. El criterio, por tanto, no es, ni mucho menos, universal o correcto, sino que responde a qué me sonaba mejor cuando las comparaba entre sí. Además, otro punto a favor para decantarme por la traducción de Alba es que es la única que mantiene las mayúsculas que la propia Jane Austen escribía en sus textos, algo que, si bien puede resultar incómodo y molesto al principio, creo que es todo un acierto para entender mejor sus juegos literarios. Dicho esto, y teniendo en cuenta que la introducción se me está yendo un poco de las manos, veamos cómo me las apaño para trasladar algo de lo contenido en esas valiosas páginas.
 
1.     Volumen I
 
Frederic y Elfrida
 
Ya desde este primer relato apreciamos la original voz de Jane Austen, siempre certera, siempre dando en la diana. En esta pequeña obra, dedicada a su querida amiga Martha Lloyd por su generosidad a la hora de enviarla una capa de muselina, descubrimos mucho de ese carácter irónico e inesperado que inunda su correspondencia y que hace que la imagen bucólica que se suele tener de Jane Austen se desvanezca de un plumazo. Sorprende el humor absurdo tan particular que recorre la narración y que provoca que las situaciones se estrujen y retuerzan hasta tener un final de lo más llamativo. Y aquí no hay concesiones, como siempre ocurre con ella: nos lleva por donde quiere para que luego nos quedemos asustados con el resultado. Desde este primer escrito se aprecia lo buena observadora que era, y es que coge los defectos de ciertos temperamentos hasta llevarlos al paroxismo. También encontramos ecos de la Ofelia de Shakespeare, con una caída en desgracia tan triste como la de Charlotte, uno de los personajes de esta historia. En “Frederic y Elfrida” aparece un guiño a cómo la fealdad exterior muchas veces convive con una inteligencia desbordante, y también una reflexión bella y triste de cómo ciertas muertes, así como tantas vidas, pasan sin pena ni gloria, sin ningún atisbo de heroísmo. A fin de cuentas, una muy buena muestra de su fina ironía y de su despiadada sorna.
 
Jack y Alice
 
Aquí estamos ante una historia más costumbrista, en la que se nos narran las cotidianas vivencias de los vecinos de Tramposería. En particular, las de Alice Johnson, una joven, con tendencia a la ebriedad, que se enamora locamente de Charles Adams, un apuesto galán que no se conforma con cualquier pretendiente, sino sólo con quien pueda estar a la altura de su perfección, algo inalcanzable para el común de los mortales. “Jack y Alice” es un relato que aborda los problemas a los que puede conducir la bebida con un sorprendente desparpajo —sobre todo para la corta edad de su autora—, a la vez que reflexiona con gran lucidez sobre la lacra de la mediocridad, uno de los focos fundamentales para el surgimiento de la envidia y para la incapacidad de reconocer la excelencia ajena. Esta terrible predilección por dificultar e impedir que al otro le vaya bien encuentra aquí un fatal desenlace. Sin embargo, como siempre sucede con esta autora, no hay ningún tipo de afectación, y las desgracias y los jolgorios se suceden sin demasiado detenimiento. Además, en esta pequeña obrita aparecen varios ejemplos de esa fina socarronería de la autora inglesa, que encuentra un aliado perfecto en la escritura, pues parece que nos quiere decir una cosa, cuando realmente busca señalar, con mucha ironía, la contraria, insistiendo en la hipocresía de ciertos sujetos. Ejemplos hay muchos, así que pondré tres para que se entienda: «… le aseguró que después de su Padre, Hermano, Tíos, Tías, Primos y otros parientes, Lady Williams, Charles Adams y media docena de amigos particulares, la amaba casi más que a cualquier otra persona en el mundo»; «Lady Williams insistió en que debía ir, declaró que nunca la perdonaría si no lo hacía y que nunca sobreviviría al hecho de que fuera»; o «Entre sus amigos más afligidos se encontraban Lady Williams, la Señorita Johnson y el Duque, de los cuales los 2 primeros sentían un gran afecto por ella, especialmente Alice, quien había pasado una tarde entera en su compañía y nunca había vuelto a pensar en ella desde entonces».
 
Edgar y Emma
 
Es un cuento muy corto, de apenas cuatro páginas, cuyo inicio y final son lo mejor. Abre con una discusión absurda entre un matrimonio, dejando ya entrever la grandiosa capacidad de Jane Austen de escarbar en las pequeñeces del ser humano, en esos recovecos que nos hacen parecer tan estúpidos en tantas ocasiones. Y a pesar de hacerlo con maldad, pues jamás se corta ni resulta afable, siempre deja un rayo para la compasión. Lo cierto es que yo veo en Jane Austen a una gran cómica, sobre todo porque, en vez de buscar la risa facilona y las bromas evidentes, convierte la seriedad de la vida en algo de lo que reírse, y lo hace desde un humor absurdo y surrealista sumamente afilado y particular. Además, es fascinante su exageración, como el final de “Edgar y Emma”, cuando dice, a raíz de la melancolía de Emma por no ver a su querido Edgar, al que esperaba: «… y se retiró a su habitación, donde continuó llorando el resto de su Vida».
 
