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Las adaptaciones cinematográficas de Orgullo y prejuicio (II)

Hoy afrontamos esta segunda parte de las adaptaciones cinematográficas de “Orgullo y prejuicio” (1813) con una curiosa casualidad: las tres versiones que trataremos aquí tienen el sello de la BBC. Como ya dije en la anterior sección, la división responde a criterios meramente numéricos, por lo que ni mucho menos tendrían por qué haber encajado todas ellas en el mismo artículo; pero…, para nuestra sorpresa, así ha sido. Dada mi predilección por las adaptaciones realizadas por la televisión pública británica, recalco esta divertida coincidencia para ver si, con suerte, me perdonáis que este análisis se me haya ido un poquito de las manos (¡para variar!), quedándome algo más largo que el primero. Por no extenderme mucho más, sólo quiero destacar que hablaremos de tres miniseries: la de 1967, que busca introducir algo más de hondura al traslado cinematográfico de la novela de Jane Austen, pero sin estar aún al nivel que ésta merece; la de 1980, un muy fiel acercamiento que profundiza en diálogos importantes del libro y que incorpora la parte más reflexiva del personaje de Elizabeth Bennet; y la de 1995, una de las más conocidas y mejor valoradas, que propone un acercamiento más contemporáneo y con licencias algo fantasiosas, aunque sin perder nunca la estela de la autora inglesa. Sin más dilación, metámonos de lleno en materia.    
 
Orgullo y prejuicio (1967)
 
Si en la anterior parte hablamos de la primera película hecha sobre “Orgullo y prejuicio”, que se remonta a 1940, y de dos versiones menores de la novela, una italiana, de 1957, y otra neerlandesa, de 1961, estamos ahora ante una miniserie inglesa, dirigida por Joan Craft en el año 1967, dividida en seis episodios que se mueven entre los 20 y los 25 minutos hasta rondar las 2 horas y 20 y que cuenta con la garantía de la BBC —algo que, como ya he apuntado en otras ocasiones por aquí, suele ser sinónimo de calidad, de una obra a la altura de aquello que se esfuerza en retratar—. Curiosamente, este dato ha sido algo que he corroborado después, cuando ya me había parecido la mejor adaptación hasta la fecha, por lo que no se me puede acusar de que haya podido influir en mi valoración. De hecho, al hilo de esto, y por lo que he podido leer por encima, la televisión pública británica también realizó otras tres adaptaciones de esta novela antes de la que ahora nos ocupa: una en 1938, otra en 1952 y la última en el año 1958. El problema es que no han trascendido copias de ellas, por lo que no podré hacer ningún comentario más al respecto. De cualquier forma, y reparando en ésta, la de 1967, no podemos pasar por alto que su duración es muy limitada, por lo que, como os podéis imaginar, pasa muy por encima del texto original. Aun con todo, y en líneas generales, estoy bastante conforme con su manera de entender la novela de Jane Austen.
 
Por concretar algo más el buen sabor de boca que deja su visionado, tengo que decir que la Elizabeth Bennet interpretada por Celia Bannerman es la que más me convence de las que he visto hasta ahora. Y lo curioso es que no sólo de carácter me parece acertada, combinando muy bien esa independencia con la agudeza y el encanto propios de este personaje, sino que también me parece que de apariencia es la más adecuada: es bella sin resultar despampanante, sus grandes ojos son extraordinariamente expresivos y su espontaneidad y atractivo se dejan entrever muy bien a través de sus gestos, sus movimientos y sus comentarios. Por ahora, sin duda, es mi favorita. Por su parte, la Jane encarnada por Polly Adams no es tan ñoña como otras que hemos visto, sin dejar nunca de ser terriblemente dulce y bondadosa, pero tampoco es la joven hermosísima que nos describe su autora. Respecto al resto de hermanas Bennet, cabe decir que aquí la eliminada es Mary, siendo las otras dos, Kitty —Sarah Taunton— y Lydia —Lucy Fleming—, bastante acordes a las del libro, especialmente esta última, que de modales y apariencia encaja con la ideada por Jane Austen, sobre todo por mantener su gran altura, como ya lo hiciera la interpretada por Luisella Boni en 1957. Como era esperable teniendo en cuenta los predecesores, el matrimonio Bennet está trasladado con fiabilidad, siendo esta señora Bennet —Vivian Pickles— irritante hasta la extenuación (y, por eso, muy acertada), y recalcando nuevamente esta cinta a través del señor Bennet, interpretado por Michael Gough, que se puede perfectamente tener predilección por uno de tus vástagos —en este caso, por Lizzy— y considerar al resto sumamente necios.
 
Por seguir con la ristra de personajes, aquí estamos ante un señor Darcy que, gracias a Dios, no es tan blandito como los anteriores: se muestra distante, frío y seco con Elizabeth (aunque sepamos, por lo que le oímos hablar con Caroline Bingley, que su inclinación hacia ella es más que evidente). De cualquier manera, y pese a que de carácter me parezca el más parecido al de la novela original de los que hemos tratado hasta ahora, no me convence la apariencia física de Lewis Fiander, que, aunque pueda ser la de un galán apuesto, no es, digámoslo así, la de un galán guapo. Además, no sólo la maliciosa hermana del señor Bingley está trasladada con acierto a la pantalla por Georgina Ward, sino que, por primera vez, han decidido incorporar también a su otra hermana, Louisa —Karin MacCarthy—, y a su marido, el señor Hurst —Vivian James—. Los comentarios a las espaldas que hacen estos personajes están óptimamente reflejados en esta adaptación, donde resulta evidente lo provincianos que les parecen algunos comportamientos y divertimentos de los vecinos de la zona en la que se encuentra Netherfield. De hecho, en esta línea, hay que decir que está muy bien llevada la inquina de Caroline Bingley hacia Elizabeth, a la que no puede soportar por su capacidad para despertar el interés del señor Darcy, algo que ella, pese a sus múltiples intentos, es incapaz de conseguir. A su vez, el señor Bingley, sin destacar en exceso, está razonablemente bien interpretado por David Savile, que se muestra siempre atento con Jane y que se encarga de evidenciar en numerosos momentos la sintonía que tiene con la mayor de las Bennet. 
 
Dicho esto, y como adenda también sobre los personajes secundarios, me gustaría señalar que, por fin, se nos presenta a una Charlotte Lucas, encarnada por Kate Lansbury, que claramente es fea —algo que se agradece por su correspondencia con el libro y que, sin embargo, vemos por primera vez en esta versión—; a un señor Lucas, interpretado por Robert Dorning, que, pese a ser de fácil y agradable trato, no deja de contar sus logros allá donde se le da el más mínimo pie; y a una señora Lucas —Diana King— compitiendo de manera evidente con la señora Bennet para ver quién se lleva la parte más grande del pastel en relación a las cuestiones casamenteras. A su vez, quizá el señor Collins de esta adaptación, al que dota de vida Julian Curry, me parezca autista y retrasado en exceso, elevando su pomposidad y marcianas maneras a un extremo algo forzado para mi gusto. Como último apunte a nivel de personajes, cabe señalar que, aunque el señor Wickham que nos propone Richard Hampton no está del todo mal, pero sin tampoco destacar demasiado, se agradece que su introducción en la trama sea bastante fiel al texto original.
 
En líneas generales, y pese a su escasa duración, es una adaptación que se esfuerza por abarcar toda la historia. El problema, claro está, es que no consigue darle a cada acontecimiento el tiempo y el desarrollo que merece, terminando por convertirse en una concatenación de coyunturas que se suceden unas a otras y entre las que hay poco espacio para un tratamiento óptimo y acorde al de la novela en la que se basa. De cualquier manera, hay que decir que esta versión pretende aportar algo novedoso a las adaptaciones hasta ahora tratadas, introduciendo diálogos del libro que no habían salido hasta la fecha. Sin embargo, vuelve a caer en antiguos errores que esperábamos que fueran a ser subsanados, pero que hacen su aparición estelar también aquí. Como podéis sospechar, me refiero a la ausencia de la carta que le entrega el señor Darcy a Elizabeth después de proponerle matrimonio y de que ésta le rechace. En este caso, nuevamente, el señor Darcy no le va a entregar la misiva a Elizabeth —y eso que parecía que la cinta nos iba a dar una grata sorpresa, pues incluso se lleva a la pantalla ese encuentro entre ambos personajes en el paseo favorito de la joven por los alrededores de Hunsford—, sino que todo se lo dice en persona, cara a cara, lo que elimina la intimidad del momento y la incipiente culpa de Elizabeth por los prejuicios que mantuvo impertérrita durante tanto tiempo y que respondían a una base tan poco fiable. Además, en esta misma línea, que el espectador asista al encuentro que mantienen el señor Wickham y el señor Darcy sobre la fuga de los amantes y sus consecuencias —algo que también pasaba en las adaptaciones de 1957 y de 1961 y que, sin embargo, en el libro se nos cuenta en tercera persona— y que Lydia, tras su despiste, le suelte a Lizzy todo lo del señor Darcy del tirón para ahorrarnos que ella le insista a su tía, la señora Gardiner, para que le confirme y desvele lo que ha oído de refilón de su torpe hermana, vuelve a estropear el ritmo de la novela y la sorpresa que supone para Elizabeth, al tiempo que para el lector (espectador en este caso), descubrir la nobleza y honorabilidad del apuesto joven.
 
