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Las adaptaciones cinematográficas de Orgullo y prejuicio (III)

Hoy os traemos la tercera parte de la larga lista de las adaptaciones cinematográficas de “Orgullo y prejuicio” (1813), la segunda novela que publicó Jane Austen. Al contrario de lo que ocurrió con la anterior sección, donde coincidieron todas las versiones de la BBC juntas, haciendo un conjunto más compacto, aquí tenemos la heterogeneidad hecha artículo. De entrada, hablaremos de “Furst Impressions” (T1.E25), un episodio de la serie infantil “Wishbone” (1995-1998), donde se lleva a cabo un acercamiento particular y muy somero al libro de la autora inglesa; después ahondaremos en “El diario de Bridget Jones” (2001), la conocida película que, basándose en ciertas premisas del texto, desarrolla una historia nueva, ligera y muy agradable de ver; más tarde haremos algún apunte de “Orgullo y prejuicio: una comedia de los últimos días” (2003), la primera película de bajo presupuesto y con tintes contemporáneos de las que hemos tratado hasta la fecha; luego nos meteremos de lleno en la primera (y creo que única) adaptación al estilo de Bollywood de este libro, “Bodas y prejuicios” (2004); y, por último, remataremos con una adaptación más canónica, aunque con alguna que otra licencia, que es la que en 2005 llevó a la pantalla Joe Wright. Como veis, otra cosa no, pero variedad en este análisis hay bastante, por lo que espero que me volváis a perdonar su infinita longitud. Dejemos los preliminares ya y pongámonos a ello.

Wishbone (1995-1998): Furst Impressions (T1.E25)

Aunque durante la presentación de “Wishbone” (1995-1998), la serie creada por Rick Duffield, nada me hacía sospechar que iba a tener algo que ver con “Orgullo y prejuicio”, para mi sorpresa he descubierto que no se había colado en la lista de adaptaciones por equivocación, sino que sí que tenía relación con la novela de Jane Austen. Para aquellos a quienes no os suene de nada —como me pasaba precisamente a mí antes de toparme con ella para este artículo—, os pongo un poco en situación: el personaje principal de “Wishbone” es un perro que se llama así, Wishbone, cuyo dueño es un adolescente, Joe Talbot, que vive con su madre en un pueblito de Texas. Este perro, sin embargo, no es cualquier mascota, sino que el espectador ve cómo habla y saca sus conclusiones respecto al mundo que le rodea, algo que es ajeno a los propios personajes de la serie, que no asisten a sus disertaciones y le ven como un animal normal y corriente. Se supone que el planteamiento de cada capítulo consiste en que Wishbone mezcla la historia de Joe y sus conocidos con la trama de clásicos de la literatura universal, ejerciendo él mismo uno de los papeles principales y caracterizándose como tal —en este caso, del señor Darcy—, por lo que vemos secuencias combinadas tanto de la recreación de la novela como del elenco habitual de la serie. El objetivo de “Wishbone”, por tanto, es sacar ciertas moralejas de situaciones cotidianas, mostrando el paralelismo que guardan con coyunturas ocurridas con personajes ficticios de obras muy conocidas e intentando obtener así algunos aprendizajes, además de detectar ciertos patrones en los diferentes tipos de seres humanos. Eso sí, no hay que dejar de lado que son capítulos que rondan los 30 minutos y que están enfocados a unos espectadores que no están para largos sermones, por lo que no podemos pedir ni profundidad ni grandes reflexiones.

Hablando ya del único que hemos visto, el episodio 25 de la primera temporada, hay que decir que, con su título, “Furst Impressions” (1995), le está queriendo rendir un homenaje al primer nombre que la autora inglesa le dio a la novela que hoy todos conocemos como “Orgullo y prejuicio”. Obviamente, es una serie dirigida a un público infantil o juvenil y, desde luego, si alguien se queda sólo con el acercamiento superficial que hace de las obras literarias que saca a la palestra, tendrá una idea muy torpe y vaga de su contenido y alcance, pero sí que me parece que puede funcionar como una preliminar toma de contacto con ciertas historias literarias de alcance universal y como un generador de curiosidad para luego acercarse a ellas de primera mano. En este episodio concreto se nos comenta cómo en el barrio de Joe se está preparando un baile y cómo a él y a sus dos amigos, David y Samantha, que no parecen ser muy populares, les asalta un pipiolín que parece ir de guay y que se ríe de ellos porque ninguno va a tener una pareja con la que ir, además de burlarse de la ropa de Joe, que le parece ridícula. Es evidente que muchos adolescentes son muy influenciables y que el mero hecho de que alguien, al que supuestamente consideran estúpido, les diga algo desagradable ya les hace sentir inseguros y plantearse que deben cambiar esto o aquello (¡la dichosa aceptación de grupo y la absurda obsesión por gustar!), por lo que poco después veremos cómo Joe le comenta a su madre que necesita unos zapatos nuevos, que ella, obviamente, no se puede permitir comprar (y es que se inventa que le molestan cuando, realmente, lo que quiere es encajar).

Por lo tanto, el tema que le hace unir a Wishbone esta situación con “Orgullo y prejuicio” es la idea de estar nervioso por ir a un determinado baile, algo que vemos que sucede con las Bennet en alguna que otra ocasión, además del asunto de los prejuicios, que pueden venir introducidos por quienes tienen interés en que pensemos una cosa para que ellos puedan descargarse de su culpa. Aquí lo que ocurre es que alguien ha empezado a esparcir el rumor de que David le ha pedido a una chica ir al baile, cuando él dice que eso no es así, y de que Samantha ha hecho lo propio con un chavalín, cuando ella también asegura que es mentira. Dado que ambas acusaciones se las hacen mutuamente David y Samantha, que aseguran haberlo oído por ahí, Joe no sabe a quién creer y esto empieza a generar una circunstancia incómoda entre los tres amigos. Lo que no acabo de entender es que Wishbone pretenda equiparar esto en “Orgullo y prejuicio” con el supuesto chismorreo extendido por Caroline Bingley de que al señor Darcy le gusta Elizabeth Bennet… ¿Pero acaso no es así? ¡Eso no es un bulo, sino una realidad! De cualquier forma, lo de no llevar una ropa tan cara y ser la burla de cierto sector sí que tiene su equivalente en la novela de Jane Austen cuando se hace hincapié en el atuendo elegante y a la moda de Caroline Bingley frente a las hermanas Bennet, que tienen que conformarse con un estilo más discreto y humilde, por tener recursos más bien ajustados. Por otra parte, se nos narra cómo Joe está disgustado porque cree haberse quedado en el medio de una bronca y que, al final, también a él le está afectando, aunque no quiera posicionarse ni hacia un lado ni hacia otro. Esto lo relaciona Wishbone con la relación entre el señor Bingley y Jane Bennet, donde ahí sí que se da un claro posicionamiento entre su círculo más cercano, y es que tanto Caroline Bingley como el señor Darcy sí que toman cartas en el asunto y deciden que no es una buena idea que el señor Bingley siga encaprichado de una joven de un nivel económico muy inferior al suyo.

A su vez, cuando Joe se ha asegurado de que lo que se ha extendido son meras habladurías sin base en la realidad, pues les pregunta directamente a los dos chicos a los que se supone que David y Samantha les habían pedido ir al baile, va a hablar con su amiga y se lo va a contar todo, ofreciéndose él mismo a ir con ella si realmente tiene tanto interés en tener una cita, algo que Samantha interpreta como si él creyera que está desesperada, cuando le ha repetido por activa y por pasiva que no quiere ir con nadie. Wishbone relaciona estos problemas de comunicación con aquellos que se producen durante la propuesta de matrimonio del señor Darcy a Elizabeth: él piensa que ella va a recibir semejante honor con la mayor de las gratitudes y alegrías y se encuentra, en cambio, con una gran negativa y ninguna palabra alentadora. A su vez, cuando ya en el baile Joe intenta reunirles a todos para acabar con este enfrentamiento con una base tan estúpida, les achaca que es su orgullo el que les impide disculparse. De cualquier forma, y como adolescentes inocentes y tiernitos que son, al final todos se terminan perdonando. En cuanto a la novela, esa rectificación ocurre cuando el señor Darcy acaba aprobando un matrimonio como el del señor Bingley y Jane Bennet, y cuando tanto él como Elizabeth se disculpan mutuamente por haber cometido errores en el pasado. Volviendo a Joe y a sus amigos, descubren que todo había sido ideado por el jovenzuelo con aires de grandeza que les había asaltado al principio del capítulo, que, obviamente, como no podía ser de otra manera, se había inventado que él sí tenía una cita, cuando es evidente que no era el caso (porque, ¡sorpresa!, dice que no ha podido venir porque se puso mala en el último momento). Y…, tanto en la serie como en el libro, al final ¡fueron felices y comieron perdices! Como cierre, y para que os hagáis una idea de las enseñanzas que Wishbone pretendía introducir con su inmersión en “Orgullo y prejuicio”, él señala estas tres: no juzgar a un libro por su cubierta, no preocuparse por lo que otros opinan de nosotros y fiarse sólo de aquello que nos llega de las personas que realmente están implicadas y saben sobre ello.

El diario de Bridget Jones (2001)

Reconozco que ésta es una película de la que había visto muchos fotogramas y alguna que otra escena, pero que no había visionado nunca al completo. Y lo cierto es que, como me pasó con el capítulo anterior, pensé que se había colado en la lista de adaptaciones de “Orgullo y prejuicio” un poco de rebote, sin tener ni remotamente que ver con la novela. Sin embargo, para mi sorpresa, “El diario de Bridget Jones” (2001), adaptación dirigida por Sharon Maguire del libro de Helen Fielding, y con una duración de poco más de hora y media, tiene bastante más que ver con el libro que publicó Jane Austen en 1813 de lo que cabría pensar. Desde luego, no es —ni pretende ser— una adaptación al uso, pero sí que tiene numerosos paralelismos con la novela, además de algún divertido guiño, lo que la hace muy agradable de ver, sobre todo para aquellos que disfrutamos de estos homenajes modernos que precisamente resaltan cómo, aun en diferentes épocas y con distintas coyunturas, los problemas humanos y los enredos amorosos pueden ser tan similares. Protagonizada por Renée Zellweger, nos cuenta la historia de Bridget Jones, una mujer que ha estrenado la treintena hace un par de años y que, sin embargo, ve cómo su vida está de todo menos encarrilada: tiene un trabajo poco glamuroso en una editorial, está algo subida de peso, le da al alcohol y al tabaco más de lo que le gustaría reconocer y, sobre todo, su vida amorosa es un completo desastre.