Henry y Eliza, Mister Harley, Sir William Montague, La bella Cassandra, Amelia Webster, La visita, El misterio y Una bella descripción
 
De estas obras no diré nada: son demasiado cortas como para que pueda yo aportar algo que merezca la pena ser leído y, a mi parecer, son también las más flojas de sus composiciones juveniles —o, al menos, de las que yo apenas puedo rascar gran cosa—. Sin embargo, “El misterio”, pese a su brevedad, me ha hecho bastante gracia, y es que se burla del lector, basando todo el diálogo en cuchicheos, fruto de algo importante que aparentemente ha pasado, pero que el lector jamás termina por descubrir.
 
Las tres hermanas
 
Aquí aparece, por primera vez, la importancia del matrimonio en aquella época, y cómo muchas veces el amor verdadero estaba reñido con tener una vida cómoda, lo que provocaba acabar junto a alguien desagradable y por el que se era incapaz de sentir el menor aprecio. En este relato también aparece esa figura tan conocida del «ni contigo, ni sin ti», que guarda además relación con esa incapacidad de algunos de alegrarse de la suerte de los demás, incluso cuando ésta no perjudica en absoluto a la suya propia. Esto encuentra su espacio en este relato en la figura de Mary, que, aparentemente, no quiere aceptar la proposición de un hombre que la corteja, salvo que eso implique que él, ante su negativa, vaya a ir detrás de alguna de sus hermanas. Al final, Mary sólo se mueve por las apariencias, así que accederá a casarse con este hombre al que no soporta para poder fardar de ello ante sus seres queridos y sus vecinas. En «Las tres hermanas» asistimos a un relato de juventud que es ya el germen de las grandes novelas de Jane Austen que vendrían después, así como una pequeña muestra del precio que ella tuvo que pagar durante su vida al situar siempre por delante el auténtico amor frente a venderse al mejor postor por el simple hecho de tener una vida más confortable. Sorprende la madurez con la que esta narración se va desarrollando y cómo se dejan entrever las terribles consecuencias de un matrimonio desdichado.
 
2.     Volumen II
 
Amor y amistad
 
Llegamos, por fin, a “Amor y amistad”, el más conocido de sus relatos de juventud y el primero que tiene una extensión tan larga. Chesterton lo alaba en su prólogo y lo antepone a “Lady Susan” (1871), que considera mucho más aburrido. Aún no tenemos datos suficientes para suscribir este comentario, pero desde luego sí que estamos de acuerdo en la valía del que ahora nos ocupa. “Amor y amistad” es un relato corto que Jane Austen dedicó a su querida prima Eliza, con la que guardaba una relación muy especial, como ya comentamos en nuestro artículo sobre las biografías de la escritora, y que escribió en 1790, meses antes de cumplir 15 años. Este último dato es muy relevante, pues, al leerlo, uno no puede sino sorprenderse de su madurez narrativa y de su humor satírico tan negro. Está escrita a través de las cartas que Laura le escribe a Marianne, la hija de Isabel, su mejor amiga, a raíz de la insistencia de esta última para que le cuente las aventuras y desventuras que hubo de pasar a lo largo de su vida.

La novela con estructura epistolar fue introducida en el siglo XVIII gracias a la publicación de “Pamela, o la virtud recompensada” (1740), de Samuel Richardson, y continuada por autores tan notables como Goethe y su famoso “Las desventuras del joven Werther” (1774), hasta convertirse en un estilo recurrente en la época. Por eso no es de sorprender que una autora como Jane Austen, muy versada en la literatura de su tiempo, escoja este tipo de género para desarrollar su historia. La premisa, además, le sirve muy bien para su propósito: contar la vida de su personaje principal, Laura, como método para tratar de evitar que Marianne, la joven hija de Isabel, cometa los mismos errores que ella y pueda eludir así tanto sufrimiento. Las cartas siempre son el mejor medio para conocer cómo es alguien, al tiempo que su contenido suele tener un componente de cercanía que hace que su lectura sea especialmente deliciosa. Aquí, como ya ocurría en el citado libro de Goethe, las cartas a las que tenemos acceso sólo son las de una de las partes —en este caso, las que Laura le escribe a Marianne—, así que desconocemos si esta última hacía algún tipo de comentario entre carta y carta, o si nuestra protagonista meramente escribió todo como la historia de su vida sin esperar respuesta entre unos acontecimientos y otros.
 