Pero todavía hay algunas cosas más que me empañan el conjunto, y no tanto porque sean demasiado importantes —pues muchas, de hecho, ni siquiera lo son—, sino por lo que dejan entrever: poca sutileza y un afán por recalcar asuntos que muy bien podrían traspasar la pantalla con un mejor empleo de los recursos cinematográficos y no considerando al espectador tan necio. Por nombrar algunos ejemplos, me sobra totalmente, sobre todo por lo redundante, la escena en la que vemos cómo lady Catherine de Bourgh —Sylvia Coleridge— insta al señor Collins a que se busque una esposa, cuando es algo que él mismo se encarga de recalcar en su visita a Longbourn. Por otra parte, ¿realmente Elizabeth le habla directamente de Wickham en esos términos al señor Darcy durante el baile de Netherfield? Yo recuerdo menos literalidad y más rodeo en esta secuencia (pero puede que mi memoria esté fallando). A su vez, no puede ser más evidente y poco elegante el momento en el que el señor Bingley se dirige a su hermana Caroline al enterarse de que Jane estuvo en Londres y que a él nadie le avisó (juraría que en el libro no asistimos a un reproche airado por parte de un personaje tan blandito y suave como lo es el del señor Bingley). Pero tampoco se entiende cuando, en uno de los encuentros durante el viaje a Derbyshire de Elizabeth y sus tíos los Gardiner (algo que, por cierto, se esfuerza también esta adaptación en mantener), Georgiana Darcy —Tessa Wyatt— se pone a llorar dramáticamente cuando se nombra de soslayo a Wickham (no puedo evitar señalar lo llamativo y absurdo de esa afectación impostada). Quizá todos los ejemplos citados os parezcan chorradas sin importancia, pero lo relevante de ellos, como ya he comentado, es la forma en la que muestran explícitamente más de lo que cualquier espectador inteligente deduciría por sus propios medios y siguiendo la historia con la suficiente agudeza.
 
Pero como también hay momentos muy acertados en la cinta, me gustaría señalar especialmente tres que aprecié durante el visionado, comentados de menor a mayor importancia. De entrada, cabe decir que, por suerte, se nos vuelve a trasladar muy bien la conversación que tienen Elizabeth Bennet y Catherine de Bourgh, haciendo honor al sentido original de la misma, llevándola con soltura y manteniendo el contenido del texto escrito. A su vez, agradezco que, tras el matrimonio artificial de Lydia, se nos muestre cómo el señor Bennet pretende ser mucho más estricto con la educación de Kitty, cuyas inclinaciones son parecidas a las de su irracional hermana y a la que quiere evitar un mal trago similar. Pero, sin duda, uno de los momentos que más me han sorprendido y que más he disfrutado es el del tramo final, donde se recupera la conversación en la que Elizabeth le pregunta al señor Darcy qué es lo que realmente le enamoró de ella, algo que nos muestra esa cara algo vanidosa y segura de sí misma que tiene este personaje (un rasgo de carácter, por cierto, al que no se le suele sacar demasiado partido en las adaptaciones cinematográficas de este libro, que, en general, optan siempre por sacar de quicio su supuesta independencia por encima de cualquier otra virtud o defecto). En resumidas cuentas, una adaptación de muy corta duración, pero de bastante fiabilidad, con la Elizabeth Bennet más equilibrada hasta la fecha y con numerosas cosas que salvar. Eso sí, aunque estamos seguros, y esperamos, que las habrá mejores, por ahora y en conjunto, nos quedemos con ésta.
 
Orgullo y prejuicio (1980)
 
Siguiendo con las adaptaciones de la segunda novela publicada de Jane Austen, esta vez toca hablar de la miniserie de 1980, dirigida por Cyril Coke y también producida por la BBC. Como ya hemos observado con anterioridad en los clásicos de Charlotte y Emily Brontë, también con las novelas de Jane Austen hay una tendencia a que cada década cuente con su propia versión, provocando que la lista total de acercamientos audiovisuales a este texto sea tan larga. Sin embargo, la originalidad de la que ahora nos ocupa respecto a las que llevamos analizadas hasta la fecha es bastante radical, y no me refiero sólo a que sea el primer traslado a la pantalla en color de este libro, algo que favorece la incorporación de nuevos matices en cuanto a ambientación y a vestuario. Respecto a su duración, es una miniserie conformada por cinco episodios, de unos 53 minutos cada uno, que suman un total de unas 4 horas y 25 minutos. Si comparamos esta cifra con la de la anterior versión —2 horas y 20—, que era la mejor de las analizadas hasta ahora, hay que decir que el hecho de que casi doble su metraje permite que pueda hacerse cargo de todo aquello que la adaptación de 1967 tuvo que omitir o comprimir por falta de tiempo. Por esta razón, no sólo no es prescindible, sino que es completamente necesaria esta revisión de la obra de la autora inglesa, pues aporta mucha más profundidad de la que ofrecían sus predecesoras y permite que la trama y los personajes tengan un desarrollo sosegado.
 
En cuanto al elenco, hay que decir que lo primero que llama la atención es que hayan respetado el papel de las cinco hermanas Bennet, trasladando a cada una de ellas a la pantalla, sin hacer mezclas imposibles, y otorgándoles a todas el espacio que su artífice les dio en el texto original. Precisamente por la novedad, una de las cosas que más se agradece es que estemos ante una Mary como la encarnada por Tessa Peake-Jones, que traslada muy bien a este personaje a través de ese afán de estar leyendo constantemente y de tener siempre una frase moralizante que decir con cada cosa que pasa. En resumidas cuentas, una pedante en toda regla que, sin embargo, es incapaz de reparar en sus limitaciones y que se cree más talentosa de lo que realmente es. En este sentido, que Mary haya sido un personaje tan olvidado en las adaptaciones audiovisuales de este libro —exceptuando la de 1940, que sí la mantuvo como tal y no como una mezcla entre ella y Kitty— lo considero un tremendo error, pues otorga un contrapunto muy interesante entre las mayores y serenas Jane y Elizabeth y las pequeñas revolucionadas y superficiales Kitty y Lydia. Ya simplemente con esto habría que tener cierta estima por esta adaptación, pero es que creo que todas las demás hermanas son también muy fieles a las que describe Jane Austen en “Orgullo y prejuicio”. Tanto Kitty como Lydia están estupendamente interpretadas por Clare Higgins y Natalie Ogle respectivamente, a las que dotan de ese carácter coqueto e imparable que sólo encuentra su felicidad entre oficiales apuestos, risas y alboroto. Es cierto, eso sí, que, así como de temperamento me parecen perfectas, quizá la altura de Kitty es la que precisamente le falta a Lydia, que es de muy baja estatura aquí.
 