Ya desde muy al principio se nos introducirá a su madre, interpretada por Gemma Jones —¡la que encarnaba a la señora Dashwood en la adaptación de 1995 de “Juicio y sentimiento” (1811)!—, que no cesa en su tarea de buscarle un novio decente a Bridget —¿acaso no hay ecos aquí de la señora Bennet, obsesionada a más no poder con casar a todas sus hijas?—. De hecho, será en una celebración navideña, que coincide precisamente con la secuencia que abre la película, donde se nos introducirá al pretendiente que ha escogido su madre para este año: Mark Darcy, un recientemente divorciado abogado de éxito y vecino de la familia —de hecho, una de las bromas recurrentes de la cinta es que Bridget solía correr desnuda por su piscina hinchable cuando era pequeña—, interpretado, ¡cómo no!, por nuestro querido Colin Firth, seis años más tarde de su versión del personaje de Jane Austen en la adaptación de la BBC. El encuentro entre Bridget y Mark no puede ser más incómodo, espetando él poco después ciertos comentarios sobre ella que tienen el equivalente indiscutible en las despectivas apreciaciones que el señor Darcy dirigía a Elizabeth Bennet durante el baile de Netherfield. Desde ese momento, tal y como le pasara a nuestra heroína de la novela, Bridget va a guardar una opinión nada halagüeña sobre él. Pero puede que también sea el impulso que necesitaba para darse cuenta de que no quiere llegar al año siguiente en unas condiciones tan penosas, lo que le llevará a escribir un diario en el que irá apuntando sus apreciaciones y avances en cuanto a su plan de salir de ese hoyo (justo después, eso sí, de habernos deleitado con una secuencia gloriosa haciendo que canta “All by myself”, de Jamie O’Neal, con un pijama rojo con pingüinos: toda una declaración de intenciones).

A partir de ese momento, veremos a una Bridget que intenta por todos los medios que algo marche bien en su vida, pero que se topa una y otra vez con su propia torpeza y con sus debilidades. En este punto cabe introducir otra pieza clave que le impide salir del círculo vicioso en el que ha entrado: Daniel Cleaver, su jefe. Este personaje sin duda equivale al George Wickham de “Orgullo y prejuicio”, aunque aquí está interpretado por Hugh Grant (¡ya podrían parecerse más a éste, en versión decimonónica, los de las adaptaciones cinematográficas de la novela de Jane Austen!): atractivo y encantador, pero incapaz de comprometerse. El tonteo entre Bridget y Daniel en la oficina es más que evidente y poco a poco irá escalando hasta que ella se encuentre totalmente prendada, mientras que, para él, Bridget sólo será una más entre tantas. Pero, antes de que la cosa escale tanto, Birdget volverá a coincidir con Mark en la presentación de uno de los libros que publica su editorial, y allí no sólo verá cómo la eminencia en el mundo jurídico está acompañado de una bella abogada, Natasha —interpretada por Embeth Davidtz, la adorable profesora Jennifer Honey de la película “Matilda” (1996), la adaptación cinematográfica del libro de Roald Dahl—, que parece bailarle el agua todo el tiempo y que equivaldría a la Caroline Bingley de “Orgullo y prejuicio”, sino que también observará cómo él y Daniel cruzan unas miradas incómodas (vamos: ¡el mismísimo encuentro del libro entre ambos enemigos!). De hecho, Daniel luego le contará a Bridget el problema que tiene con Mark, donde veremos una versión distinta a la de la novela, pero con el mismo objetivo: cambiar las tornas del asunto de manera que él quede como el perjudicado y el otro como un auténtico desalmado. Aquí, en vez del beneficio que le debía dar el señor Darcy a Wickham porque así lo había querido su padre y que supuestamente le negó, tenemos una mentira bastante diferente (como no podía ser de otra manera, claro): según Daniel, él y Mark estudiaron juntos en Cambridge, Daniel fue el padrino en su boda y, cuando años más tarde él le presentó a su prometida, Mark y ella se enrollaron, algo que todavía no había conseguido perdonarle.

Esta historia, como le ocurre a Elizabeth Bennet cuando mantiene esa conversación con Wickham en la novela, donde él se explayará holgadamente acerca de su relación con el señor Darcy, va a ser la guinda del pastel, la razón definitiva para que Bridget no pueda sino sentir un genuino rechazo hacia Mark. Sin embargo, no le va a quedar más remedio que volverse a encontrar con él en alguna que otra ocasión: en la escapada que hace con Daniel para asistir a una fiesta —no podemos obviar el momento estelar en el que Bridget aparece disfrazada de prostituta cuando se decidió finalmente que todos irían vestidos normales—, en la que él la acaba dejando tirada, alegando que tiene mucho trabajo, o en una cena en la que hay sólo parejas ya consolidadas —entre ellas, Mark y Natasha— y Bridget es la única soltera, teniendo que asistir a los típicos comentarios de que a ver cuándo se pone las pilas porque ya se le está empezando a pasar el arroz. Sin embargo, las inmediaciones de ambos momentos son bastante significativas para el desarrollo de la trama. De entrada, cuando Bridget vuelve de la fiesta y va a visitar a Daniel, se encuentra con una chica con la que se está acostando, que se supone que es una de las que trabajan en la sede de Nueva York de la editorial. En esta secuencia vemos un claro guiño a “Orgullo y prejuicio”, y es que, en la escena en la que Bridget se la encuentra en el baño, ella, como método para no enseñar su cuerpo desnudo, está sosteniendo un dosier en el que leemos «Pemberley Press» (el nombre de la mansión de nuestro querido señor Darcy en la novela de Jane Austen). Por otra parte, la otra secuencia acaba con una Bridget yéndose de la cena harta de escuchar ese tipo de comentarios y con un Mark Darcy que la sigue hasta la entrada para recordarla que, entre tantas cosas absurdas y ridículas que la rodean y que hace, a él le gusta así, tal como es: una bella secuencia coronada con “Someone like you”, de Van Morrison. En resumidas cuentas, un equivalente contemporáneo, algo cariñoso y más suave, eso sí, de la declaración del señor Darcy a Elizabeth, que consistía en soltar una gran retahíla de cosas que no le gustaban del hecho de haberse enamorado de ella, para tener que plegarse a un destino tan poco esperanzador, al tiempo que tan sumamente ineludible.

Desde luego, ese momento será clave en su consideración de Mark, que irá poco a poco ganando ciertas posiciones frente a Daniel, del que cada vez tendrá peor opinión. Además, después de que Bridget confirme que Daniel conoce a la chica de Nueva York desde bastante antes de lo que ella podría haber imaginado, decide dimitir de su insignificante trabajo en la editorial para empezar a probar suerte en el mundo de la televisión, donde acabará encontrando su hueco como reportera de sucesos varios —imposible no hacer mención a ese plano de su culo bajando por la barra de bomberos— y donde el propio Mark le echará un cable para que entreviste a Kafir Aghani y Eleanor Heaney, una pareja (ficticia) cuyo caso es, al parecer, muy sonado en los medios y del que ella, sin embargo, no había oído hablar hasta ese mismo día, pero que no le queda más remedio que cubrir, terminando por recibir muy buenas críticas por su enfoque poco ortodoxo. De hecho, precisamente aprovechando que se ha convertido en toda una celebridad y que coincide que es su cumpleaños, Bridget invitará a sus tres amigos a cenar; pero, mientras está teniendo que enfrentarse a sus nulas dotes culinarias, llamará a su puerta Mark, que, con la excusa de que está incluso saliendo en los periódicos, acabará por ayudarla a encarrilar su desastre en la cocina —algo insalvable— y a pasar la velada con ellos.

Todo era demasiado bucólico, claro, como para que no hubiese algo que lo arruinara: Daniel. Aquí volverá a llorarle a Bridget, diciéndole que necesita estar con ella y blablablá, hasta que Mark ve cómo están a punto de besarse y decide marcharse cabreado —pero con la sutileza del estilo inglés—. Eso sí, no por mucho tiempo; y es que, cuando oye cómo Daniel le espeta a Bridget que qué hacía el gilipollas de Mark ahí, él se empieza a envalentonar y le dice que vayan fuera (algo, por cierto, a lo que Daniel contesta con sorna: «¿Cojo las pistolas de duelo o la espada?», lo que nos vuelve a retornar, aunque sea en clave de humor, a la época de la autora inglesa). Y sí, de golpe y porrazo asistimos a una pelea tremendamente divertida entre Hugh Grant y Colin Firth, que se notaba desde el principio que se tenían bastantes ganas, al ritmo de “It’s raining men”, de The Weather Girls. Cuando la cosa ya ha escalado bastante y están los dos hechos un cuadro, Mark se va todo descamisado (algo que, por cierto, nos trae recuerdos del baño del lago en la adaptación de 1995 de “Orgullo y prejuicio”) y Daniel vuelve con sus lágrimas de cocodrilo a insistirle a Bridget de que tienen que acabar juntos (aunque ella, gracias a Dios, esta vez es inteligente y no se deja engañar por sus lisonjeras palabras, argumentando que cree merecerse algo mejor).