“Amor y amistad” es una pequeña obra —por extensión, y no por contenido— cuyo núcleo fundamental es reírse de la idea de ‘el hombre hecho a sí mismo’. Para ello, recorre varios personajes, a los que se refiere en alguna ocasión como «Mentes Elevadas», que muestran su orgullo y determinación por exhibirse siempre como contrarios a las opiniones de sus padres, pero que se benefician ampliamente de los bienes materiales de estos cuando la ocasión lo merece. La historia de Laura es realmente triste, enlazando una desgracia tras otra, pero la autora mete tantos retazos de humor negro y comentarios tan absurdos y surrealistas que uno no puede sino reírse a cada rato. Jane Austen opta por un estilo en el que prima la exageración constante, llevando todo al extremo, pero haciéndolo como quien no quiere la cosa. Las bromas revestidas de seriedad son las que más me gustan, y los relatos de juventud de Jane Austen, especialmente “Amor y amistad”, están repletos de ellas. Además, hay una perpetua burla por lo sentimental, asunto que empezaba a surgir con gran vehemencia con la irrupción del Romanticismo, movimiento que tardaría poco tiempo en instaurarse con solidez, y que aquí es puesto en evidencia sin piedad. De hecho, a este respecto, la figura del desmayo funciona como un recurso recurrente en esta historia, llevando hasta el paroxismo esa intensa afectación de los personajes, que lo viven todo con tanta exaltación y apasionamiento que se acaban desvaneciendo cada dos por tres o entrando en períodos de locura incontrolable. Con relación a esto, no podemos olvidar el último consejo que le da Sophia a su amiga Laura en su lecho de muerte: «Enloquece cuantas veces quieras, pero no te desmayes…» (recomendación que Laura, por cierto, seguirá fielmente desde entonces). Tampoco podemos evitar hacer alusión a esas descripciones tan certeras de los personajes, que, en pocas líneas, quedan perfilados con una precisión de cirujano… Y la pregunta es: ¿dónde queda esa sintética exactitud en las obras actuales, en las que encontramos páginas y páginas de la naturaleza más anodina y que jamás se acercan a un conocimiento tan certero del personaje a quien describen?
 
El castillo de Lesley
 
“El castillo de Lesley” es otro de los relatos más extensos que encontramos entre las obras de juventud de Jane Austen, y también está escrito en forma de epistolario. Sin embargo, hay una diferencia sustancial respecto a “Amor y amistad”, y es que “El castillo de Lesley” combina cartas de varios interlocutores, y podemos leer tanto las de un lado como las del otro. Aunque haya alguna carta puntual de otros personajes, casi toda la correspondencia a la que asistimos es aquella que se da entre Margaret Lesley y Charlotte Lutterell, dos jóvenes amigas que se cuentan sus confidencias y sus preocupaciones, y que, en su manera de expresarse, dejan entrever su verdadero carácter. La principal inquietud de Margaret, que se nos presenta nada más empezar la historia, es su sobrina Louisa: su madre no resultó ser como aparentaba, y abandonó tanto a la pequeña como a su marido Lesley a la mínima de cambio. Éste decidió dejar a su hija al cuidado de sus hermanas, Margaret y Matilda, en el castillo de Lesley, la residencia familiar (algo que, por cierto, en la época era bastante común, y que encuentra un reflejo parecido en la propia vida de Jane Austen: su sobrina Anna, hija de James, su hermano mayor, residió en Steventon durante una temporada, al cuidado de sus tías y abuelos, poco después de la muerte de su madre, pues James se veía incapaz de hacerse cargo de ella tras la fatídica desgracia de perder a su mujer de forma repentina). Sir George, el padre de los tres jóvenes, es un hombre manirroto que se dedica a llevar una vida licenciosa en Londres, mientras sus hijas no conocen más mundo que las cuatro paredes del castillo, y que se acaba de casar con Susan Fitzgerald —ahora, Lady Lesley—, que es otra que tal baila. Por su parte, Charlotte, amante de la cocina y de cómo organizar bien una casa —me recuerda mucho a la Teresa de “Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister” (1795-96), una de las grandes novelas de Goethe—, tiene una preocupación bien distinta a la de su amiga Margaret: disponer de todo un banquete de boda preparado que ya no tiene ninguna razón de ser. Y es que su hermana, Eloísa, ha asistido a la mayor de las tragedias: la accidental muerte de su novio poco antes de que se oficiara el ansiado enlace. Así las cosas, el principal agobio de Charlotte es qué hacer para que toda esa comida no se pierda, y serán muchos los comentarios jocosos que recorran la narración al hilo de este asunto.
 
