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Con cualquier otro nombre (1968). Star Trek: La conquista del espacio. Temporada 2: capítulo 22 (51)

Hoy continuamos con nuestro primer ciclo de Star Trek, centrándonos en el mejor capítulo de la segunda temporada de la serie original. No nos ha costado demasiado, dado que los dos mejores episodios brillan con mucha claridad sobre el resto; siendo, además, muy probablemente, los más significativos (incluyendo también aquí los que conforman la primera temporada). Nos hemos decantado por “Con cualquier otro nombre” (1968) por la mínima —después de volver a repasar ambos capítulos una segunda vez—, por un poco todo, y porque el episodio 25 (54 en relación a la serie completa), “Pan y circos” (1968), tiene un pequeño Deux ex machina que le deja en un incómodo 8’99. Por lo demás, no perdamos un minuto, y metámonos ya de lleno con esta crítica, que puede terminar como un análisis breve. Pero no sin antes comentar, en un par de líneas, la distancia que hemos constatado entre nuestra valoración y la general, tanto la especializada como la del vulgo. Comencemos, pues.

El apocalipsis (1967). Star Trek: La conquista del espacio. Temporada 1: capítulo 23

“La ciudad al fin de la eternidad” (1967) es el capítulo mejor considerado de la serie original por parte de la crítica profesional, de los pocos en hacerse con el Premio Hugo —en el año 1968, por la mejor presentación dramática—, y mi favorito a la altura de este artículo. Cinematográficamente es impecable, la historia no puede estar mejor hilada y los personajes están especialmente brillantes. También ayuda la presencia de Joan Collins, la cual no puede hacer mejor tándem con nuestro querido capitán Kirk. Dicho todo esto, no tiene mucho mérito incidir en la verdad sobre lo que es obvio, claro y distinto; además de que han corrido no pocos ríos de tinta sobre este capítulo de la mano de plumas mucho más autorizadas que la de un servidor. Por esta razón, he decidido inclinarme ante la evidencia, constatar un hecho y reservarme este episodio para cuando sea digno de decir algo sobre él. Por lo tanto, como bien queda patente en el título, hoy no vamos a hablar sobre el capítulo 28 por orden de emisión —esto es un poco como “Rayuela” (1963), dado que está el orden de producción, el de emisión y el cronológico interno de la historia—, sino del 23, titulado “El apocalipsis” (1967). Considero a éste como el segundo mejor de la primera temporada; además, que no goce de tanto consenso respecto a su calidad y, a la vez, que esté preñado de una de las tramas más interesantes de lo que hasta ahora he visto en “Star Trek”, le convierten, sin duda, en un episodio indicado para comentar hoy. Comencemos.

Un par de apuntes sobre “Star Trek: La conquista del espacio” (1966-1969). Primera parte: ¿Por qué nos puede resultar interesante?

Arrancamos nuestra cuarta temporada con ganas de retomar un tema pasado; ya que, en su momento, le dedicamos cierto tiempo a hacer una primera aproximación sobre qué es y qué supone el género de la ciencia ficción en el campo del cine. No queda tan lejos aquel final de 2019 y principios de 2020; pero, en este último año, en el que nos ha dado tiempo a meditar y a nutrirnos intelectualmente con profusión, y después de tanto ensayo sobre feminismo —que era necesario, pero sin dejar de ser a ratos aburrido—, un servidor se ha dado cuenta de que no podía postergar más el meterle mano al gran manantial del susodicho género: “Star Trek: La conquista del espacio” (1966-1969). Como todos los cinéfilos con cierta predilección por la complicación que nos ofrece la ciencia ficción, no vengo para nada virgen a esta fiesta: a lo largo de mi vida me he visto, aunque sea de rebote, alguna de las 13 películas —recuerdo muy bien “Star Trek: Primer contacto” (1996) y el terror que aún habita en mis recuerdos gracias a la Reina Borg— y algún capítulo suelto de las 10 series —sobre todo de “La nueva generación” (1987-1994)—; pero la verdad es que nunca me había acercado a este fenómeno de masas con orden y, fácilmente, pueden haber pasado ya en torno a 15 años desde el último contacto. Pero, antes de seguir, seguro que a más de uno le viene a la cabeza una cuestión de principio… ¿Por qué?, ¿por qué vas a dedicar 65 horas de tu vida —sin contar el tiempo de análisis, reflexión, investigación, escritura, discusión y corrección— a ver ‘navecitas pegándose’ desfasadas? Porque, camaradas correligionarios…, hay mucho más que eso. Comencemos.