Esa misma Navidad, Bridget, que precisamente se enterará por su madre de casualidad que lo que le contó Daniel era más bien a la inversa (es decir, que fue él quien se acostó con la prometida de Mark), es invitada junto a sus padres a casa de los Darcy, donde se disculpará ante Mark y le contará cómo Daniel le había relatado la historia al revés para salir airoso y dar pena. Poco más tarde, Bridget le confesará que, pese a la ropa estúpida que le compra su madre y que él se pone para estas fiestas —¡cómo olvidar ese jersey de reno y esa corbata de muñequitos de nieve!—, pese a su altivez y a sus patillas, excesivamente largas, a ella también le gusta él tal como es. El problema es que, poco después, el padre de Mark propondrá un brindis donde dejará caer que Mark y Natasha pronto se casarán y que a él le han hecho socio en un prestigioso bufete de abogados en Nueva York (por lo que, nuevamente, cuando todo parecía que podía irle bien a Bridget, la cosa acabará torciéndose, hasta el punto de que, al llegar a casa, asumirá su triste destino, apuntando en su diario: «solterona y lunática»). Sin embargo, no podemos perder de vista que, si esto quiere inspirarse en una novela de Jane Austen, el final tiene que ser necesariamente feliz; así que, como no podía ser de otra manera, y cuando sus amigos estaban a punto de llevarla de viaje a París para que se olvidara un poco de los últimos acontecimientos en materia amorosa, aparecerá Mark, que, ¡sorpresa!, no se había ido finalmente al otro lado del charco. Aunque el buen sabor de boca se tenía que hacer esperar un poco más: cuando suben a casa de Bridget, ella le dice que se espere un segundo y, mientras se pone unas braguitas adecuadas y no la braga faja que acostumbra a llevar —y que en su momento ya vio Daniel—, Mark lee varias partes de su diario en las que le ponía a caldo. Y…, bueno, digamos que, cuando Bridget vuelve, él ya se ha marchado. Sin dudarlo, se coloca una chaqueta y corre con sus braguitas de cebra por toda la calle repleta hasta arriba de nieve. Obviamente, le acaba encontrando —de hecho, le estaba precisamente comprando un nuevo diario para poder empezar de nuevo— y la cosa acaba con un beso apasionado entre ambos (¡y con el gesto tan tierno de él arropándola con su abrigo por las atentas miradas de los viandantes, que no ven muy normal qué hace una mujer con esas pintas por la calle!).

Por ir ya cerrando, y como detalle que me gustaría señalar, las observaciones que la propia Elizabeth Bennet reflejaba en “Orgullo y prejuicio” sobre las desavenencias matrimoniales de sus padres, que tenían una muy distinta manera de afrontar el mundo y de relacionarse con los problemas de sus hijas —la señora Bennet, con excesivo entusiasmo y preocupación; y el señor Bennet, en cambio, con total distancia e indulgencia—, encuentran aquí un destino menos alentador: la madre de Bridget va a abandonar el hogar familiar para emparejarse con un hombrecillo que vende artículos de joyería por la televisión y que parece hacerla más caso que su actual marido, que la tiene desatendida (por cierto, este personaje, encarnado por Jim Broadbent, resulta bastante entrañable y guarda también, como ya lo hiciera en el libro, una relación muy buena con su hija). A su vez, y como anécdota irrelevante, pero divertida, me ha hecho gracia encontrarme otra vez con Crispin Bonham-Carter, que hacía del señor Bingley en la adaptación de la novela de Jane Austen de 1995, y que tiene aquí un papel secundario en la editorial donde trabaja Bridget (¿será un nuevo guiño a los hilos conductores que unen “Orgullo y prejuicio” y “El diario de Bridget Jones”?). Por otra parte, aunque el contenido no tenga nada que ver, creo que la frase que pronuncia Bridget de «Es una verdad universalmente conocida que, cuando un aspecto de tu vida empieza a ir bien, hay otro que va desastrosamente mal» está claramente inspirada en la estructura de la frase con la que comienza la novela de Jane Austen, que dice así: «Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa».

En resumidas cuentas, “El diario de Bridget Jones” es una película que se ve con agrado, que te va a costar quitarla si un día te la encuentras por la televisión, que tiene una muy buena banda sonora y que engloba con acierto los episodios habituales de una comedia romántica al uso. No es más que eso —ni tampoco busca serlo—, pero tampoco menos. Por eso, leyendo alguna reseña aquí y allá, me ha llamado bastante la atención encontrarme con multitud de individuos sorprendiéndose de que a las mujeres les pueda gustar una película con una protagonista como ésta. Y lo mejor de todo es que consideran que, si te agrada su visionado, es que ves en Bridget Jones un modelo a seguir…, lo que ya me resulta el colmo del asunto. ¡Ahora parece ser que, de acuerdo con el puritanismo predominante, uno sólo puede disfrutar de personajes que le cuadren y que encajen con su paradigma de rectitud! Si de eso fuera el cine o la literatura, nada habría más aburrido. ¡Dios nos libre de que no sea así! Por no hablar de aquellas mujeres que se quejan airadamente de que Bridget Jones encarne todo lo que odian que se relacione con su sexo, porque no enarbola el feminismo reinante, porque se preocupa por querer adelgazar y por la ropa que se pone y porque quiere compartir la vida con un hombre… En fin: qué hartura. Yo, sinceramente, os animo a verla, aunque sólo sea a los amantes de “Orgullo y prejuicio” que gusten de rastrear este tipo de guiños y que quieran pasar un buen rato. Y, bueno, además de que la estructura general tiene evidentes paralelismos con la novela de la autora inglesa, yo creo que una de las enseñanzas principales del libro está también contenida en la película: en ocasiones nos dejamos impresionar por lo que busca llamar más la atención —Wickham/Daniel— y, en cambio, descuidamos que quizá lo que queremos y nos conviene está delante de nosotros, pero de una manera bastante más discreta y sin hacer tantos aspavientos —el señor Darcy/Mark Darcy—. No será la película de vuestra vida, eso dadlo por sentado, pero de vez en cuando se agradece toparse con una cinta amena y agradable entre tanta pretenciosidad impostada.

Orgullo y prejuicio: una comedia de los últimos días (2003)

Oficialmente, llegamos con esta película, “Orgullo y prejuicio: una comedia de los últimos días” (2003), dirigida por Andrew Black, a la primera versión cutrilla y de bajo presupuesto de la novela de Jane Austen. Esta revisión del clásico de la autora inglesa pretende ser una adaptación contemporánea, narrándonos la vida de cinco jóvenes que viven juntas y que se mueven en un ambiente universitario de principios de los 2000 en Estados Unidos (los modelitos horteras, por cierto, recuerdan mucho a los ya comentados de la película “Chicas materiales” [2006]: ese terrible esfuerzo por llevar “Juicio y sentimiento” a la actualidad de la manera más frívola posible). Aquí, las Bennet del libro se traducen en dos hermanas pudientes —Lydia y Kitty— y otras tres amigas, Mary, Jane y Elizabeth. Como ya decimos, dado que la calidad del conjunto es muy baja, voy a tener que hacer un enorme esfuerzo por sacar algo decente que a alguien le pueda interesar leer. De cualquier forma, intentaré apostar por la síntesis y la condensación, de manera que quede algo digerible que pueda servir tanto a los curiosos como a los que no están para bodrios ni para películas de sobremesa.

Por poner un poco el contexto que envuelve a esta cinta, cabe decir que su personaje principal, Elizabeth —Kam Heskin—, es una aspirante a escritora a la que le está costando que le publiquen su primera novela, que ha mandado a algunas editoriales sin mucho éxito. Entretanto, trabaja en una librería, en la que le desespera sobremanera que lo único que prácticamente se venda sea “The Pink Bible”: un libro que se supone que da las claves para que las mujeres encuentren al hombre de sus sueños y que tiene el perfil de aquellos que pueblan supermercados y gasolineras por doquier. Por su parte, Jane —Lucila Sola— es la mejor amiga de Elizabeth, aunque no conocemos casi nada de ella: se nos dice que es argentina, eso sí, algo que además constatamos por ciertos comentarios que suelta en español a lo largo de la película y porque a veces vemos cómo baila desaforada al ritmo de algo así como flamenco —¿nos imaginarán de esta forma a todos los hispanos?—, pero poco más. A su vez, tenemos a Mary —Rainy Kerwin—, que, aquí, lejos de quedarse en las frases moralizantes de su equivalente en el libro, resulta ser una firme defensora de la Biblia, que lleva consigo a todas partes, además de carecer de sentido del ridículo, como muestra la terrible actuación a pleno pulmón que hace en la fiesta, que es un guiño al poco talento que también demuestra este personaje en el texto escrito. Por último, tenemos a Lydia —Kelly Stables— y a Kitty —Amber Hamilton—, unas niñatas infantiles y estúpidas cuya única ocupación reside en que las hagan caso y en dedicar su tiempo a chorradas superficiales, especialmente a aquellas referidas a la imagen y a los chicos (eso sí, aquí hay una novedad: la obsesión de Lydia por su perro microscópico, al que siempre lleva en brazos). El panorama, como veis, no es nada alentador, y aún lo será menos cuando se nos introduzca el elenco masculino de esta historia, que también tiene su tela.