Tampoco puedo olvidarme de volver a mencionar la maravillosa capacidad descriptiva de Jane Austen, que permite que el lector pueda tener una idea del resto de personajes —en este caso, los miembros de sus respectivas familias— sólo por cómo Margaret y Charlotte hablan de ellos y de las coyunturas en las que se ven envueltos (recuerda mucho a las cartas intercambiadas entre Jane y su hermana Cassandra, de las que ya hablamos en su momento por aquí con más detenimiento). En relación con esto, resulta especialmente relevante la importancia de la belleza —o la falta de ella— en los comentarios que hacen las mujeres las unas de las otras. Es cierto que hay mucha brusquedad en ciertas observaciones, pero… ¿acaso no es ésa una de las especialidades de quien las ha moldeado? Sin duda, Jane Austen, incluso en su juventud, tenía ya un exhaustivo conocimiento de cómo ciertas mujeres compiten entre sí en cuanto a su apariencia, algo que no comparten con los hombres, que tienen una mayor capacidad a la hora de resaltar las cualidades de otros miembros de su mismo sexo. Como ella misma escribe, esta vez en boca de la señora Marlowe: «Es muy difícil de creer que una Mujer bonita sea reconocida como tal por una persona de su propio Sexo, a no ser que la persona sea su Enemiga o su reconocida Aduladora. ¡Cuánto más amables son las mujeres en ese particular! Un Hombre puede decir cuarenta cosas agradables a otro sin que nosotras supongamos que le han pagado por hacerlo y, siempre que cumplan con su Deber con nuestro Sexo, no nos importa lo Educados que sean con las personas del suyo». Por ir ya cerrando, cabe decir que “El castillo de Lesley” funciona casi como un bosquejo de todas esas confidencialidades e intimidades entre amigas, hermanas o criadas que jugarían un papel tan importante en muchas de las grandes novelas del siglo XIX.
 
La historia de Inglaterra
 
Uno podría pensar que, tratándose de asuntos históricos, poco lugar podría haber aquí para la sorna; pero…, ay, amigos: ¡Jane Austen hace humor con todo! Además, ya debajo del título, “La historia de Inglaterra desde el reinado de Enrique IV hasta la muerte de Carlos I”, hay una aclaración que nos lo advierte, pues dice: «Por una historiadora parcial, prejuiciosa e ignorante». Y este comentario viene avalado por otro que hace durante la narración: «… solo voy a desahogarme y a demostrar mi odio hacia aquellas personas cuyos partidos y principios no están de acuerdo con los míos, y no voy a dar información». Esta obrita está dedicada a su hermana Cassandra, que hizo los dibujos de cada uno de los reyes de los que iba a hablar su hermana pequeña. Estas ilustraciones, como ya fue señalado en la introducción, sólo están recogidas en la recopilación hecha por la editorial Libros de la Ballena, así que por eso he optado por leerla aquí, y eso que esta narración es de las pocas que se encuentran en los tres ejemplares que estoy manejando. Para cerrar con un guiño a su revisión un tanto libre de algunas personalidades de su país, la dedicatoria cierra así: «N. B.: Esta historia contiene muy pocas fechas».
 
Pasará por Enrique IV, Enrique V, Enrique VI, Eduardo IV, Eduardo V, Ricardo III, Enrique VII, Enrique VIII, Eduardo VI, María, Isabel, Jacobo I y Carlos I. En general, todas las descripciones rondan la media página o, como mucho, una entera, exceptuando la de Isabel, que se extiende durante tres porque no la soporta: ella fue la que planeó la ejecución de su querida María Estuardo (que era, para colmo, su prima). Por la que fue reina de Escocia guarda una predilección evidente que no sólo no se esfuerza en esconder, sino que saca a relucir siempre que puede. A este respecto, resulta especialmente hilarante el comentario repleto de humor negro que hace en relación con la muerte de Eduardo VI: «Lo decapitaron, algo de lo que podría haber estado orgulloso de haber sabido que de esa misma manera iba a morir María, la reina de Escocia. Pero como era imposible que supiera algo que aún no había pasado, no parece que se sintiera particularmente satisfecho por la forma en la que lo mataron». Sé que igual estoy pecando de citar mucho de esta pequeña obra, pero es que es realmente graciosa la manera en la que combina humor y seriedad. Esto se ve muy bien en el fragmento que cierra su histórico repaso y con el que termina su descripción de Carlos I: «Los sucesos del reinado de este monarca son demasiados para mi pluma y, de hecho, no me interesa en absoluto el relato de ningún suceso, excepto los que escribo yo. El motivo principal por el que escribo “La historia de Inglaterra” es probar la inocencia de la reina de Escocia, cosa que me enorgullezco de haber hecho con eficacia, e injuriar a Isabel, aunque me temo que me he quedado corta en esta última parte de mi plan. Por eso, no tengo la intención de dar cuenta de los problemas en los que se vio envuelto este rey por culpa de la mala conducta y la crueldad de su Parlamento, me daré por satisfecha si logro defenderlo de los reproches de arbitrariedad y tiranía que se le suelen hacer. Pienso que no es difícil porque con un único argumento estoy segura de poder satisfacer a cualquier persona sensata y bien dispuesta cuyas opiniones hayan sido guiadas adecuadamente gracias a una buena educación, y ese argumento es que era un Estuardo».
 