Pero, llegando ahora a la joya de la corona y a las dos hermanas más fundamentales de la ecuación, ¡también Jane y Elizabeth están a la altura de la novela! Esto, sin duda, era más difícil de conseguir y, sin embargo, mucho más importante de cara al conjunto de la historia. Y es que… ¡por fin estamos ante una Jane guapa! Lo cierto es que, así como su discreción y bondad sí que habían permeado en las adaptaciones ya tratadas, lo de su hermosura era algo que, sorprendentemente, no conseguía cuajar demasiado bien. Sin embargo, Sabina Franklyn consigue romper con esta dinámica y dotar a Jane de su carácter tan noble, pero también de su adorable rostro. Y lo mejor de todo es que la Elizabeth que nos presenta Elizabeth Garvie tampoco se queda corta, sino que es muy fiel a la de su autora: resulta agradable a la vista, sin destacar sobremanera por su belleza, y tiene unos ojos grandes y expresivos. En cuanto a temperamento, creo que consigue equilibrar mejor que ninguna la mezcla que hay entre su inteligencia y agudeza y su frescura y jovialidad. Ese contraste que se da en Elizabeth Bennet es una de sus señas de identidad y, aunque no siempre es fácil de trasladar a la pantalla a quienes no tienen una idiosincrasia tan prototípica, se nota el empeño de esta versión por hacer de ella el personaje que creó Jane Austen. Por su parte, estamos ante una señora Bennet, encarnada por Priscilla Morgan, muy acorde a la del libro, así como ante un señor Bennet —Moray Watson— con más empaque que el de otras adaptaciones y al que vemos refugiarse constantemente en su adorada biblioteca: el único refugio en el que se encuentra a salvo de la algarabía que suele reinar en su casa.
 
Pero yendo ya a la sección alojada en Netherfield, no podemos sino encomiar al señor Darcy de esta adaptación, que es, sin duda, el mejor hasta la fecha. David Rintoul es alto, apuesto, elegante, atractivo y serio, muy serio. Ninguno hasta ahora se había mostrado con un semblante tan imperturbable como el de esta versión, al que no vemos hacer prácticamente ningún gesto amable y que se muestra absolutamente seco y cortante durante la mayor parte del metraje. Entendemos la tendencia a suavizar el carácter del señor Darcy cuando se lleva “Orgullo y prejuicio” a la pantalla, porque no es un perfil afable, pero con ello se está prostituyendo al personaje, lo que no deja de ser una pena. Por eso se agradece enormemente que esta adaptación haya conseguido por fin recrearlo con la mayor de las fidelidades y siendo coherente con el libro. La verdad es que me daba terror que ninguna versión lo consiguiera, y tengo que decir que difícilmente alguna podrá hacerlo mejor que como lo ha hecho la de 1980. A su vez, Osmund Bullock como Charles Bingley no me puede cuadrar mejor: el típico hombre de pelo claro, con cara agradable y con pinta de ser un tipo majete. Además, queda cristalino desde el primer momento su predilección por Jane, algo que está igualmente reflejado en la novela desde muy temprano. A su vez, con gran acierto, y siguiendo la estela de la miniserie de 1967, vuelven a hacer su aparición aquí Caroline Bingley —Marsha Fitzalan—, pero también el señor y la señora Hurst —interpretados por Edward Arthur y Jennifer Granville respectivamente—, lo que permite que asistamos a una gran cantidad de comentarios despectivos sobre la gente provinciana y a un elogio constante de los urbanitas londinenses. De hecho, cabe resaltar en este punto lo bien que está reflejado, a través de las hermanas del señor Bingley, lo criticonas que pueden llegar a ser algunas mujeres sobre otras mujeres, así como eso de aparentar que alguien es tu amiga y darle la puñalada trapera por la espalda. Este tipo de féminas aparecen una y otra vez en las novelas de Jane Austen, pero muchas veces en la pantalla se tiende a reducir su maldad (algo que, por suerte, no hace esta adaptación, que las retrata en todo su esplendor).
 
Situándonos ahora más allá de Longbourn y de Netherfield, y como recopilación de algunos otros personajes que recorren la historia, cabe resaltar lo bien caracterizada que está Charlotte Lucas en esta adaptación. Interpretada por Irene Richard, que precisamente encarnaría un año más tarde a Elinor Dashwood en la adaptación que la BBC realizó en 1981 de “Juicio y sentimiento” (1811) —bajo el conocido y mal traducido nombre de “Sentido y sensibilidad”—, la mejor amiga de Elizabeth Bennet está realmente acertada aquí. No sólo porque la actriz que la encarna no es muy agraciada físicamente, que también, sino porque se le da un papel más relevante a lo largo de la trama, compartiendo numerosas conversaciones con Lizzy que nos hacen comprender mejor su carácter, mucho más práctico que el de nuestra heroína y con ningún rastro de romanticismo. De esta forma, resulta totalmente coherente que, en cuanto ve la ocasión, no dude en emparejarse con el señor Collins, pues, aunque sabe que sus cualidades no destacan por nada en concreto, lo bueno es que no busca amor, sino estabilidad, seguridad y tranquilidad, y eso sí que se lo puede aportar él. En este punto no podemos dejar de señalar lo bien que Malcolm Rennie hace suyo este personaje, capturando toda su melosidad y zalamería (como, por ejemplo, cuando dirige todos esos cumplidos excesivos sobre la casa de los Bennet). Sé que hasta ahora defendí a capa y espada al señor Collins de la película de 1940, pero reconozco que éste resulta menos caricaturesco, igual de odioso y quizá más realista. De hecho, respecto a la declaración que le hace a Elizabeth, hay que decir que no puede ser más diplomática y elegante la respuesta que ella le da, que es precisamente la que coincide con el texto original.
 
Si nos centramos ahora en la adaptación en general y en su contenido en particular, tengo que decir que pocos defectos puedo sacarle. Es una miniserie muy fiel al libro, hecha por cineastas que se nota que conocen la novela al dedillo y que suple casi todas las carencias que he ido señalando en las versiones que la preceden. Aun con todo, me gustaría ilustrar esto con algunos ejemplos concretos donde se vea el gran avance que supone y lo pertinente que fue su realización, por mucho que sea algo teatral y no cuente con recursos elevados. De entrada, una de las cosas que más destaca de esta adaptación es que hay muchos más diálogos que los que contenían las anteriores. Y no sólo es que la cantidad haya aumentado, sino que precisamente se han rescatado las conversaciones con más enjundia de la novela, especialmente las mantenidas por Elizabeth y el señor Darcy acerca del carácter o, por ejemplo, aquella en la que Elizabeth habla con los integrantes de Netherfield sobre las cualidades que se supone que debe reunir una mujer para ser considerada culta. Por tanto, si algo sobresale en esta miniserie es que nunca se queda con el diálogo más superficial, sino que suele siempre hacer alusión a las ideas más profundas que Jane Austen maneja en su novela, lo que hace de esta miniserie una versión mucho más madura e interesante que las que hemos disfrutado hasta ahora. En esta línea, hay que decir que es, sin duda, la adaptación que mejor recrea los tiempos del texto original, permitiendo un desarrollo pausado de la trama, con sus momentos de tranquilidad, sus momentos de reflexión y sus momentos de acción.
 
En resumidas cuentas, vemos mucho más desarrollo en esta adaptación que en cualquiera de las anteriores. De entrada, y como una novedad respecto a las versiones previas, juraría que ésta es la primera que introduce al personaje del señor Wickham —interpretado, sin destacar ni molestar en exceso, por Peter Settelen— como en el libro: con el señor Collins presente. Asimismo, sin duda estamos ante el mejor encontronazo entre Wickham y el señor Darcy de todos los que hemos visto por ahora: se respeta lo que ocurre en el texto original y se mantiene esa mirada tan representativa entre ambos que le hace a Elizabeth alarmarse y querer saber más. Además, la tía Philips —Shirley Cain— tiene su espacio en la historia, algo que se agradece si lo comparamos con lo que ocurría en las anteriores adaptaciones de la novela, que prácticamente la obviaron por completo. A su vez, en esta miniserie está mucho mejor llevada la conversación entre Wickham y Elizabeth en la que él le habla de su infancia y de su enemistad con el señor Darcy y, sobre todo, aquí por fin asistimos a cómo Elizabeth se está prendando de él mucho más que a la inversa, lo que no había sido tan explícitamente retratado hasta esta versión cinematográfica, pues en las predecesoras era Wickham el que, erróneamente, andaba más detrás de ella. Por otra parte, resulta muy fiel al libro el baile en el que Elizabeth y el señor Darcy hablan sobre Wickham. Y es que no sólo la frescura de Lizzy y su espontaneidad resultan bastante adorables en esta versión de “Orgullo y prejuicio”, sino que el señor Darcy se mantiene siempre escueto en sus respuestas y con un semblante completamente serio, lo que le hace estar muy en sintonía con el original. ¡Hasta se recupera la conversación posterior en la que Caroline advierte a Elizabeth de los peligros de entablar una relación estrecha con Wickham! De hecho, al hilo de esto, me gustaría destacar el detalle de que se introduzca la visita de la señora Gardiner —interpretada con mucho encanto por Barbara Shelley—, la tía favorita de Lizzy y la que también le da consejos sobre que se ande con cuidado con el apuesto oficial. Así que, en resumidas cuentas, todo el embrollo amoroso entre Elizabeth y Wickham tiene mucho más recorrido aquí que el que hemos acostumbrado a ver con anterioridad.
 