Por empezar por alguna parte, cabe decir que el George Wickham de esta película, aquí conocido como Jack Wickham —Henry Maguire—, es el típico jovenzuelo un poco chulillo que les dice a todas lo que quieren oír y que es un liante de cuidado. En este caso, su obsesión por Elizabeth es más que evidente, hasta el punto de que en más de una ocasión le saca el tema del matrimonio, algo que ella rehúye en cuanto puede, pues no parece estar muy interesada en él (como vemos, se vuelve a recalcar aquí ese afán errado de algunas adaptaciones en las que se nos pinta a una Elizabeth menos enamorada de este personaje de lo que realmente nos narra la novela, en la que más bien sucede al contrario). Asimismo, aquí tenemos a un Charles Bingley —Ben Gourley— al que parece que le falte un cromosoma y que, más que un buenazo, parece que sufre de algún ligero retraso mental, coronado por su cara de tonto y su sonrisa alelada. A este respecto, no podemos obviar hacer un comentario sobre la relación que se establece entre él y Jane, que alcanza cotas un poco estúpidas por lo simples que resultan ambos personajes. Además, cabe mencionar también a Darcy —Orlando Seale—, que es aquí el director de una gran editorial y que trata de mostrar un carácter algo frío y distante, aunque siendo extremadamente flojito también. Por último, hay que señalar que el William Collins de esta película —Hubbel Palmer— es un hombrecillo de apariencia torpona como la del libro y que lee sermones en la iglesia, que está enamorado de Elizabeth sin ser correspondido y que, sin embargo, no le hace ningún caso a Mary, que es la que intenta acercarse a él por activa y por pasiva (aunque la cosa sí acabará cuajando al final). A su vez, por cierto, hacen su aparición estelar una Caroline Bingley —Kara Holden— de condición bastante maligna y obsesionada con Darcy (descripción que más o menos encaja con la de la novela) y la hermana de Darcy —Honor Bliss—, en este caso de nombre Anne y no Georgiana, que es muy dulce y afable si juzgamos los escasos momentos en los que sale en pantalla.

Por lo tanto, aunque más o menos se rescatan casi todos los personajes, hay ausencias evidentes, como la de los señores Bennet. Los padres de Elizabeth, que es quien realmente mantiene el apellido de la novela, están presentes sólo de manera indirecta, sin aparecer propiamente en la cinta. Justo al principio se hace alusión a cómo la madre de Elizabeth cree que ya va tarde para eso del matrimonio y cómo ella, en cambio, lo que quiere es hacerse escritora, algo que su padre supo ver desde que en su noveno cumpleaños le escribiera un cuento. Era de esperar que una película que pretende llevar el universo de Jane Austen al mundo actual pecara de volver a sacar de quicio la supuesta independencia de Elizabeth Bennet y convertirla en un personaje que, lejos de querer encontrar un joven a su altura —que es lo que realmente se corresponde con la novela—, se centre únicamente en su vocación literaria. Pero, claro, no hay que pedirle peras al olmo y no hay que olvidarse de que si algo hacen maravillosamente bien este tipo de películas terribles que pretenden llevar clásicos de la literatura al siglo XXI es quedarse con las cualidades de carácter que más destacan y exagerarlas de mala manera. Además, algo que también hace esta cinta es utilizar algunas frases del libro a modo de separación entre unas secuencias y otras. Y tengo que decir que, aunque al principio casi me parecía una ofensa, luego me he ido percatando de que los trozos rescatados son completamente anodinos y que ninguno abarca el genuino espíritu de Jane Austen, lo que tiene también su mérito y funciona casi como una asunción velada del propio equipo de la película sobre su nula calidad.

Por otro lado, y por señalar muy por encima cómo se han adaptado algunas de las partes más relevantes del libro, aquí lo que Wickham le cuenta a Elizabeth sobre su mala relación con Darcy es que él y su hermana querían salir juntos, pero que Darcy no creía que Wickham fuese suficiente para ella (luego nos enteraremos, claro, de que realmente se fugaron a Las Vegas, donde él se pulió todo el dinero de la joven y que, aunque también iban a casarse, finalmente no pudieron hacerlo porque él ya estaba casado con otra chica). De hecho, este mismo procedimiento es el que va a intentar utilizar con Lydia, pero Darcy va a interrumpir la celebración a tiempo. A su vez, y como no podía ser de otra manera, tenemos a una Jane enamorada locamente de Charles Bingley, pero soltando una buena dosis de drama cuando él se va a hacer no sé qué exploración a un lago, que sería el equivalente aquí al viaje a Londres del libro de Jane Austen (de hecho, no puedo pasar por alto el momento en el que Elizabeth y Jane le ven por la tele en un anuncio en el que vende discos de música clásica para perros: una ridiculez que encaja a las mil maravillas con su particular retraso). Además, luego descubrimos, por medio de Darcy, que lo que le había hecho marcharse fue ver cómo un chico se le declaraba a Jane (y es que, aquí, Jane es una mezcla de su personaje y de la propia Charlotte Lucas, que sólo hace una única aparición, por lo que es ella, y no la que en el libro es la mejor amiga de Elizabeth, la que recibe una propuesta de matrimonio de Collins después del rechazo de Lizzy).

Y…, bueno, respecto a cómo se fragua la relación entre Darcy y Elizabeth, tampoco es que haya mucho que decir: coinciden por primera vez en la librería donde ella trabaja, mostrándose él bastante altivo, lo que a Elizabeth le hace cogerle tirria, y luego vuelven a encontrarse en una fiesta en casa de Charles Bingley, donde él de nuevo se muestra poco afable. Más tarde irán coincidiendo en alguna que otra ocasión hasta que Darcy, volviendo a su librería, le reconocerá que le gusta, a pesar de todas las cosas que hay en contra y de lo poco que le agrada esa coyuntura. Elizabeth, obviamente, se muestra molesta y le rechaza y… digamos que, cuando recibe una contestación favorable de una editorial que quiere reunirse con ella, se va a encontrar con que la mujer con la que había quedado ha tenido otro compromiso y que es el propio Darcy el que la está sustituyendo. Él se mostrará bastante crítico con su novela, sacándole punta aquí y allá, aun reconociendo que le interesa el planteamiento, y ella se lo va a tomar fatal. Luego Darcy le mandará un correo electrónico explicándole lo de Wickham y disculpándose por si había sido demasiado duro con sus comentarios.

Poco después, coincidiendo también con la ausencia de Charles Bingley, tanto Jane como Elizabeth van a entrar en una etapa un poco depresiva que va a tenerlas muy derrengadas. Sin embargo, esa fase irá pasando, lograrán volver a animarse y, de hecho, Elizabeth, que regresará a clase, conseguirá hasta una beca para irse a estudiar a Londres durante unos meses. Ante la terrible idea de separarse, Jane la propone una escapada a la montaña, aunque justo en el camino —¡mira tú qué casualidad tan creíble!—, se encuentran con Bingley, y Jane se marcha con él. Elizabeth, aun con todo, decide seguir con el plan inicial y, tras dedicarse a escribir durante un rato, se va a quedar dormida y le va a pillar una tormenta tremenda. Por suerte, conseguirá dar con una casa que tiene las luces encendidas y que, cómo no —¡viva la verosimilitud de esta película!—, resulta ser propiedad de Darcy, que está allí con su agradable hermana. Lo cierto es que pasan una velada muy apacible, donde notamos una especial complicidad entre Elizabeth y Darcy, hasta que de repente aparece Caroline Bingley, que se ofrece a acercar a Elizabeth a su coche y que le confiesa que está comprometida con Darcy (algo que, por cierto, luego descubriremos que es mentira). De hecho, será en Las Vegas cuando, después de frenar la boda entre Wickham y Lydia, finalmente se aclarará el asunto y Darcy y Elizabeth se declararán mutuamente su amor.

Como anécdota, el cierre de la cinta, como ya comentamos que también hacía “Aroma y sensibilidad” (2011) —el equivalente de esta película, pero de “Juicio y sentimiento”—, terminará con una recapitulación del futuro de sus personajes, que funciona como guiño a esa típica forma de acabar que tienen algunas novelas de esta época, entre las que se encuentra “Orgullo y prejuicio”. Ahí van los distintos porvenires: Lydia nunca se casó y escribió un libro que fue un superventas; Kitty se convirtió en una animadora profesional, retirándose a los 28 años y transformándose en entrenadora de un equipo juvenil, además de casarse y tener cinco hijas; Mary celebró su boda con Collins; Caroline Bingley se emparejó con un hombre billonario de 75 años con una afección en el corazón, pero que, para su desgracia, acabó viviendo durante 18 años más; Jane y Charles Bingley también se casaron, él montó un negocio que triunfó y se trasladaron al sur de América, donde abrieron un orfanato; Jack Wickham se fugó de la cárcel del estado de Nevada con la ayuda de una de las mujeres de las que hacían guardia y parece ser que se trasladó a vivir a Brasil, donde está empezando una carrera en la televisión; y Elizabeth finalmente sí que fue a Londres, terminó su novela, tiene ya una idea para la siguiente, Darcy la visitó y… acabaron felices y comieron perdices. En fin: una cinta que yo he visto por obligación para hacer este artículo, pero que espero ahorraros a todos visionar.

Bodas y prejuicios (2004)

Estamos ahora ante la primera (y única) adaptación en clave de Bollywood de “Orgullo y prejuicio”. Tal y como ya hiciera la película “I have found it” en el año 2000 con la novela “Juicio y sentimiento”, aunque con mucho más presupuesto y con mayor calidad, aquí se nos pretende trasladar el clásico de Jane Austen al universo de la India contemporánea, pero añadiendo también un toque estadounidense. Dirigida por Gurinder Chadha, “Bodas y prejuicios” (2004) cuenta con un metraje de casi dos horas que nos acerca a una versión musical de la novela, con muchos cambios a nivel de trama y sin rozar ni por asomo la genialidad de su autora, si bien manteniendo un cierto fondo similar al texto en el que se inspira. En esta cinta, en lugar de a los Bennet, tenemos a los Bakshi: una familia que no tiene demasiados recursos económicos y que vive en un pueblito de la India no muy concurrido.