Una colección de cartas
 
Aquí se vuelve a recurrir al género epistolar, pero esta vez a través de cinco cartas que nada tienen que ver entre sí y que aparecen introducidas por estos comentarios: «De una Madre a su Amiga», «De una Joven dama desengañada en el Amor a su amiga», «De una joven Dama en Circunstancias difíciles a su amiga», «De una joven Dama bastante impertinente a su amiga» y, por último, «De una Joven Dama muy enamorada a su Amiga». Si os fijáis bien, resulta especialmente curioso el uso de las mayúsculas en esos epígrafes, pues varían en uno y otro en las mismas palabras. De hecho, incluso en la propia dedicatoria, dirigida a su prima Jane Cooper, juega con esto mismo, y es que todas las palabras que empiezan con mayúscula se escriben con «C», algo que en español no puede ser trasladado completamente, pero que muy amablemente la traductora se toma la molestia de señalar a pie de página. Este tipo de divertimentos son típicos en sus textos, así que creo que, por mucho que incomode un poco al principio la lectura, es un acierto que la editorial Alba mantenga esas mayúsculas tan características de la autora. Volviendo otra vez al texto, recuerda un poco al relato de “El castillo de Lesley», sobre todo por las confidencias a las que vamos asistiendo en cada una de las misivas. Pero, claro, aquí son diferentes pinceladas de historias que nada tienen que ver las unas con las otras y de personajes completamente distintos. El poder de las cartas aparece aquí en su máximo esplendor, pues apreciamos bien cómo una buena narradora como lo es Jane Austen tiene la maravillosa capacidad de introducirnos en una vida con tan solo una epístola, que se mueve entre las 2 y las 5 páginas. Es cierto que la última de ellas es la más larga, y casi llega a las 10…, pero, aun así, es muy poco espacio y mucha, sin embargo, la información que se nos transmite. Aquí, nuevamente, se coge el testigo de la ya citada “El castillo de Lesley”, abriéndose todo un universo de intimidades y secretos, y se tiene la tentación de tirar del hilo de cada una de las misivas para construir un relato de mayor extensión.
 
[Fragmentos]
 
Los “[Fragmentos]” están dedicados a Fanny, la hija mayor de su hermano Edward y una de sus sobrinas predilectas —como lo era también Anne, la ya nombrada hija de James Austen—. Según ella, estos textos, conformados por “La mujer filósofa: una carta”; “Primer acto de una comedia”; “Carta de una joven dama, cuyos sentimientos, demasiado intensos para razonar, la llevaron a cometer errores que su corazón no aprobaba”; “Un viaje a través de Gales en carta de una joven dama”; y “Un cuento”, contienen sus «Opiniones y Admoniciones sobre la conducta de las Jóvenes». La razón que aduce para haberlos escrito pensando en ella es no poder transmitirle en persona sus enseñanzas, por vivir lejos la una de la otra. En “La mujer filósofa” encontramos descripciones maravillosas de tres chicas jóvenes en tan sólo dos páginas, mientras que en la “Carta de una joven dama” podemos leer de una manera inesperada y rotunda: «Maté a mi padre cuando era muy pequeña, después maté a mi Madre, y ahora me dispongo a asesinar a mi Hermana». ¿Puede ser más potente una carta de cara y media en la que poco después de empezar se dice eso? Y lo mejor es que, a continuación, esa joven dama cuenta una pequeña batallita de cómo conoció al coronel con el que se va a casar, para cerrar la misiva volviendo a decir: «Ahora me dispongo a asesinar a mi Hermana». Y esta, amigos, es la asombrosa potencia de Jane Austen a la hora de escribir: no es en absoluto predecible y nunca sabes por dónde te va a salir. Como anécdota, en el inicio de “Un cuento” se puede apreciar una referencia nada velada a “Don Quijote de la Mancha” (1605), pues dice: «Un Caballero, de cuya familia callaré el nombre…».
 
3.     Volumen III
 
Evelyn
 
“Evelyn” es un relato corto que nos narra las vicisitudes del señor Gower, que se dispone a hacerle un favor a su hermana, pero que, por el camino, se encuentra con Evelyn, un pueblo en el que sus habitantes son magnánimos y generosos hasta la extenuación. Allí no existe el odio ni la enfermedad, sino que todo son buenas palabras y amables vínculos. A raíz de este descubrimiento, su vida dará un giro radical, pero no se librará de tener un final desafortunado (aunque, como siempre pasa con Jane Austen, ya se encargará ella de darle la vuelta con su ya recurrente poca afectación). Es una obrita deliciosa, escrita el 6 de mayo de 1792 —cuando contaba casi con 17 años—, y que está dedicada a Mary Lloyd, su amiga de juventud y posterior mujer de su hermano James, con la que tendría desencuentros durante buena parte de su vida, pero con la que se reconcilió poco antes de morir. En “Evelyn” vuelven a aparecer esos sucesos inesperados en la narración, tan propios de la autora, ciertos ecos de “Romeo y Julieta” (1597) y algunos momentos de un humor muy negro.
 