Aunque es una miniserie a la que se le puede reprochar muy poco, sí que tiene un defecto que me da algo de rabia, y es el de que hayan querido meter tan rápido al señor Darcy en Rosings (sin que además detectemos demasiada sorpresa por parte de ambos personajes al reencontrarse en un escenario tan diferente y alejado de aquel en el que se conocieron por primera vez). Asimismo, como se ven directamente ya allí, queda demasiado abrupto y forzado que, en un contexto así —a saber: acorralados por una intransigente lady Catherine—, Elizabeth le pregunte al señor Darcy con cierto retintín si no ha visto a Jane por Londres. Y es que, así como en la novela primero les hacen él y su primo una visita a Hunsford, y es en ese ambiente más íntimo donde ella le hace esa interpelación algo incómoda, aquí se introduce al coronel Fitzwilliam más tarde en escena (aunque, por suerte, se mantiene su conversación con Elizabeth sobre las intenciones del señor Darcy respecto a Jane y al señor Bingley). Como último detalle, confieso que tampoco me convence demasiado la charla entre Elizabeth y Wickham después de que ella vuelva de Rosings, aunque también vuelve a ser un asunto menor. Así que, como estamos repitiendo por activa y por pasiva, son muy pocos los errores de la miniserie de 1980 y muchos sus aciertos. En esta línea, agradezco especialmente que reflejen con fidelidad cómo se toma Jane la partida del señor Bingley a Londres y la carta de Caroline, donde ya deja entrever sus intenciones con Georgiana Darcy, pues ya he comentado una y otra vez la de veces que se la convierte en alguien pusilánime y llorona, cuando no le van nada esos rasgos de carácter. ¡No suelta ni una lágrima ni se pone en absoluto dramática, sino que asume su destino con serenidad y resignación, como lo hacen las Jane Bennet y las Elinor Dashwood! Eso sí, siempre tiene el apoyo de su querida Lizzy, que no duda en ningún momento de que el amor del joven por su hermana es sincero y de que volverá a buscarla.
 
Pero no sólo la complicidad entre Jane y Elizabeth permea durante toda la trama, sino que en esta miniserie las charlas entre todas las hermanas Bennet están mucho más presentes que en otras versiones, haciendo más ameno el conjunto y evidenciando las diferencias notables que hay entre unas y otras. Asimismo, en esta adaptación se refleja también con tino el poco aprecio que siente la señora Bennet por Lizzy, que es compensado precisamente por el cariño que le tiene su padre, que sin duda está muy por encima del que guarda por sus otras hijas, a las que considera más bien necias (a excepción de Jane). Y, por supuesto, en esta línea de aprecios y desprecios, está también muy bien llevado el cariño de la señora Bennet por el señor Bingley y la tirria que le tiene, en cambio, al señor Darcy. En este punto no podemos dejar de hacer alusión a esos planos que se centran en los gestos de Elizabeth, que no puede contener la rabia que le da que le trate así, cuando él ha sido precisamente el que ha arreglado el matrimonio de Lydia y Wickham con la máxima de las discreciones y sin esperar ningún reconocimiento o aplauso. (También, por cierto, cabe mencionar que aparece lo del guiño de la señora Bennet a Kitty para que se vaya de la sala de estar y conseguir que el señor Bingley y Jane se queden a solas.) Y, por cierto, en cuanto a la resolución romántica de las dos hermanas mayores, hay que agradecer que aquí tenga lugar con sosiego y en un tiempo más holgado al habitual en pantalla. De hecho, en la versión de 1980 incluso se traslada el paseo de Elizabeth con el señor Darcy antes de declararse mutuamente su amor. Es verdad que no tiene lugar exactamente como en el libro, pues ahí es la señora Bennet la que les manda a dar una vuelta mientras que aquí Elizabeth recibe una nota del señor Darcy, pero es digno de mención que este momento tenga un poco más de recorrido y que no sea tan accidentado como hemos visto en casi todas las adaptaciones. De hecho, también se recupera aquí, como ya dije que hizo la versión de 1967, la pregunta de Elizabeth al señor Darcy sobre qué le enamoró de ella, a la que básicamente se responde ella misma: el hecho de que nunca le adulara ni buscara su aprobación. Pero, antes de que cierre la miniserie, todavía hay lugar para un chascarrillo más, de mano de la socarronería característica del señor Bennet: una guinda divertida para este agradable pastel.
 
Por supuesto, no podemos dejar de señalar lo bien que afrontan toda la parte del viaje a Derbyshire, donde también se deja entrever que la señora Gardiner tiene serias sospechas de que Elizabeth está enamorada del señor Darcy (es verdad que se traslada una conversación bastante íntima entre Elizabeth y su tía sobre el señor Wickham y el señor Darcy que yo no recuerdo en esos términos y que a mí me chocó un poco; pero, teniendo en cuenta que esta adaptación no da puntada sin hilo, quizá mi memoria me esté jugando una mala pasada y sí que tenga lugar en la obra original). A este respecto, hay que destacar lo bello e incómodo que es el encuentro entre Elizabeth y el señor Darcy en Pemberley, que por fin se produce en los jardines y no en el interior de la casa, como juraría que todas las adaptaciones anteriores mostraron. De hecho, y esto sí que es una novedad respecto a cualquier otra versión que la precede, esta miniserie recrea el paseo posterior por los jardines que rodean la majestuosa casa, siendo partícipes de un señor Darcy infinitamente distinto al visto hasta ahora (contraste que se consigue precisamente porque su expresión seria y taciturna se había mantenido durante todo el metraje con verdadera diligencia). Siguiendo con este viaje, aunque lo de la carta que recibe Elizabeth de Jane contándole lo de Lydia y Wickham está trasladado con acierto, no me convence que sea Elizabeth la que se encuentre con el señor Darcy y no que la encuentre él a ella en ese estado de nerviosismo. Eso sí, menos mal que por fin se respeta que el señor Darcy lleve la noticia con mucha discreción y sin dar muestras explícitas de que puede hacer algo para mejorar la situación que rodea a los dos irresponsables jóvenes.
 
Por cierto, hay que decir que está muy bien llevada la propuesta de matrimonio del señor Darcy a Elizabeth, así como el momento posterior, donde a ella se la nota tan confusa como se nos muestra en la novela. Además, y esto sí que es un punto muy a favor de esta adaptación, al fin se mantiene la carta de la discordia, y encima se le da el espacio distendido que se merece. Y es que otra de las cosas que mantiene esta miniserie y que agradezco sobremanera es su respeto por las misivas fundamentales que aparecen en el libro —especialmente, ésta del señor Darcy después del rechazo de Elizabeth y la respuesta de la señora Gardiner a Elizabeth ante sus preguntas inquisitivas sobre qué hacía el señor Darcy en la boda de Lydia y Wickham—, no tratando de recrear su contenido en pantalla, sino haciendo que el espectador sea partícipe de aquello sobre lo que trata al tiempo que el receptor de la carta lo descubre mediante su lectura. A su vez, y como otra muestra de considerar al espectador lo suficientemente inteligente, una de las bazas que tiene esta adaptación es la de trasladar algunas de las reflexiones más valiosas del libro, algo que hace combinando la voz en off de Elizabeth con imágenes que vemos en pantalla. Como ejemplos, me gustaría destacar aquel en el que, después de leer la carta del señor Darcy, asistimos a los pensamientos de Lizzy acerca de su tozudez a la hora de creer a Wickham, o cuando nuestra heroína medita sobre el matrimonio y sobre ciertos compromisos conyugales que deben mantenerse para el buen funcionamiento del mismo en una escena en la que están tranquilamente los Bennet y ella está observando detenidamente a sus padres.
 