De entrada, cabe decir que se ha prescindido del personaje de Kitty, optando por trasladar únicamente a las otras cuatro hermanas. Lo primero que llama la atención es que nos encontramos nuevamente aquí con Aishwarya Rai, que, en vez de hacer de Meenakshi —el equivalente a la Marianne Dashwood de la película antes nombrada—, encarna ahora el papel de Elizabeth, pero bajo el nombre de Lalita. Desde luego que, en líneas generales, se respeta su temperamento algo espontáneo y sus comentarios no siempre bien recibidos por su madre, cuya obsesión fundamental es casar a sus hijas y que, en cambio, ve cómo ésta en concreto va bastante por libre. Por su parte, la Jane de esta versión, Jaya —Namrata Shirodkar—, respeta la discreción original de este personaje y comparte también con ella la buena sintonía que tiene con su hermana Lalita/Elizabeth. A su vez, mientras Maya —Meghna Kothari— recoge de la Mary del libro su facilidad para soltar sentencias que nadie le ha pedido y su gran capacidad para hacer el ridículo en los momentos menos oportunos —de hecho, la actuación que en la novela Mary hacía en Netherfield, ante la vergüenza ajena de todos los asistentes, se traslada aquí con ‘la danza de la cobra’: un espectáculo de lo más esperpéntico y surrealista—, Lakhi —Peeya Rai Chowdhary— coge de Lydia, el personaje al que interpreta, toda su superficialidad y obsesión por los jóvenes atractivos. A su vez, el matrimonio Bakshi está bastante bien trasladado: con una señora Bakshi —Nadira Babbar— escandalosa y simple, y con un señor Bakshi —Anupam Kher— mucho más sensato y tranquilo.

Por ir un poco a la trama de la película, aquí hay que decir que casi al principio del metraje asistimos a una boda, parece ser que de una de las amigas de las hermanas, que es la que precisamente va a hacer coincidir a los Bakshi/los Bennet con los equivalentes de los huéspedes de Netherfield. En este caso, el señor Bingley es el señor Balraj —Naveen Andrews—: un acaudalado abogado de origen indio que estudió en Inglaterra, donde reside actualmente, y donde conoció al equivalente de nuestro señor Darcy, aquí conocido como William Darcy (casi siempre llamado Will), interpretado por Martin Henderson, un estadounidense con mucho dinero que reside en Inglaterra y que trabaja junto a su madre, que viene a reflejar las maneras y el carácter de la Catherine de Bourgh del libro y que cuenta con una cadena de hoteles de lujo. También acompaña a los caballeros en esta aventura Kiran Balraj —Indira Varma—: una estirada mujer que tiene mucho de la soberbia de Caroline Bingley, que es el personaje al que encarna. Desde esa primera celebración veremos la predilección del señor Balraj/el señor Bingley por Jaya/Jane, que sentirá el mismo flechazo por él, y, sin embargo, también asistiremos a los primeros desencuentros entre Will/el señor Darcy y Lalita/Elizabeth, a la que le molesta mucho su prepotencia y ciertos prejuicios que guarda sobre la vida y las costumbres de la India, que le parecen muy retrasadas respecto al entorno en el que él se mueve. A partir de aquí, no haremos más que asistir a distintos encuentros de estos personajes, que poco a poco se irán conociendo y que coincidirán, en líneas generales y salvando las infinitas distancias, con los narrados en el texto escrito. De hecho, el acercamiento paulatino entre unos y otros va a propiciar que el señor Balraj/el señor Bingley quiera invitar a Jaya/Jane a un viaje a Goa, una zona costera y bastante modernilla de la India, donde Will/el señor Darcy se plantea abrir un nuevo hotel (el equivalente al peregrinaje de Jane a Netherfield, donde caerá enferma y donde recibirá la visita de su querida Lizzy).

Como era de esperar, el señor Bakshi/el señor Bennet no quiere que su hija vaya sola, por lo que propone que la acompañe también Lalita/Elizabeth. En ese escenario tan distendido también tendrán Will/el señor Darcy y Lalita/Elizabeth sus roces, e incluso se recuperará con ciertos cambios, pero idéntico contenido, la conversación sobre la dificultad de llegar a encontrar una mujer que reúna todas esas cualidades que Will/el señor Darcy defiende como fundamentales para ser digna de su interés. Por otra parte, será también en este contexto donde entrará en escena George Wickham, interpretado aquí por Daniel Gillies bajo el nombre de Johnny Wickham: un perroflautilla que también le contará su versión de los hechos a Lalita/Elizabeth. Según él, su madre era niñera de los Darcy en Inglaterra, donde ellos tenían dos grandes hoteles en el campo, y el padre de Will/el señor Darcy, con el que solía él estar mucho, le consiguió un trabajo al acabar los estudios, algo que no le gustó mucho a Will/el señor Darcy, que no dudó en despedirle justo después de la muerte de su padre. Además, también le comenta que la madre de Will/el señor Darcy es incluso peor que su propio hijo y que le está intentando juntar con Anne —el equivalente a la Anne de Bourgh del libro—, una joven acaudalada de Nueva York (un apunte que Lalita/Elizabeth recibe con cierto humor sarcástico, pues él mismo se había mostrado perplejo con anterioridad sobre la tendencia a los matrimonios concertados que había en la India). Este hippiosillo, además, hace una defensa de este país como aquel en el que nos les hace falta tener mucho dinero para tener claras sus prioridades, lo que contrasta con la concepción antes mencionada de Will/el señor Darcy: algo que a nuestra protagonista le conquista. De hecho, incluso Lalita/Elizabeth le comenta que le encantaría que visitara su pueblo.

A la vuelta del viaje, las hermanas Bakshi/las hermanas Bennet se van a encontrar con su madre engalanando la casa porque les va a visitar el señor Kholi, un contable muy exitoso en California que es familiar del señor Bakshi/el señor Bennet y que busca encontrar esposa: el equivalente, claro, del señor Collins de Jane Austen. Lo cierto es que no podemos sino recalcar la exageración de este personaje, que no puede ser más ridículo ni darles más pereza a las pobres hermanas Bakshi/las hermanas Bennet, que buscan deshacerse de él lo máximo posible. Aun con todo, y siguiendo la historia original, la no tan suertuda Lalita/Elizabeth tendrá que asistir a su pomposa y extravagante declaración, que sabemos que rechazará, pero que estará aquí incorporada en una escena de lo más pintoresca. Al hilo de esto, tenemos que mencionar la divertida canción que cantan todas las hermanas vacilándola sobre esta encerrona casamentera, con esa secuencia terrorífica, en tono extravagante y burlesco, del propio señor Kholi/señor Collins en una cama en Hollywood imitando el rugido de un tigre. Y es que una de las cosas que más llama la atención de esta cinta es que tiene mucho sentido del humor y que casi todas las canciones tienen un punto muy jocoso que resulta disfrutable. Además, a mí me ha sorprendido también que sea bastante liberal en cuanto a lo que ocurre: no sólo les dejan ir a las dos hermanas al viaje antes nombrado, sino que, cuando Wickham se presenta en la casa de los Bakshi/los Bennet, el padre accede a la petición de Lalita/Elizabeth de que se quede unos días allí como invitado, lo que propiciará que veamos a una Lakhi/Lydia que se muere por sus huesos mucho más que la propia Lalita/Elizabeth, algo que no es muy acorde con el texto original. Además, otra cosa bastante cambiada respecto al libro de Jane Austen es que, lejos de recibir una carta de Kiran Balraj/Caroline Bingley, lo que hace ese momento mucho más dramático, aquí es el propio señor Balraj/señor Bingley el que informa a Jaya/Jane sobre que los tres tienen que regresar a Londres por un negocio importante que no puede esperar (eso sí, la resignación y serenidad con la que ella lo asume es bastante parecida a la de su personaje en el libro).

Y, bueno, también hay que decir que se recupera de la novela lo de que el señor Kholi/el señor Collins se vaya a casar con Charlotte Lucas, que aquí se llama Chandra Lamba —Sonali Kulkarni—, y que es la mejor amiga de Lalita/Elizabeth (sólo que, adaptado a esta versión, pretenden hacer una pequeña ceremonia en la India y una gran boda americana en Los Ángeles, donde se instalarán). Por su parte, cual hippie, y de acuerdo con su carácter, Wickham se marchará a Benarés, donde se supone que unos amigos suyos le están esperando (esto sería, más o menos, como cuando los oficiales se marchan de Meryton en el texto escrito y el drama de las hermanas pequeñas escala a límites insospechados). De cualquier forma, dado que, como hemos dicho antes, el rollito que se traían él y Lakhi/Lydia era más que notable, vemos cómo ella recibe un correo electrónico suyo diciéndole que irá a Londres la semana siguiente. Esto, que parecía no tener ninguna relevancia al principio, poco después adquirirá una nueva dimensión: Chandra Lamba/Charlotte Lucas quiere invitarlas a que vayan a su boda, así que enviará cuatro billetes para que viajen a Los Ángeles la señora Bakshi/la señora Bennet con Lalita/Elizabeth, Jaya/Jane y Lakhi/Lydia, pero pasando primero unos días en Londres. Allí, Jaya/Jane se pondrá en contacto con Kiran Balraj/Caroline Bingley, y tanto ella como Lalita/Elizabeth y su madre irán a visitarla (de una manera parecida a como sucede en el libro con Jane, pero esta vez con más compañía de por medio). Sin embargo, ya sabemos que sus intenciones no son buenas: no le dice que el señor Balraj/el señor Bingley no está, que es realmente a quien ella quería ver, y encima comenta con malicia que se encuentra en Nueva York con sus padres, que querían presentarle a algunas chicas. Entretanto, la imprudente Lakhi/Lydia se reunirá a escondidas con Wickham, que vive bohemiamente en un barco.