Catherine, o el cenador
 
“Catherine, o el cenador”, concluida en agosto de 1792, pocos meses después de “Evelyn”, está dedicada a su hermana Cassandra. En ella se nos presenta al personaje de Catherine —conocida cariñosamente como «Kitty»—, una joven que se quedó huérfana de niña y que, desde entonces, está al cuidado de su tía, la señora Percival: una mujer poco cariñosa, de principios férreos y moral rígida. No sólo su concepción del mundo es muy negativa, sosteniendo que la virtud y los buenos modales se están resquebrajando poco a poco, sino que también le tiene absoluto pavor a cualquier hipotética relación que pueda establecer su sobrina con jóvenes varones, temiendo por las consecuencias que puedan derivarse de lo que para ella es una conducta que roza el escándalo y sobrepasa los límites del decoro. Así, establece una relación de sobreprotección con Catherine, pero sin la ternura o el afecto que podrían esperarse de un familiar cercano. Ante este panorama, el único refugio de Catherine, y aquel lugar al que se dirige siempre que está alterada y necesita tranquilidad, es un cenador que construyó con la ayuda de sus vecinas Cecilia y Mary Wynne, a las que adora y que, sin embargo, a raíz de la muerte consecutiva de sus padres, han abandonado su residencia y han sido asignadas a distintos parientes. Así como Cecilia, la mayor de ellas, ha sido enviada a la India, donde se ha tenido que casar con un hombre de mucha más edad y que cuenta con una gran fortuna, Mary está en Londres en casa de unos familiares ricos que se comportan con ella con suma condescendencia. Esta dispersión de hermanos entre diferentes casas o entornos ante la fatídica muerte de sus progenitores guarda una relación muy cercana con lo que le ocurrió al propio padre de Jane, George Austen, y a sus hermanas, Philadelphia —madre de su prima Eliza— y Leonora. De hecho, parece que la joven escritora se inspiró en su tía Philadelphia para construir la historia de Cecilia, cuyas similitudes son evidentes. 
 
La anodina vida de Catherine sin sus queridas amigas y confidentes toma un giro inesperado cuando, tras ciertas reticencias iniciales, su gruñona tía finalmente accede a que les visiten unos familiares acaudalados que residen en Londres. De este modo, Kitty empezará a intimar con Camilla, la hija de los señores Stanley, que, sin embargo, para su desgracia, es bastante simple y no soporta conversaciones que vayan más allá de vestidos, complementos y cotilleos varios. Aun con todo, y ante la falta de compañía de la joven, desarrollará una cierta relación de amistad con ella, si bien no muy profunda. Pero todavía las cosas habrían de cambiar un poco más: la visita inesperada y no muy bien recibida —sobre todo, como no podía ser de otra manera, por la señora Percival, que no puede sino temer por la corrupción de su sobrina— de Edward Stanley, el hermano de Camilla, que estaba estudiando en Francia, hará que Catherine establezca con él un vínculo que ella cree especial, pero que irá mutando hasta la decepción. De hecho, ante el supuesto desengaño que ella supone haber sufrido, apunta, al más puro estilo de Agnes Grey: «“Y éste es el afecto del que yo estaba tan segura —pensó para sí, enrojeciendo de rabia ante su propia estupidez—. ¡Oh, qué Cosa más tonta es una Mujer! ¡Qué vana y qué poco Juiciosa! ¡Suponer que en el curso de veinticuatro horas un Joven podría desarrollar un afecto serio y verdadero por una Niña que no tiene otra cosa que la avale sino un buen par de ojos! ¡Y se ha ido de verdad! ¡Se ha ido sin haberme dedicado quizá un solo pensamiento! […] Me merezco eso y diez veces más que eso por ser una vanidosa tan insufrible. Al menos me servirá de lección y me enseñará a no creer en el futuro que Todo el Mundo está enamorado de mí. […] ¡Qué extraño que se haya ido sin decir nada y sin despedirse de nadie! ¡Pero así es como actúa un Joven que se mueve por el Capricho del momento o que disfruta haciendo cosas extravagantes! ¡Qué Seres tan inexplicables! ¡Y las Mujeres son igual de Absurdas! Pronto empezaré a pensar como mi Tía que todo va hacia el caos y que la raza Humana se está degenerando.”».
 