La verdad es que, volviendo a la hondura que consigue la adaptación de 1980, no podemos obviar la continuidad que le da a cómo los sentimientos de Elizabeth hacia el señor Darcy van cambiando a medida que avanza la trama y va descubriendo cosas sobre él. En muchas otras, debido a su velocidad, sorprende ese cambio de parecer tan repentino en Elizabeth, pero aquí se esfuerzan en trasladar todo ese desarrollo de personajes que tanto peso tiene en el texto escrito y que muchas veces queda sacrificado por una escasa duración de metraje, que ningún bien suele hacer a ese tipo de transformaciones que suceden poco a poco y que van acompañando a la historia. En este sentido, y ya alcanzando detalles mucho más concretos, pero igualmente emocionantes por lo que muestran de conocimiento sobre la obra original, incluso se incorpora esa nueva consideración del señor Bennet hacia Wickham, sobre el que, tras la visita del incipiente matrimonio a Longbourn, acaba guardando mejor opinión que la que tenía después de todas las injurias cometidas. Este tipo de matices muy de nicho reflejan lo tremendamente cuidadosa que es esta adaptación, que casi no pierde detalle del contenido del libro. Y es que, sin duda, es una versión muy elegante, muy sutil, muy poco explícita y que utiliza muy bien los recursos cinematográficos. Además, traslada con mucho acierto el contenido de la novela y los tiempos que ésta maneja. En resumidas cuentas, y por no repetirme más, una adaptación muy digna y conseguida del clásico de Jane Austen, que se sitúa con mucha diferencia a la cabeza y que va a costar ser superada por alguna que, en conjunto, alcance estas cotas de fidelidad respecto a la obra de la autora inglesa.
 
Orgullo y prejuicio (1995)
 
Pasamos ahora a la última adaptación que trataremos en este artículo, que es la de 1995. Nuevamente, y como ya adelantamos en la introducción, también esta versión cinematográfica viene con la garantía de la BBC. De una duración muy similar a la de la 1980, aunque un pelín más larga, estamos ante una miniserie compuesta por seis episodios de unos 48-53 minutos, que terminan sumando poco más de 5 horas: un metraje suficiente para contar la historia con relativa profundidad. Y, de hecho, tal y como ya hiciera su predecesora, esta adaptación, dirigida por Simon Langton, hará al espectador partícipe de casi toda la trama contenida en el libro. Aunque esto podría dar a entender precisamente que una vuelta de tuerca más a la historia de Jane Austen era innecesaria, y más cuando tan solo habían pasado 15 años desde la anterior, creo que se aleja lo bastante de la dirigida por Cyril Coke como para resultar relevante y llamar nuestra atención. Comparada con la de 1980, es una versión quizá con tintes algo contemporáneos, más cinematográfica y menos teatral, lo que hace que probablemente su visionado gane en amenidad y ligereza, aunque no necesariamente en fidelidad respecto a la obra de la que parte. 
 
Lo primero que hay que agradecer es que se hayan vuelto a trasladar aquí a las cinco hermanas Bennet, lo que ya es un muy buen comienzo. Si nos detenemos ahora a analizar a nuestra heroína, Elizabeth, creo que, aunque se han ganado cosas con este nuevo traslado a la pantalla, también se han perdido otras tantas por el camino. Jennifer Ehle, por muy buena actriz que me parezca y por muy buen trabajo que haga, no me parece que encaje físicamente con nuestra Lizzy. Tengo que decir que hay algo en su semblante que me resulta un poco brusco (de hecho, me pasa un poco como con Greer Garson en la película de 1940), y lo peor es que no se queda en la mera apariencia, sino que también tiene su reflejo en el carácter del personaje, lo que no me acaba de cuadrar. Además, aunque tenía 26 años cuando se rodó la película, parece mucho más mayor, lo que a duras penas concuerda con la recién estrenada veintena de Elizabeth. Aun así, tiene cosas mejores que la encarnada por Elizabeth Garvie, como un gesto de ironía que se mantiene casi constante en su cara, lo que da buena cuenta de su agudeza y humor, y quizá una mayor hondura a la hora de defender sus ideas, pero a cambio pierde la frescura y la jovialidad que la de 1980 sí supo trasladar, además de ese afán reflexivo que la anterior versión de la BBC llevó a la pantalla con la voz en off de nuestra protagonista. Es evidente que hay algo muy difícil de captar en el personaje de Elizabeth Bennet, donde se dan cita un cierto descaro encantador con una soberbia inocente y un ingenio desvergonzado.
 
Por su parte, nuestra querida Jane, interpretada aquí por Susannah Harker, no me resulta tampoco bella. Recordatorio para despistados: ¡los ojos claros y el pelo rubio no le hacen a uno automáticamente guapo! Ahora en serio: sus facciones no son muy dulces y su risa tampoco me parece atractiva. En resumidas cuentas, me quedo, por mucho, con Sabina Franklyn. De cualquier forma, creo que su temperamento está bastante acertado: aunque a veces parece que le corra horchata por las venas, eso es cierto, al menos no nos la han dibujado ñoña, la peor de las derivas de este incomprendido personaje (en este sentido, ¡brindemos por su frialdad a la hora de leer la carta de Caroline sobre su viaje a Londres!). Además, creo que esta adaptación refleja con sumo acierto el vínculo entre ella y Elizabeth, no sólo a través de conversaciones que comparten sobre sus preocupaciones y amoríos, sino también mediante gestos y miradas, ofreciendo una muy buena muestra de lo que el texto de Jane Austen conseguía transmitir. Y es que esa buena relación entre hermanas que tan poco se parecen a priori, bellamente reflejada en las novelas de la autora inglesa —tanto, por ejemplo, con Elinor y Marianne Dashwood como con Jane y Elizabeth Bennet—, seguramente fuese inspirada por la suya propia con su hermana Cassandra, con la que tan poco tenía que ver en ciertos aspectos y a la que, sin embargo, tantísimo quería. 
 
El dúo dinámico, Lydia y Kitty, contiene más juventud aquí que en cualquier otra adaptación, lo que se corresponde mucho más al contenido del libro, donde tienen, si no recuerdo mal, en torno a 15 años. Así como Julia Sawalha hace de Lydia, la pequeña de las Bennet, el personaje que es —a saber: necio, superficial, irracional y con la risa floja todo el día—, Polly Maberly interpretando a Kitty se nos queda un poco más apagada (aunque en la novela está completamente a merced de su hermana, por lo que tampoco hay mucho que objetar al respecto). Eso sí, claramente aquí Kitty se nos pinta como la benjamina, cuando lo es Lydia, por muy acaparadora y mandona que sea (además de que el tema de la estatura lo han vuelto a obviar por completo). Por último, la poco agraciada Lucy Briers haciendo de Mary me convence sólo a medias: parece estar más enfadada que preocupada por soltar su frasecilla moralizante de turno, lo que le acaba haciendo poca justicia al personaje. A su vez, la señora Bennet, encarnada por Alison Steadman, está muy acertada aquí: uno tiene menos ganas de hacerla callar que a la de 1980, aunque se sigue manteniendo su estridente idiosincrasia. Sin embargo, al señor Bennet interpretado por Benjamin Whitrow le falta cierta gracia y severidad, terminando por resultar más flojito que de costumbre. De hecho, precisamente por esa pusilanimidad en sus maneras y por esa cara que tiene de bonachón, suena bastante forzado cuando tacha de necias al resto de sus hijas o cuando suelta algún comentario irónico o socarrón, aunque esté bien llevada su predilección por Lizzy (en esta línea, me parece tierna la despedida entre padre e hija cuando ésta se va a Hunsford, pero juraría que no tiene lugar en la novela).
 
Y…, bueno, ataquemos ya el asunto importante: Colin Firth haciendo del señor Darcy. Sé que es el favorito de casi toda la cuadrilla forofa de “Orgullo y prejuicio”, y no es para menos, para qué nos vamos a engañar, pero también es verdad que hay cosillas que objetar. Encantándome este actor, reconozco que yo al señor Darcy me lo imaginaba con la cara más alargada (más cercano, por tanto, al de 1980, interpretado por David Rintoul). Además, como Jennifer Ehle es bastante alta y grandona, el 1,87 de Colin Firth no destaca apenas, lo que le resta cierto porte al personaje. Aun con todo…, es, desde luego, el más atractivo de todos los señores Darcy que hemos visto hasta ahora… ¡y con muchísima diferencia! Por otra parte, es cierto que se respeta su seriedad y aspereza al principio de la cinta, pero cuesta que el semblante de Colin Firth se muestre altivo y distante, porque hay cierta afabilidad en sus facciones que se lo impiden. Así que, por mucho que lo intente, siempre se deja entrever cierta ternura en sus miradas hacia Elizabeth. (Es cierto que en David Rintoul había, en cambio, un exceso de impasibilidad que le convertía en algo parecido a un trozo de mármol, cuando tampoco había necesidad de forzarlo tanto siendo ya su cara menos apacible de entrada; pero creo que, aun con todo, conseguía reflejar mejor su hosquedad). En resumidas cuentas, no hay que perder de vista que el señor Darcy es un personaje complejo, que tiene sus aristas y capas, por lo que no es baladí comprenderlo y poderlo trasladar con acierto a la pantalla (algo que, como pasa con Elizabeth, creo que sólo se está consiguiendo a medias). 
 