Cuando están ya en el aeropuerto rumbo a Los Ángeles, las Bakshi/las Bennet van a encontrarse con Will/el señor Darcy, que precisamente también va para allá porque la boda entre el señor Kholi/el señor Collins y Chandra Lamba/Charlotte Lucas va a celebrarse en su hotel de Beverly Hills (ya se había hecho antes alusión a que el señor Kholi/el señor Collins y la madre de Will/el señor Darcy se conocían de llevar muchos años haciendo negocios juntos). Amablemente, el señor Darcy le cederá su sitio en primera clase a la señora Bakshi/la señora Bennet: la típica petarda que no para de quejarse por todo. Y, bueno, digamos que así Darcy consigue lo que quería: sentarse con Lalita/Elizabeth, a la que podrá finalmente confesarle que Wickham es un ser terrible y que los hermanos Balraj/los hermanos Bingley están muy presionados por sus padres respecto a con quién deben casarse. A su vez, y haciendo referencia ahora a cuando finalmente llegan a Los Ángeles, hay que decir que no se corresponde en absoluto con el libro que aquí el señor Kholi/el señor Collins esté tan obsesionado con el dinero y que tenga una casa bastante lujosa, pues se supone que en origen es un clérigo con una morada humilde (aunque, bueno, quizá pretenden hacer una mezcla entre eso y la obsesión que tiene con la voluptuosidad y la majestuosidad de las posesiones de Catherine de Bourgh en el libro, lo que sería una sagaz manera de reflejarlo). De cualquier forma, ya en el hotel se reunirán también con Will/el señor Darcy, que les presentará a su madre y a su hermana, Georgina Darcy (que comparte casi el mismo nombre con la del libro, que es Georgiana), y que, para mi sorpresa, está interpretada por Alexis Bledel, mi querida Rory Gilmore. Ahí veremos, por cierto, cierta malignidad en la madre, que hace unos comentarios algo desafortunados sobre la India que no le hacen ninguna gracia a Lalita/Elizabeth. Respecto a ésta y Will/el señor Darcy, la cosa va a ir avanzando y parece que están empezando a gustarse ya mutuamente, algo que se corona con una canción en tono romántico de los dos en diferentes escenarios estadounidenses hasta acabar en una playa con un coro enorme tipo góspel… ¡Que no se respire miseria!

El problema es que poco después de este despliegue sensiblero nos topamos con la boda, donde Will/el señor Darcy irá acompañado de Anne, a la que su madre presenta como su novia. Y la cosa, lejos de mejorar, se va a torcer aún más: en una charla que parecía tranquila entre Lalita/Elizabeth y Georgina Darcy, esta última sacará a colación, a raíz de comentar que el señor Balraj/el señor Bingley y su hermano están algo enfadados, que Will/el señor Darcy intentó convencerle de no casarse con una joven que había conocido en la India y cuya madre, obsesionada por buscarle un marido rico a su hija, era de lo más insoportable. Ella, jugando aquí un papel intermedio entre su personaje y el coronel Fitzwilliam, que es quien realmente se lo cuenta a Elizabeth en el libro, lo dice sin saber que se refiere a Jaya/Jane, pero desde ese momento empezamos a observar a una Lalita/Elizabeth de lo más molesta con esta confesión inesperada e inocente. Además, para colmo, aquí se le va a declarar Will/el señor Darcy justo después, lo que le genera mucha incomodidad a nuestra protagonista (al menos en el libro había un poco más de margen entre el descubrimiento de que él había estado detrás de la separación de los enamorados y la confesión de su amor por ella, algo que no hacía que quedara tan abrupto). De hecho, precisamente por eso, el desengaño aquí es más doloroso para Lalita/Elizabeth que en el libro, porque, a estas alturas del metraje, ya la veíamos bastante prendada de él y no como sucede en la novela, cuya estima por el señor Darcy empieza a crecer cuando él le confiesa el verdadero carácter de Wickham y tras la amabilidad que muestra en su visita a Pemberley con sus tíos los Gardiner.

En su viaje de regreso a Londres, vemos cómo Lakhi/Lydia vuelve a quedar con Wickham y, entretanto, vemos cómo Will/el señor Darcy va a visitar a Lalita/Elizabeth, a la que le da las explicaciones que aparecen en la carta del libro que él le entrega tras su rechazo: que impidió un posible matrimonio entre el señor Balraj/el señor Bingley y Jaya/Jane porque creía que ella no estaba enamorada, sino que estaba siendo presionada por su madre, y que Wickham es un impresentable que dejó embarazada a su hermana cuando tenía 16 años, fugándose con ella para intentar casarse por su dinero (como veis, aquí, en comparación con la novela, no se andan con chiquilladas, siendo palabras mayores lo que le achacan a Wickham). Y, en ese momento, Lalita/Elizabeth le confiesa horrorizada que Lakhi/Lydia ha huido con él. Tras una búsqueda exhaustiva por Londres, acaban pillándoles en el cine, donde se descubre todo el pastel y donde Will/el señor Darcy y Wickham tienen una pelea cuya inspiración yo aventuro a decir que proviene de la ocurrida en “El diario de Bridget Jones”. Y, para rematar con el tono exagerado de la cinta, Lalita/Elizabeth remata la jugada con una torta en la cara a Wickham, a la que le va a seguir justo después otra de Lakhi/Lydia. Eso sí, lo que también se separa de mala manera de la novela es ese arrepentimiento y vergüenza de la hermana menor por lo ocurrido, cuando en el libro, lejos de disculparse y de que todo acabe en nada, se termina por casar con Wickham ante los acuerdos que consigue el señor Darcy.

Y, encima, no sólo aquí se nos dice de golpe y porrazo que fue Will/el señor Darcy el que les encontró, perdiéndose toda esa oscuridad y discreción del personaje, sino que acto seguido se nos espeta que Jaya/Jane va a casarse con el señor Balraj/el señor Bingley, lo que precipita un final abrupto. Como último escenario, retornaremos de nuevo a la India para asistir a la boda. Allí, Lalita/Elizabeth descubrirá a Will/el señor Darcy tocando un tambor y totalmente mimetizado con el ambiente festivo de su país en una escena tremendamente exagerada y que roza la vergüencita ajena, lo que la hará caer rendida a sus pies y lo que conducirá a que, por fin, ambos se declaren mutuamente su amor. Y, al más puro estilo de Bollywood, se cierra la película con una canción que ya habíamos escuchado casi al inicio de la cinta, que está repleta de jolgorio y color, y que acompaña a las dos parejas recién casadas, recordándonos así —salvando las distancias, claro— a ese final de la película de “Juicio y sentimiento” realizada por Ang Lee en 1995 y al de la adaptación de la BBC de ese mismo año de “Orgullo y prejuicio” en formato de miniserie. En resumidas cuentas, estamos ante una película divertida, que se ve con gusto, que tiene canciones pegadizas y que, en un tono más actual, vuelve a la historia de “Orgullo y prejuicio”, si bien no de manera estricta, sí de una que resulta ligera y agradable de ver. Aunque uno no puede esperar gran profundidad ni demasiados recovecos en esta versión, se nota que está hecha con pasión y tiene pinta de que su realización supuso un disfrute notable para todos los implicados (al menos, a juzgar por las tomas falsas que aparecen en los créditos, donde se les ve pletóricos).

Orgullo y prejuicio (2005)

Ahora sí que sí, llegamos a una de las adaptaciones cinematográficas más conocidas de “Orgullo y prejuicio”: la película de 2005. Dirigida por Joe Wright, que dos años más tarde sería el artífice de la versión audiovisual de la novela de Ian McEwan “Expiación” (2001), de la que ya hablamos por aquí en su momento, es una cinta que sobrepasa por poco las dos horas de duración. Es quizá la única de todas con la que, en alguna ocasión, antes de leer la novela, me he podido cruzar; y, aunque no recordaba en absoluto su contenido ni quiénes interpretaban a las hermanas Bennet, Keira Knightley haciendo de Elizabeth se me quedó grabada y no pude leer el texto de Jane Austen sin tenerla presente (algo que me pasa también con Winona Ryder haciendo de Jo March en la adaptación de 1994 de “Mujercitas” [1868-1869]: no me puede parecer más perfecta para el papel). Además, a esto hay que añadirle que, si uno tiene alguna plataforma de series y películas, resulta difícil no haberse topado en alguna ocasión con su portada, donde, efectivamente, aparece nuestra heroína.

Sea como fuere, esta vez me he podido enfrentar a su visionado después de haber leído el texto en el que se inspira y teniendo ya presentes las adaptaciones que hasta la fecha he ido analizando por estos lares y, para mi sorpresa, ha pasado a ser de las mejores —puede que incluso hasta la mejor—. Y lo cierto es que no estaba la cosa fácil: no sólo tenía las expectativas bastante altas, dado que, entre las críticas leídas de las miniseries anteriores, solía salir siempre una referencia a la superioridad de esta cinta, sino que, como en mi cabeza Lizzy es Keira Knightley y no otra —una actriz que, además, me encanta—, me habría molestado mucho que me hubiera disgustado la adaptación. Sin embargo, lejos de eso, creo que, para su corta duración, y a pesar de ciertos cambios y licencias que se toma, que iremos detallando a lo largo de este escrito, cumple con creces con el traslado que se podía esperar de ella. De algún modo, ocupa en mi corazón —perdonadme la cursilada— el mismo lugar que lo hacía la película de Ang Lee de “Juicio y sentimiento” (de hecho, en ese caso, me parecía que casi mejoraba incluso el libro, explayando y perfeccionando ciertos aspectos poco desarrollados o más flojos de la novela, lo que es una excepción extrañísima). Pero vayamos ya al asunto que nos ocupa, que hay mucha tela que cortar.