A su vez, cabe decir que es el primer relato extenso en el que se aprecia bastante bien la diferencia de clases, aunque no es la primera vez que esta temática se saca con un afán crítico, pues ya en una de las misivas contenidas en “Una colección de cartas”, concretamente la tercera de ellas, «De una joven Dama en Circunstancias difíciles a su amiga», se explora esto con un tono mucho más triste. Así que, en definitiva, “Catherine, o el cenador”, que la propia Jane considera su más meritoria obra hasta la fecha —si está siendo sincera en su dedicatoria y no es una broma, lo que quizá sea mucho suponer si tenemos en cuenta su carácter—, contiene varios de esos elementos que tanto gustan de las novelas decimonónicas: una niña huérfana, una tía severa con supuesta tendencia a la virtud, unos familiares pudientes y algo insoportables, un joven encantador del que las muchachas quedan prendadas, un desengaño que al final no es tal, etc., etc. A fin de cuentas, un notable esbozo de lo que acabarían siendo las grandes historias que la propia Jane Austen y otras a su altura, como mis queridas Brontë —¿acaso el inicio no recuerda al de “Jane Eyre” (1847)?—, desarrollarían años más tarde de la mano de sus inolvidables voces y de sus agudas plumas.
 
Conclusión
 
Concluido ya el recorrido por los textos de juventud de Jane Austen, cabe decir que los relatos del volumen I son bastante desiguales, tanto en calidad como en longitud. Los más cortos son tan sumamente escuetos que poco tiempo les da para desarrollar una historia; pero lo que es indudable en todos ellos es quién los modula por detrás, que cuenta con una originalidad y un humor incapaces de ser rastreados en otros autores. Como bien señalaba Chesterton en su prólogo, las narraciones de Jane Austen son tan disfrutables porque se nota que no son copia de nada, sino que nacen del temperamento genial de quien las escribe. Y eso es tan extraño… que, por muy acotado que sea el relato, siempre habrá una observación, un detalle o una situación que nos hará reconocer que sólo se le podía haber ocurrido a ella. Otro aspecto muy interesante son los giros inesperados que a veces se producen en la historia o esos finales abruptos que tanto me recuerdan a los relatos de Heinrich von Kleist, que tiene esa misma tendencia y que a mí me sorprendió mucho descubrir en su momento. Y siempre con esa distancia que reina en los grandes narradores, que son capaces de llegar a lo más profundo de la condición humana, pero con la separación prudencial del observador externo.
 
En el volumen II, en cambio, ya nos encontramos con relatos más largos, como pueden ser “Amor y amistad” o “El castillo de Lesley”, y con una elaboración mayor de ese humor que ya estaba contenido en las pequeñas obras del volumen I. Una de las cosas más llamativas que apreciamos es su gran creatividad, y es que la temática de las obras es bastante heterogénea, si bien todas ellas tienen como denominador común una abundante dosis de socarronería. Además, se introduce también por primera vez el género epistolar, que será recurrente en muchos de los textos que aquí nos encontraremos, y que permitirá que las confidencias y las descripciones exhaustivas de personajes tengan más peso en la narración.
 
Por último, el volumen III, que sólo contiene dos obras, escritas ambas con 17 años —aunque, como ya se dijo, revisadas con posteridad—, vuelve a evidenciar la formidable capacidad imaginativa de su autora a la hora de meterse en la piel de personajes tan dispares y salir siempre indemne. Esta destreza para hacer interesante hasta al personaje más secundario es la que ha provocado que se la compare con Shakespeare, halago que, sin duda, no podría sino enorgullecerla en el fondo, pero, siendo como era, probablemente recibiría con la carcajada más sonora. Pero lo cierto es que no hay tantas novelas donde todos los personajes estén tan sumamente bien perfilados en tan pocas líneas y, sin embargo, es indudable que Jane Austen contaba con esa fascinante habilidad. ¿Cómo una muchacha tan joven podía calar con tanta precisión esos tipos humanos? ¿Cuán observadora habría de ser para soltar cuatro frases y llegar al núcleo de un carácter? Como ejemplo de esto, así queda descrita Camille Stanley en “Catherine, o el cenador”: «Tenía un temperamento bueno por naturaleza, pero al ser tan poco reflexiva, carecía de paciencia para afrontar decepciones y era incapaz de sacrificar sus deseos por el bienestar de otros. Toda su atención se concentraba en la Elegancia de su aspecto, en el buen gusto de su vestido y en la Admiración que deseaba que éstos despertasen en los demás. Profesaba amor a los Libros sin Leer, le gustaba la conversación animada pero carecía de Ingenio, y se creía graciosa sin serlo».
 