Por lo demás, hay que decir que el señor Bingley, al que interpreta Crispin Bonham-Carter, resulta francamente sonriente y simpático en esta adaptación, aunque su apariencia física no me convenza tanto como la de otros anteriores (por ejemplo, el de 1980). Aun así, es cierto que esta Jane y este señor Bingley encajan estupendamente y parecen estar hechos el uno para el otro: tan rubitos, bondadosos y afables (de hecho, al hilo de esto, agradezco que en esta adaptación se rescaten precisamente unas palabras del señor Bennet que vienen a recalcar esta idea con más picardía y gracia). Además, cabe resaltar de esta miniserie la presencia más activa de Caroline Bingley, a la que da vida Anna Chancellor, y de Louisa Hurst, encarnada por Lucy Robinson, que vuelven a ser las reinas del cuchicheo y de los puñales por la espalda, y que visten de una manera muy llamativa respecto a las jóvenes provincianas con las que se codean (es cierto que en la novela de Jane Austen se hace alusión a sus atuendos, que están a la última moda, pero a mí no dejan de sorprenderme esas voluptuosas plumas en la cabeza, que bien podrían encajar en los años 20 del siglo pasado).
 
Por otra parte, hay que destacar también a un señor Collins, al que interpreta David Bamber, un tanto exagerado —esa sonrisa nerviosa me resulta extremadamente irritante—, pero bastante en la línea del de la adaptación de 1980, y a una Charlotte Lucas también feílla —lo siento, Lucy Scott— y en la que se vuelve a recalcar su gran practicidad y su nulo romanticismo. A su vez, me parecen también muy tiernos los señores Gardiner de esta adaptación, especialmente la señora Gardiner, a la que da vida Joanna David, que fue la que encarnó a una Elinor Dashwood que me gustó mucho: la de la miniserie de 1971 (¡me encantan estas conexiones entre unas adaptaciones de novelas y otras!). Por último, no acabo de entender lo mal trasladado que está siempre el personaje de George Wickham. ¿Tan difícil es encontrar a un actor atractivo que de puertas para afuera tenga esa capacidad de resultar simpaticón y agradable a la vista y que, sin embargo, de puertas para adentro acabe descubriéndose como un maleante sin escrúpulos? Yo pensaba que era un personaje bastante canónico —sin duda, hay ecos de Willoughby en él—, pero está resultando tarea imposible dar con uno que se ajuste al de Jane Austen. Sinceramente, no sé en qué universo paralelo Adrian Lukis es un hombre que pueda levantar pasiones allá donde va, pero… éste es el Wickham de esta versión, así que no nos va a quedar más remedio que conformarnos con semejante despropósito.
 
Si dejamos de lado ya a los personajes y nos centramos en lo que nos vamos a encontrar como conjunto, hay que decir que es una adaptación reposada que se detiene en las distintas coyunturas de la trama y que, sin embargo, tiene ritmo y no se hace pesada. Puede que sea cosa mía, pero hay un regusto en cierto cine de la década de los 90 que es muy apacible y reconfortante, y esta miniserie también lo tiene. Por ir al meollo, una de las principales cosas que llama la atención en la versión de 1995 es que, haciendo honor al título de la novela, pero no tanto a su contenido real, el señor Darcy va a estar mucho más presente aquí de lo que realmente debería estar. Su punto de vista y el de Elizabeth van a estar combinados a lo largo de todo el metraje y, aunque sin duda destaque en mayor medida la presencia de la joven, asistiremos a secuencias del señor Darcy que no están en la novela y que le hacen tener aquí más preponderancia que la que le está asignada en el texto escrito. Reconozco que esto acaba redundando en algo que detesto: que se muestren más cosas de las que se leen en la obra original. No es tampoco demasiado grave, y sé que en parte responde a querer hacer al espectador más partícipe de la relación amorosa entre el señor Darcy y Elizabeth, que es más fría y distante en la novela de lo que a algunos les gustaría, pero se acaba traicionando el objetivo del libro, que es el de mostrar un amor que se ha fraguado en la distancia y, en buena medida, con la mera reflexión de los actos cometidos y de los escasos encuentros mantenidos. Además, a veces se fuerzan reuniones a solas entre ambos personajes que no tienen lugar en la novela, como, por ejemplo, cuando vemos que Lizzy se topa con él en los alrededores de Netherfield cuando ha ido a visitar a Jane, todavía enferma, o cuando, por aparente equivocación, le descubre en la sala de billar.
 
Pero, claro, como ya hemos dejado apuntado, esto no es todo, sino que el evidente atractivo del señor Darcy de esta miniserie se explota hasta sus últimas consecuencias: no sólo vemos cómo este personaje se da un baño en el que aparece con el torso desnudo (una escena inventada a la que no asistimos en el libro) o está en una clase de esgrima (donde, además, se dice con convicción a sí mismo, suponemos que en referencia a su amor por Lizzy: «He de vencer en esto. He de vencer»), sino que la secuencia en la que se encuentra con Elizabeth en Pemberley aquí está bastante adornada, pues le vemos con toda la camisa mojada porque se acaba de dar un chapuzón en un lago de los alrededores de su casa (de hecho, hay que decir que, cuando se quita el chaleco, parece que también se vaya a quitar la camisa, aunque al final no ocurre, lo que hace pensar que quizá recularon, considerando que eso ya sería pasarse de castaño oscuro); algo que, mal que nos pese, es fruto de la fantasía a la que fácilmente nos conduce este personaje, pero que está muy lejos del texto escrito, donde ambos se encuentran sin tanta pompa. Además, y por mucho que esto sea para podernos preparar toda la escenita que vendrá después, ¡qué manera de fastidiar la sorpresa inesperada del encuentro entre el señor Darcy y Elizabeth en Pemberley mostrando primero una secuencia en la que aparece él llegando a caballo a su hogar! Que yo entiendo que le querían dar un punto más romántico y apasionado a la historia entre el señor Darcy y Elizabeth, pero acaba convirtiéndose en el equivalente decimonónico de cuando Jacob se quitaba la camiseta en la película de “Crepúsculo: Luna Nueva” (2009) y todas las chicas del cine gritaban agónicas. (Por cierto, ¿se habrá inspirado mi adorada “Love Actually” [2003] en esta escena para la secuencia en la que Colin Firth y Lúcia Moniz recogen los papeles de su novela del agua? De hecho, acabo de descubrir que el personaje que interpreta en esa película, de nombre Jamie, se apellida Bennett, lo que me parece una casualidad demasiado graciosa si no está hecha a propósito.) Nota mental: ¡Qué bien le sienta a este hombre lo de estar empapado!
 
Y dejando ya de lado este recuerdo navideño, al que pronto volveré y al que también tuve que rendir un inevitable homenaje cuando hablé de la película de “Juicio y sentimiento” de 1995, donde me encontré con medio reparto reunido, cabe señalar que en esta parte de la historia también se vuelve a notar mucho el contraste entre el anterior señor Darcy, serio y seco, y este otro, amable y atento (eso sí, no recuerdo que Elizabeth estuviera tan distante con él en el paseíto por los jardines de Pemberley: juraría que estaba más bien contenta, aunque cortada). Por otra parte, me gusta que se mantenga esa mirada inquisitiva del señor Darcy sobre Lizzy durante casi todo el metraje, porque es algo de lo que ella también se percata en el libro. Sin embargo, también hay ciertas miraditas del señor Darcy lo suficientemente seductoras como para que cualquiera cayese rendido, pero que son más imaginativas que acordes al libro, donde siempre observa a Elizabeth con cierta distancia y aparente indiferencia. Y volviendo otra vez a nuestra heroína, no puedo sino recalcar que me resulta algo tosquita de más, a lo que se suma que le falta cierta delicadeza, espontaneidad y alegría. De hecho, hay algo de la Elizabeth Bennet de esta versión que me recuerda en ocasiones demasiado a la Catherine Earnshaw de “Cumbres Borrascosas” (1847), lo que no creo que sea completamente acertado. Por ejemplo, esa imagen de Lizzy subida a una colina observando el paisaje de Derbyshire me hace rememorar algunos de los planos de las adaptaciones cinematográficas del libro de Emily Brontë (en especial, a mí me traslada a alguna secuencia de la de 1971).
 