Como creo haber recalcado ya suficiente, la Elizabeth Bennet encarnada por Keira Knightley no puede sino resultarme todo un acierto. Y es que, a ver, ¿quién mejor que ella para conjugar con esa destreza la mezcla de jovialidad, espontaneidad, frescura y lozanía de este personaje con su carácter reflexivo y su capacidad de importunar con ironía y gracia? ¿Cómo no vamos a entender al personaje de Andrew Lincoln en “Love Actually” (2003) cuando no se puede resistir a ella? ¿Hay una risa más adorable que la suya, combinada con esos ojos grandes y expresivos? Además, su belleza no es tan corriente y canónica como la de su hermana mayor y, sin embargo, entendemos perfectamente su atractivo. Aunque hay que decir que, ¡por fin, por fin, por fin!, después de muchos desencantos respecto a este asunto, tenemos a una Jane Bennet muy acorde con lo que creemos que se deriva del libro y, desde luego, completamente en sintonía con la que imaginaba quien escribe estas líneas: Rosamund Pike dota a este personaje de una hermosura que puede ser constatada por cualquiera y, a su vez, no le quita ni un ápice de su dulzura y bondad, respetando al mismo tiempo cierto distanciamiento en sus maneras que la hace tan etérea y despojándola de cualquier rastro sensiblero. Por su parte, tenemos a una Mary —Talulah Riley— que, pasando desapercibida y no siendo tan exagerada como la de otras versiones, consigue transmitir bien su naturaleza: la vemos en varias ocasiones leyendo la Biblia discretamente, otras tantas haciendo alarde de su poco talento con la música y, de vez en cuando, soltando también frasecitas moralizantes que pretenden poner en evidencia el comportamiento no siempre ejemplar de algunas de sus hermanas. Asimismo, las dos más pequeñas están tan insoportables, escandalosas y cansinas como de costumbre: un tándem que consiguen llevar con tino Carey Mulligan haciendo de Kitty y Jena Malone encarnando a Lydia. Por último, también estos señores Bennet están a la altura del resto de miembros de su familia: una mezcla que consiguen Brenda Blethyn y Donald Sutherland, especialmente este último, que vuelve a envolver de empaque, ternura y humor al señor Bennet, un personaje peculiar del que es difícil no encariñarse. Poco más puedo decir de un conjunto que funciona tan bien. ¡Ésta es, sin duda, mi cuadrilla Bennet preferida de todas las vistas hasta ahora!

Y, sin embargo, lo mejor (o, siendo más exactos, lo que era más difícil de conseguir) está todavía por llegar: ¡un señor Darcy como Dios manda, interpretado por mi queridísimo Matthew Macfadyen! Tengo que reconocer que, pese a mis dudas iniciales, me ha convencido de pleno la elección de este actor. Quizá tuviera algunos reparos porque tengo demasiado presente, por su reciente cierre, a Tom Wambsgans, el personaje que interpreta en la serie “Succession” (2018-2023), que no tiene absolutamente nada que ver con el galán de Jane Austen, pero también es verdad que interpretó en su momento a Hareton Earnshaw en la adaptación de 1998 de “Cumbres Borrascosas” (1847), por lo que no es su primera inmersión en los clásicos decimonónicos, en los que claramente se desenvuelve con soltura. Sea como fuere, no puede estar más acertado aquí, tanto físicamente como en cuanto a temperamento (por no hablar de su voz y de su perfecta dicción, que hace que sea ineludible verla en versión original, ya que el doblaje al español no le hace justicia). ¡Tiembla, Colin Firth! ¡Te han adelantado por la derecha! Luego hablaremos específicamente de ciertas escenas concretas, pero…, ¡ay!, ¡qué parejón hacen él y la Lizzy de esta versión! Creo que el señor Darcy de la cinta de 2005 resulta arisco y seco en su justa medida: una mezcla muy pertinente entre el David Rintoul de la miniserie de 1980, quizá excesivo en cuanto a adustez, y el mencionado actor inglés de la de 1995, menos hosco que el de la novela.

Yendo ahora al resto del elenco, he de decir que este señor Bingley, interpretado por Simon Woods, no me acaba de encajar del todo en cuanto a apariencia y me parece un poquito simple de más, aunque desde luego sí que creo que consigue reflejar muy bien la ingenuidad e inocencia bondadosa del personaje en el que se inspira, así como el puro y transparente amor que siente por Jane Bennet. Por su parte, aquí se prescinde de una de las hermanas y sólo se nos traslada a Caroline Bingley, la que tiene mayor peso en el texto escrito, a la que da vida Kelly Reilly, que es capaz de reflejar con tino mediante sus expresiones, gestos y comentarios desafortunados el asqueamiento que le produce el provincianismo que rodea Netherfield y, especialmente, la figura de Elizabeth, por la que guarda una tirria especial. A su vez, creo que la Charlotte Lucas de Claudie Blakley, sin destacar en exceso, aunque manteniéndose poco agraciada, cumple su función como confidente de Lizzy y consigue también hacer hincapié en su practicidad a la hora de emparejarse. Y ya que hablamos de ella, cómo no mencionar también al señor Collins, interpretado aquí por Tom Hollander, que tampoco es nada del otro jueves en la película de 2005, pero que sí tiene todo lo necesario para cubrir el expediente. Por su parte, tengo que decir que el George Wickham de esta versión, al que da vida Rupert Friend, sin ser tampoco parecido al que yo me imaginaba, tiene al menos un cierto atractivo y unas pintas que se entiende que puedan llamar algo la atención de las jóvenes —esa coleta rubia baja tiene su aquel—, sobre todo si lo comparamos con quienes con tan poco acierto ocuparon su lugar en las adaptaciones anteriores. (Como curiosidad, mantuvo una relación con Keira Knightley durante cinco años a raíz del rodaje de esta película.) Respecto al resto de secundarios, cabe decir que cumplen con las expectativas, especialmente la radiante Judi Dench haciendo de la quisquillosa lady Catherine de Bourgh.

Y ya dejando a un lado los personajes y adentrándonos en la forma en la que esta película adapta el libro, no podemos perder de vista que su duración es limitada y que, por ende, la trama no puede tener un gran desarrollo. Aun con todo, los artífices de esta obra audiovisual consiguen que la evolución de la historia sea siempre sosegada, logrando una continuidad y armonía alejadas de atropellos y de cambios bruscos. Y esto, como decimos, tiene su mérito para el poco metraje con el que cuentan. Asimismo, cómo no hablar de lo bellamente ambientada que está, con un vestuario y unos decorados impecables, y de su muy conseguida banda sonora, de la mano de Dario Marianelli (compositor, entre otras, de películas como “V de Vendetta” (2006), la adaptación de 2011 de “Jane Eyre” (1847) o la ya citada “Expiación” (2007), por la que ganó el Óscar). Es una cinta cuyo visionado resulta muy reconfortante, al notarse el cuidado que se ha puesto en sus localizaciones y en algunas de sus escenas, tan bien compuestas que parecen cuadros. A su vez, hay que resaltar también una mayor presencia de aspectos rurales que la que había en las que la preceden, con secuencias en las que vemos en primer plano la vida de campo, y una cierta tendencia por escenarios oscuros. Y aunque ese afán por mostrarnos ambientes lúgubres pueda cumplir su cometido a la hora de desvincular las obras de Jane Austen de ser meras novelas románticas y felices en la campiña inglesa —algo que son, pero no solamente—, a veces notamos que se fuerza un poco su uso, pareciendo que estamos más en una novela de las hermanas Brontë que en una de la escritora de Steventon. Aun así, poco puedo objetar de los aspectos formales de esta cinta, que superan con creces los de las analizadas hasta la fecha.

Yendo ya a detalles más concretos, de entrada cabe destacar cómo en los primeros compases de la película se nos introduce a las hermanas Bennet mediante ese recorrido de la cámara por la casa y esa melodía de fondo: una sutil forma de que nos hagamos una idea del carácter de cada una de ellas en unos pocos segundos y simplemente viendo cómo se mueven y entran en escena. Y es que precisamente esa utilización de los recursos cinematográficos para transmitir ideas que no tengan que ser explicitadas mediante la palabra, sino que se dejen entrever en los detalles, es una constante durante toda la cinta: algo que, como sabéis, valoro especialmente. En este sentido, tengo también que decir que me resulta muy acertada la forma en la que esta adaptación incluye momentos de calma en los que sólo observamos a una Elizabeth reflexiva, como cuando está dando vueltas en el columpio en Longbourn; confusa, como en casa de Charlotte tras la proposición del señor Darcy; o sufriendo, como en el carruaje durante la vuelta precipitada de Derbyshire con sus tíos por la noticia de la fuga de Lydia y Wickham. En este último caso, además, se refleja muy bien el dolor de Elizabeth en ese primer plano en el que la vemos llorando, pues no sólo teme la deriva de su hermana, sino que también tiene la sospecha de que quizá no vuelva a ver nunca más al señor Darcy, precisamente ahora que le empezaba a interesar y que se había comportado de una manera tan afable con ella y su familia.

Tengo que decir que me gusta mucho que esta película dedique un tiempo a cómo Elizabeth busca a Wickham por todo el baile después de haberse engalanado: una nueva apuesta acertada por reflejar la predilección que siente por él (en contra de aquellas versiones que optaban por mostrar el asunto a la inversa). Además, creo que es mucho más sutil plasmando el carácter de la señora Bennet en la velada que lo que hemos acostumbrado a ver en los distintos traslados audiovisuales, consiguiendo incorporar sus constantes referencias a los bienes de los caballeros y a la posibilidad de que el señor Bingley se acabe casando con su hija Jane, pero sin forzar que el señor Darcy oiga con pelos y señales cada comentario que hace a este respecto, asistiendo más bien a su perpetuo chismorreo de fondo y a una contemplación discreta y en la distancia de sus exorbitantes hijas pequeñas. Asimismo, no sólo la secuencia del baile que comparten Elizabeth y el señor Darcy es especialmente bella, sino que también se rescata un comentario muy relevante de Charlotte a Lizzy que creo que es la primera vez que se lleva a la pantalla y que, sin embargo, mirándolo en retrospectiva, augura muy bien cómo se va a desarrollar la historia: cuando ésta plantea los peligros de que Jane no sea demasiado explícita con el señor Bingley, lo que le puede dar la impresión al joven de que no está enamorada de él. De hecho, en este sentido, ¡qué manera tan elegante tiene esta película de mostrarnos que los hermanos Bingley y el señor Darcy se marchan a Londres con ese primer plano de una carta para Jane que proviene de Netherfield, complementada acto seguido con una escena en la que les vemos marchar!