Y es que, como señala acertadamente Chesterton: «… con su propio talento artístico ella hizo interesante lo que miles de personas aparentemente iguales hubieran hecho aburrido. No había nada en sus circunstancias particulares, ni siquiera en las materiales, que pareciera abocar al nacimiento de tal artista». Y, sin embargo, al leer sus textos precisamente confirmamos que estamos ante alguien que verdaderamente tiene una vocación literaria, alguien cuya «crítica inteligente de la vida» es feroz y notable, pues es algo que destaca ya en sus escritos más joviales y aparentemente inofensivos, para terminar extendiéndose de manera certera a lo largo de todas sus obras. La infrecuencia de este fenómeno es tal, que uno jamás se puede acostumbrar a estar ante una evidencia tal palpable. Como también apunta Chesterton con sumo tino: «Jane Austen era el reverso mismo de una solterona almidonada o famélica […]. Tras la fachada desapasionada de esta artista, también, está la pasión; pero su pasión, tan original, era una especie de alegre burla y de espíritu combativo contra todo lo que ella consideraba mórbido, laxo y venenosamente estúpido». Con relación a esto, y de manera también muy acertada, señala Julia García Felipe en el prólogo de la compilación de Libros de la Ballena: «Jane Austen es igual de dura con el que burla que con aquel que por ingenuo y convencionalista se deja burlar». Y es que muchas veces se muestra cruel, alejada de cualquier tipo de piedad, pero sin dejar jamás de ser divertida. Véase, por ejemplo, esa descripción de un personaje de “Amor y amistad”: «Nada, por tanto, podía esperarse de ella: ni Ideas exaltadas, ni Sentimientos Delicados, ni una Sensibilidad refinada. No era sino una simple Joven de buen carácter, educada y bien dispuesta. Como tal, era difícil que nos disgustase: sólo podía ser Objeto de Desdén». O esta otra en “La mujer filósofa”: «“No carece de Inteligencia y posee cierta Belleza, pero éstas son tan insignificantes que el valor que concede a sus encantos personales y la adoración que espera obtener por ellos son a un tiempo un sorprendente ejemplo de su vanidad, de su orgullo y de su tontería.”».
 
Por último, me gustaría señalar que durante la lectura de sus textos juveniles me ha venido a la cabeza muchas veces “Alicia en el país de las maravillas” (1865), y no sólo por el uso de cursivas en palabras concretas —otro recurso que, sumado al de resaltar palabras poniendo su primera letra en mayúscula, hacen muy curiosa la lectura de sus escritos—, sino sobre todo por ciertos diálogos que rozan lo absurdo, como el de cuando llaman a la puerta en “Amor y amistad” o el de cuando hablan de la fealdad de Sir George y de si se parece o no a sus hijas en “El castillo de Lesley”, que bien podrían haber surgido de la mano del propio Lewis Carroll. Y es que lo cierto es que Jane Austen ya inició muchos juegos del lenguaje antes que el escritor inglés, mostrando además una brillante maestría, especialmente ocurrente, a la hora de reflejar en su escritura las dudas y las tribulaciones por las que pasa el ser humano, diciendo en un momento una cosa y, poco después, la contraria. No sé si os habré convencido a los lectores habituales de sus novelas o a los que sois ajenos a esta escritora de que os acerquéis a estas obras suyas más desconocidas, pero espero que, si no es éste el caso, tarde o temprano lo hagáis por vuestro propio pie. Por suerte, ahí estarán siempre para ser disfrutadas; y es que, cuando uno las lee, no puede eludir, por mucho que se empeñe, eso de que el genio no se hace, sino que nace.

4 comentarios sobre “Las obras de juventud de Jane Austen Deja un comentario

  1. Me ha encantado el repaso que haces sobre los escritos de juventud de Jane Austen. Después de leer tus artículos sobre la escritora, no me va a quedar más remedio que acercarme a ella. Confieso que el ambientillo que rodea de la campiña inglesa de esa época, aunque me encanta desde la perspectiva visual (las películas basadas en sus novelas me gustan mucho), en libro me daba bastante pereza. Prometo intentarlo de nuevo y ya contaré por aquí mi experiencia tras su lectura.

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    • Gracias por tus generosas palabras, aunque el mérito es suyo y no mío. De cualquier modo, me parece ya un logro y un motivo de alegría haber conseguido llamar tu atención. Las adaptaciones cinematográficas de cierto tipo de novelas decimonónicas suelen pecar de ñoñas y tienden a quedarse con el aspecto menos interesante de las obras que pretenden adaptar, así que te animo a que te acerques a los libros en los que se inspiran, pues te aseguro que descubrirás mucha más complejidad que meros planos hermosos de la campiña inglesa. Además, seguro que te quitas algunos prejuicios, perpetuados especialmente por el cine, en torno a figuras como las de Jane Austen o las hermanas Brontë. ¡Espero tus impresiones!

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  2. Por comentarle, algo:
    Si su escrito versara sobre una desbrozadora eléctrica (desbrozadoras Jane Austen, ¿se imagina?), si tuviera una finca con hierba y si, además, disfrutara de una edad algo menos provecta, lo mismo se lo compraba.
    (Y que lo mismo he sido blando…).

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    • Pues ya sabes: dedícate a otra cosa. De hecho, te animo encarecidamente a que, si tienes algo mejor que aportar, te pongas manos a la obra, que el tiempo apremia. Por cierto, ahí va una recomendación: tan desagradable es la falta de comas como el uso excesivo de ellas.

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