Además, ese «pensar que todo esto pudo pertenecerme…» que suelta Lizzy para sí cuando está visitando Pemberley me parece faltar a la verdad del personaje. Había leído por ahí a algunos que comentaban que Elizabeth les parecía muy interesada porque cambiaba radicalmente de opinión sobre el señor Darcy en cuanto era realmente consciente de su riqueza al visitar Pemberley, y me he dado cuenta de que esta versión peca un poco de eso: no vemos demasiado arrepentimiento por parte de Elizabeth respecto a su opinión de Wickham y el señor Darcy y, en cambio, notamos que su soberbia está algo inflada en esta versión, donde parece que empieza a enamorarse de él exclusivamente por su dinero (lo que en absoluto es cierto y lo que la deja en muy mal lugar). De hecho, esto también puede rastrearse cuando ella recibe la carta del señor Darcy tras su rechazo. Y es que creo que esta versión no acaba de captar bien el vuelco que esto produce en Lizzy. Aunque es verdad que la joven se toma en la novela muy mal ciertas partes de la misiva —especialmente aquellas en las que se alude a la poca elegancia de su familia o a las razones del señor Darcy para tratar de alejar al señor Bingley de Jane—, se siente sobre todo dolida por sus prejuicios, algo que aquí pasa totalmente desapercibido, pues vemos a una Elizabeth demasiado dura con el contenido y con ningún sentimiento de culpa (en este punto volvemos a notar esa falta de reflexión sobre el propio comportamiento que sí reinaba más en la versión de 1980 y que en la de 1995, en cambio, siempre está más ausente).
 
Eso sí, aquí se agradece que Elizabeth mantenga esa predilección por Wickham que ya estaba en la novela y que la adaptación de 1980 supo trasladar con mayor fiabilidad que todas las anteriores, que tendían a poner a una Lizzy mucho menos prendada. El problema es que cuesta entender qué encanto le ve a un hombre tan normal… Además, y esto sí que me parece un acierto, hay un interés evidente en darle más peso a Wickham en esta adaptación que en todas las que la preceden, lo que favorece que se entienda mejor el apego que Lizzy siente por él y el chasco que se lleva cuando descubre su verdadera naturaleza. De hecho, también en esta línea, se acuerdan de reflejar cómo Elizabeth, sin ser nada de eso, se molesta en ponerse guapa para el baile y cómo, en cambio, se lleva una gran decepción al ver que Wickham no va a asistir finalmente. Sin embargo, puede que se pasen de frenada y que metan secuencias que simplemente se inventan (o que, al menos a mí, no me suenan nada de la novela). Por ejemplo: ¿Elizabeth baila con Wickham?, ¿Elizabeth presenta a Wickham a su tía la señora Gardiner?, ¿Elizabeth habla con Wickham sobre su compromiso con la señorita King? ¡Quizá sí, eh! ¡No me lancéis a la hoguera si soy presa del error!
 
Por otra parte, aquí la cuestión de las cartas se lleva de una manera específica, mezclando la forma en la que lo hacía la adaptación de 1980, única en su especie por ahora, con la propuesta de algunas anteriores. Me explico: así como en la versión que precede a la que ahora nos ocupa las cartas eran leídas por el que las recibía, aunque con la voz de quien las había elaborado, favoreciendo que el espectador fuese partícipe en ese preciso momento de su contenido, aquí lo que se hace es mantener el texto de la carta leído, pero al tiempo que se combina con imágenes en pantalla sin sonido sobre lo que se nos está contando. De algún modo, evita reproducir con secuencias normales de la trama el contenido de las cartas como si no se tratara de algo que debemos conocer por medio de palabras y, por tanto, en tercera persona —algo que ya critiqué que hacían las versiones de 1957 y de 1961—, pero gana cierto ritmo al combinar la mera narración de la misiva con las hipotéticas imágenes que al receptor puede sugerirle su lectura. Digamos que quizá sea una forma más elegante de trasladar las cartas de las novelas al lenguaje cinematográfico, aunque yo, sinceramente, tengo sentimientos encontrados y no sé si me convence; porque, si bien se gana cierta amenidad en esas secuencias, que a veces pueden resultar algo largas en la miniserie de 1980, también se coarta la propia fantasía del espectador, que bien puede hacer ese trabajo en su cabeza sin necesidad de que se lo reproduzcan en pantalla.  
 
De cualquier forma, hay que decir que está fantásticamente bien llevado lo de la carta de Jane contando lo de Lydia y Wickham y el encuentro entre Elizabeth y el señor Darcy en ese contexto, no pudiendo ser más fiel al libro. Sin embargo, y en la línea que ya venimos apuntando de que se nos muestra mucho más al señor Darcy en escena de lo que convendría, resulta bastante fastidioso que, paralelamente a que presenciemos cómo Elizabeth se lamenta de que quizá ya nunca más vuelva a encontrarse con él, por muy caballerosamente que se comportara en el momento del recibimiento de las malas noticias, veamos también a un señor Darcy que trata de arreglar el entuerto… Esto, como decimos, sucede fundamentalmente por el afán de esta adaptación de hacer protagonistas a ambos personajes, cuando claramente la heroína de la novela es Lizzy. Además, tampoco me convence nada que, mientras Elizabeth está leyendo la carta de su tía, asistamos a una escena en la que el señor Darcy, hablando con los Gardiner, comente que tiene la obligación de arreglar todo lo de Wickham y Lydia porque toda la responsabilidad es suya, al no haber dado a conocer el verdadero carácter del oficial por su orgullo. Haciendo honor a la verdad, no es ésa la razón que él luego arguye sobre haber actuado de esa forma, sino que sabía que estaba en su mano poder hacer algo (tiene dinero e influencia) y quiere a Lizzy, a la que sabe que le preocupa sobremanera este asunto. Por no hablar también de una secuencia en la que aparecen Lydia y Wickham… ¡Hay que dejar trabajar la imaginación del espectador! ¡No hace falta que todo se traslade a la pantalla: con saberlo, uno puede recrearlo en su cabeza y es perfectamente suficiente!
 
Es cierto que el baile que comparten Elizabeth y el señor Darcy está bastante bien llevado, aunque hay que recalcar que hablan más que en el libro, conteniéndose en esta secuencia otras conversaciones que tienen lugar en diferentes momentos de la novela. Eso sí, como acierto, vuelven a incorporar la advertencia de Caroline Bingley a Elizabeth sobre la naturaleza de Wickham, algo en lo que fue pionera la adaptación de 1980. Además, me gusta mucho que se rescaten las muestras de cortesía del señor Collins hacia el señor Darcy y cómo éste último odia todo tipo de adulación. A su vez, está muy bien reflejado el enfado y la vergüenza de Elizabeth de tener esa familia tan poco elevada y de formas tan escandalosas y carentes de elegancia, algo que traspasa la pantalla en una secuencia muy conseguida en la que se combinan ciertos gestos de desesperación con la interpretación, por parte de la señora Hurst, de la “Marcha turca” de Mozart. (Como dato curioso, hay que decir que esa escena del columpio de Kitty y Lydia empujadas por los oficiales es un guiño a la primera película de “Orgullo y prejuicio”, la de 1940, donde se nos mostraba una secuencia muy similar.)
 