A su vez, hay que decir que una cosa curiosa de esta película es que, aunque casi todo el contenido del libro está presente, muchas de las partes han sufrido ciertos cambios en su traslado al lenguaje cinematográfico. Por ejemplo, llama la atención que, aunque el encuentro entre el señor Darcy y Wickham tenga lugar, aquí no sea en Meryton y sí cuando están de regreso las hermanas Bennet y el oficial (eliminando, por cierto, la presencia del señor Collins). Esto, que en sí mismo no es excesivamente relevante, se vuelve algo molesto cuando apreciamos que hay un río que separa a esta jovial pandilla y a los dos caballeros, lo que hace que el encontronazo esté muy lejos de ser tan impactante como se nos describía en la novela. También me parece demasiado abrupta la incorporación del señor Darcy en Rosings, que se produce en la primera visita de Elizabeth a la casa de lady Catherine. Y precisamente respecto a esta última no me acaba de convencer tampoco el momento en el que se produce su visita a Longbourn para hablar con Lizzy sobre los supuestos rumores amorosos que corren sobre ella y su sobrino, pues peca, de una manera forzada, de ser en un contexto nocturno que no viene mucho a cuento. Y es que, sinceramente, ¿era necesario que este encuentro se produjera por la noche, cuando ya todos están en sus respectivas habitaciones a punto de dormir? (Aunque hay que decir que la secuencia previa, donde se nos hace un recorrido con la cámara desde fuera por las distintas estancias, observando qué mantiene ocupados a los distintos miembros de la familia Bennet, es fantástica, recordándonos a la delicadeza de la escena inicial que antes mencionábamos.)

Y si ya antes apuntábamos que el señor Darcy de Matthew Macfadyen se come con patatas al de Colin Firth, ahora vamos a hacer alusión a los dos momentos estelares que tiene en esta película. ¡Cómo olvidar esa escena en la que, después de que Lizzy descubra que el señor Darcy estuvo detrás de la separación del señor Bingley y Jane, él se le declare! Y digo cómo olvidar porque aquí ocurre al aire libre, en un escenario bucólico y con lluvia de por medio… Emily Brontë, ¿eres tú? Por mucha potencia visual y narrativa que tenga este momento, y por mucho que disfrutemos de ver cómo están a punto de besarse después de reproches mutuos, bien sabemos que no se corresponde con lo sucedido en el libro, que tiene lugar en un ambiente mucho más prosaico —la casa de Charlotte y el señor Collins— y sin tanta tensión sexual de por medio. Además, aquí el señor Darcy le suelta demasiada información a Lizzy, alguna de ella contenida en la carta que en el libro le entregará después; tanta, que yo creía que hasta iban a omitir este momento… Pero, por suerte, no: también existe la misiva. Sin embargo, en vez de dársela en el paseo favorito de Hunsford de Elizabeth, se la da en la casa de su amiga, en una secuencia donde prima la lobreguez que antes señalábamos que reina en esta adaptación, y casi como si fuera una imaginación de ella y no la realidad. Y volviendo ahora al otro momento álgido de los dos enamorados, ¡cómo pasar por alto esa aparición del señor Darcy, con ese halo de misterio, entre esa niebla de fondo y la declaración entre ambos justo antes de amanecer! ¿Es inventada? Sí. ¿Es demasiado romántica y pasional si la comparamos con la del libro? Por supuesto. Pero… ¿y lo bonita que es?

Sin duda, creo que la parte más cambiada respecto al libro es la del viaje de Elizabeth con sus tíos los Gardiner a Derbyshire, especialmente lo que atañe a la visita a Pemberley. Si bien la escena de Elizabeth caminando fascinada por toda la ristra de esculturas que tiene el señor Darcy es muy hermosa, no me convence nada lo de que vea desde una puerta entreabierta a Georgiana —Tamzin Merchant— y al señor Darcy en una de las estancias de la mansión, sobre todo porque se pierde toda la gracia del encuentro inesperado entre ambos personajes (hay que decir que, con mucha diferencia, la de 1980 es la que con mayor fidelidad trasladó este momento). Además, aunque ambos tengan un encuentro posterior bastante incómodo que sería algo equivalente al de la novela, lo de que sus tíos ya se hubieran ido y que ella vuelva sola andando a donde está alojada con ellos no acabo de entenderlo. De hecho, en vez de haber respetado un poco el contenido del libro, con ese agradable paseo de los cuatro por los jardines de Pemberley, aquí se nos traslada con un encuentro de sus tíos con el señor Darcy en lo que parece la taberna de la posada donde se hospedan, donde les invita a ir otro día a su casa y que así Lizzy conozca a su hermana. A su vez, tampoco me gusta cómo está escenificado el momento en el que recibe y lee la carta de Jane, porque están como sus tíos y el señor Darcy esperando su respuesta (en vez de ser algo mucho más sorpresivo e inesperado), además de que este último vuelve a expresar erradamente algo que ya critiqué en la adaptación de 1995: que todo lo de Lydia y Wickham es culpa suya porque debería haber desenmascarado antes al oficial. ¡Mira que hacerme esto…, con lo sutil y elegante que os estaba quedando la película!

Además, hay que decir que, una vez en Longbourn, los acontecimientos ligados a Lydia y a Wickham se suceden demasiado deprisa: es aterrizar Elizabeth y prácticamente llega la carta con las condiciones que plantea el señor Gardiner para que prospere el matrimonio de su sobrina y, acto seguido, tenemos en el hogar de los Bennet a los recién casados. A su vez, para ahorrar tiempo, aquí es Lydia la que le suelta a Elizabeth la implicación del señor Darcy en todo este encaje de bolillos. Sin embargo, de esta parte final de la cinta también hay cosas muy salvables, como el hecho de que se mantenga que, cuando el señor Bingley y el señor Darcy regresan a Longbourn, este último vuelva a mostrarse frío y altivo, con unas maneras muy alejadas de la afabilidad que exhibió en Pemberley (lo que claramente notamos que molesta bastante a Elizabeth, que ve cómo sus esperanzas sobre que la estima entre ambos había cambiado chocan de lleno con su imperturbabilidad habitual). Eso sí…, habiendo reflejado esto tan bien, ¿por qué trasladar una terrible secuencia, por explícita y redundante, donde vemos las cavilaciones del señor Bingley con el señor Darcy sobre cómo ha ido el encuentro con las Bennet y cómo pedirle matrimonio a Jane? Nuevamente, se pierde el factor sorpresa por el camino, lo que es un desacierto molesto (sobre todo porque podía haberse evitado con facilidad). Quiero decir: si vamos a ver cómo se va a declarar poco después, que es precisamente lo que parecía que iba a ocurrir en esa primera visita y lo que todas las Bennet esperaban, ¿para qué inventar una escena así?, ¿qué aporta al conjunto, más allá de quitarle toda la gracia al momento?

Aun con todo, y por ir concluyendo ya este pequeño análisis, no podemos dejar de hacer alusión al cierre de esta película: la afectuosa conversación que Lizzy mantiene con su padre sobre la proposición de matrimonio del señor Darcy y, como colofón, ese comentario socarrón del señor Bennet sobre que, si hay otro caballero dispuesto a pedir la mano de otra de sus hijas, que no dude en hacerlo, que tiene tiempo de sobra. No obstante, hay un final alternativo, del que sólo pudo disfrutar el público estadounidense, pues para el europeo se dejó el que acabo de señalar, donde se nos plantea una secuencia que tiene bastante de pastelón y que se cierra, además, con ese beso que muchos creen que falta en la película (algo que no comparto en absoluto). A mí, personalmente, no me convence nada, sobre todo porque me parece que rompe de lleno con el estilo contenido y elegante que la cinta se había esforzado en mantener durante todo el metraje, dejándolo todo masticadito y proponiendo un desenlace excesivamente trillado y canónico. Una curiosidad que, en cualquier caso, dejo por aquí para aquellos que no la conocían, pero que, como digo, agradezco que no tuviera buena acogida a este lado del charco. En resumidas cuentas, creo que, con sus luces y sus sombras, la película de 2005 de “Orgullo y prejuicio” no sólo convencerá a los amantes de la novela de Jane Austen, pese a los cambios que contiene y a una intensidad pasional bastante más elevada que la descrita en el texto original, sino que también puede ser una muy buena carta de presentación para aquellos que no se hayan adentrado aún en el universo de la escritora inglesa y que, sin embargo, tras el visionado de esta cinta no puedan evitar hacerlo.

Conclusión

A pesar del batiburrillo de obras audiovisuales que hemos desbrozado en este artículo, la conclusión va a ser más bien escueta; y es que, si nos ceñimos a las adaptaciones cinematográficas estrictas de “Orgullo y prejuicio”, aquí sólo nos topamos con una: la de 2005. En este sentido, me gustaría volver a reiterar la calidad del conjunto, especialmente la elección tan acertada del elenco y la estupenda ambientación. Aun con licencias, es difícil no considerar la película de Joe Wright como uno de los más bellos y pertinentes acercamientos a la novela de Jane Austen. En otra liga, y como una aproximación infinitamente más festiva y ligera, “Bodas y prejuicios” es agradable de ver, aunque se encuentre a años luz del texto escrito, mientras que “El diario de Bridget Jones” es recomendable como comedia romántica en general, disfrutable para el espectador medio y, como aliciente añadido para los curiosos, interesante por las referencias constantes al libro de la autora inglesa. Por último, en el eslabón más bajo no podemos sino situar “Orgullo y prejuicio: una comedia de los últimos días”, la cutrilla y superficial traslación actual que siempre suele haber de este tipo de novelas y que, sin aportar nada de interés, nos sirve muy bien como ejemplo paradigmático de la vestimenta hortera de principios de los 2000 típica de estos productos de bajo presupuesto, así como el capítulo “Furst Impressions” de la serie “Wishbone”, sobre todo por lo anecdótico de lo que cuenta en relación con el tema que nos ocupa. En resumidas cuentas, si queréis una adaptación fiel de “Orgullo y prejuicio” y que aprovecha al máximo los recursos audiovisuales, ved la cinta de 2005; si queréis pasar una buena tarde de domingo sin encontraros apenas con Jane Austen, disfrutad de la compañía de Bridget Jones; y, si os complace el colorido y el ambientillo del cine indio y no os molesta ese cambio de contexto respecto a la obra original, dadle una oportunidad a la película dirigida por Gurinder Chadha. ¡Ánimo, queridos lectores, que ya sólo nos quedan otras tres partes más!

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