Por otra parte, cabe decir que aquí se respeta que el viaje a Hunsford lo haga Elizabeth con el señor William Lucas y con Maria, la hermana de Charlotte, lo que se agradece (de hecho, puede, si no recuerdo mal, que hasta sea la primera adaptación que lo hace). Sin embargo, en la visita que les hacen el señor Darcy y el coronel Fitzwilliam a Hunsford, de la que se enteran mediante un señor Collins a grito pelado mientras las hermanas Lucas y Elizabeth se encuentran paseando, me resulta un poco forzado que Elizabeth, estando él presente, hable en ese tono jocoso sobre el señor Darcy con el coronel Fitzwilliam. Y es que, aunque esta adaptación también traiga nuevas conversaciones a la pantalla, que el carácter de Elizabeth sea tan arrollador hace que se acabe comiendo un poco al señor Darcy, que en ocasiones parece algo indefenso u ofendido con ciertos comentarios que ella le espeta, cuando en la novela, en cambio, siempre suele responder de manera altiva. Eso sí, hay que reconocer que estamos ante una muy buena declaración del señor Darcy a Elizabeth, con su tensión y con su orgullo herido estupendamente reflejados. Además, me gusta bastante esa manera de llevar el momento posterior al rechazo, con esas voces del otro taladrándoles la cabeza, aunque no me convence demasiado que asistamos al momento en el que el señor Darcy regresa a Rosings y, claramente afectado, le pide al coronel Fitzwilliam que excuse su ausencia ante lady Catherine (una muestra más de esa preponderancia excesiva, y en ocasiones inventada, de este personaje). De hecho, un recurso que utiliza esta adaptación para mostrarnos aquello a lo que dan vueltas a veces sus personajes es poner imágenes que ya hemos visto en pantalla (como, por ejemplo, cuando el señor Darcy observa el piano y nos sale la escena anterior en la que Elizabeth le miraba atentamente).
 
En cuanto al viaje de Elizabeth y sus tíos por Derbyshire, me gustaría comentar que creo que es la primera adaptación que trata bien ese encuentro en la posada entre Elizabeth, el señor Darcy, Georgiana —Emilia Fox— y el señor Bingley (además, respecto a este último personaje, está muy bien traído el detalle de que se acuerde de la fecha exacta en la que vio por última vez a Jane). También resulta muy tierna la invitación de Georgiana a Elizabeth a pasar una velada en Pemberley, sobre todo porque refleja muy bien cómo, pese a la imagen que nuestra heroína se había hecho de ella, la joven es toda bondad y amabilidad. En este sentido, hay que volver a hacer alusión a la cara tan afable que tiene el señor Bingley, que encaja muy bien con la descripción que Jane Austen hace de su carácter y que no puede contrastar mejor con el señor Darcy, que es su antítesis. Además, hay que decir que esta adaptación profundiza con más holgura en la relación de amistad que hay entre ambos personajes, algo que había sido bastante olvidado en los traspasos de la novela a la pequeña y a la gran pantalla. Sin embargo, aquí volvemos a asistir a cómo el señor Bingley se dirige directamente al señor Darcy para preguntarle el porqué de la ocultación de la estancia de Jane en Londres (algo que también achaqué a la anterior versión y que no recuerdo del libro). Y encima le pregunta si tiene su bendición para cortejar a Jane, lo que resulta un poco forzado de ver (sobre todo porque es algo que juraría que le cuenta el señor Darcy a Elizabeth ya casi al final). Eso sí, hay que decir que esta versión refleja muy bien lo supeditado que está el señor Bingley al señor Darcy, al que pide todo el rato consejo y cuya opinión valora por encima de cualquier otra (incluso de la suya propia).
 
Respecto al lío entre Lydia y Wickham, casi todo está plasmado con acierto, excepto lo de la carta que el señor Collins envía a Longbourn, que aquí se incorpora como una visita. Y, a ver, aunque el contenido de la misiva era lo suficientemente cruel en el libro, el hecho de que sea aquí trasladado de viva voz y con Elizabeth, Jane y Mary presentes lo transforma en algo bastante peor que lo que aparece en el texto escrito, convirtiendo al señor Collins en un ser todavía más despreciable (lo que ya es decir). Sin embargo, está bien llevado cómo el señor Bennet muestra su aflicción a su vuelta de Londres, además de su arrepentimiento por haber hecho caso omiso a las advertencias de Lizzy, e incluso se hace alusión a que se va a andar con más cuidado a partir de ese momento, sin tener tanta indulgencia con Kitty. A su vez, aunque está bien reflejada la secuencia en la que llega la carta del señor Gardiner con los acuerdos que debe aceptar el señor Bennet para que prospere la unión entre Lydia y Wickham, manteniendo cómo Jane y Elizabeth la leen junto a su padre, no me acaba de convencer la manera en la que Elizabeth se lo toma, pues yo juraría que se alegra bastante más del contenido de la misiva de como se nos muestra aquí, donde se sorprende demasiado de las condiciones propuestas, por ser muy poco exigentes, y donde incluso parece hasta indignada con la resolución (un nuevo ejemplo de una dureza en ocasiones excesiva para el personaje que representa).
 
Por otra parte, esta adaptación es, sin duda, la que más tiempo concede a la conversación que prepara el terreno antes de que el señor Darcy y Elizabeth se declaren mutuamente su amor y se comprometan, algo que hace rescatando partes muy interesantes de la novela. Asimismo, se vuelve a tratar el momento en el que el señor Bennet busca asegurarse de que su hija realmente quiere al señor Darcy, sobre todo después de las muchas veces que le ha criticado. Y aunque no asistimos propiamente a ninguna de las dos bodas en la novela, ni a la de Elizabeth ni a la de Jane, sí que se nos habla de ellas muy seguidamente, por lo que no me parece mal recurso ese cierre de la miniserie, que además recuerda mucho al de la adaptación de “Juicio y sentimiento” de Ang Lee, que precisamente es del mismo año que la que ahora nos ocupa. En resumidas cuentas, creo que ésta es una versión donde queda bien reflejado el sentido del humor de Jane Austen, que siempre es sutil y cargado de fina ironía (por ejemplo, esa cena con el señor Collins y toda la familia Bennet es una muestra muy buena de ello). A su vez, y como ya hemos comentado, esta miniserie sigue bastante más que el libro al señor Darcy, haciendo que el protagonismo de Lizzy, mucho más importante en el escrito original, sea menos evidente, aunque permitiendo de este modo que, sin palabras de por medio y sin la prosa maravillosa de Jane Austen, nos creamos más la historia de amor que se va fraguando entre ellos (de hecho, probablemente ésta sea la adaptación en la que más cumplidos le dedica el señor Darcy a Elizabeth sin estar ella presente y contestando a los reprobables comentarios que hace Caroline sobre ella). Obviamente, es una versión que cuenta con medios muy holgados, con una bella ambientación, con un fantástico vestuario y con una buena banda sonora, además de estar filmada con elegancia y contener un tono menos teatral que la de 1980. Sin embargo, tampoco me parece superior a su predecesora: sólo una combinación entre ambas podría optar a ser la adaptación perfecta. 
 
Conclusión
 
Si comparamos esta segunda parte de las adaptaciones de “Orgullo y prejuicio” con la primera es inevitable señalar lo mucho que ha subido el nivel general. Casualidad o no, lo cierto es que esta sección contiene tres acercamientos audiovisuales al clásico de Jane Austen bastante notables (si bien no todos al mismo nivel, como es inevitable). La miniserie de 1967 peca de contar con una duración muy ajustada, por lo que, pese a sus mejoras considerables respecto a las anteriores versiones, se queda siempre en un quiero y no puedo. Aun con todo, nos propone a una Elizabeth Bennet más acorde al libro que las que la precedieron, incorpora diálogos inéditos hasta el momento y se esfuerza en integrar casi todas las tramas de la historia, aunque con poco desarrollo por su corto metraje. De cualquier forma, sienta un nuevo precedente respecto al traslado cinematográfico de la novela de la autora inglesa que irá tomando una forma más elaborada en la siguiente versión, la de 1980, que creo que redondea el conjunto de una manera muy acertada. De hecho, la miniserie dirigida por Cyril Coke puede que sea la que más me convence por ahora, precisamente porque logra un equilibrio entre todas las partes que la convierte en la más fiel. Sé que la preferida de la mayoría es la de 1995; pero, si somos canónicos respecto al texto original —y mi intención con toda esta retahíla de análisis es, sobre todo, ésa—, no pueden obviarse las licencias que esta última se toma a la hora de convertir la historia de amor de Elizabeth y el señor Darcy en algo más apasionado e intenso que lo que se nos describe en el libro (además de dar demasiada preponderancia a este último personaje). Aun con todo, son las dos muy buenas opciones a la hora de acercarse al universo de la autora de Steventon, pues captan que su pluma no sólo trataba de historias en la campiña inglesa, sino que estaba también repleta de reflexión y de ironía. De algún modo, ambas adaptaciones son complementarias, pues una nos da lo que la otra nos quita y viceversa, por lo que os animo a ver las dos para obtener un resultado satisfactorio y lo más cercano posible al tan disfrutable placer de leer a la propia Jane Austen.

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