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Love (2016-2018)

Si hay una serie a la que le tengo especial cariño, esta es, sin duda, “Love” (2016-2018). No os dejéis engañar por su título, un tanto minado, y haced el favor de verla. Protagonizada por Gillian Jacobs y Paul Rust (también co-creador y co-guionista), la historia ahonda en el proceso de conocer a alguien y en las muchas fases por las que puede llegar a pasar una relación desde que empieza hasta que se asienta. Si esta premisa no os resulta lo suficientemente atrayente, os puedo garantizar que tiene unos personajes inolvidables, sustentados por un guion irónico, ácido y original. Si ni siquiera todas estas razones os valen, espero que este análisis consiga generar algún interés en vosotros (aunque, si no la habéis visto aún, os aviso de que no me voy a cortar a la hora de hablar de algunas escenas; lo aclaro ya, por si preferís esperar a verla). Me da la sensación de que esta serie ha pasado desapercibida, por ser de Netflix y por tener un título y una portada que no destacan frente a infinitos contenidos absolutamente mediocres. Sin embargo, me parece que tiene mucho más fondo del que podría parecer en un principio. Por esta razón, así como por mi evidente predilección por los temas que trata, no descarto volver sobre ella en algún otro momento. Pero, por ahora, y sin más dilación, empecemos.

Los restos del día (1989)

Hoy vengo a hablaros del libro “Los restos del día” (1989), del japonés —afincado en Inglaterra y ganador del Nobel de Literatura en 2017— Kazuo Ishiguro. La realidad es que no me va a resultar nada fácil hacerlo, por ser un libro algo atípico en aquello que nos cuenta y en la manera de hacerlo, pero voy a hacer un esfuerzo por hacerme entender. “Los restos del día” nos plantea el viaje en coche de un mayordomo, mister Stevens, durante el que reflexiona sobre sus viejos tiempos en una gran casa, Darlington Hall, en la que sigue trabajando aún, aunque ahora a las órdenes de un diferente patrón. La narración combina presente y pasado, poniendo de relieve aquellos momentos más significativos de la vida de nuestro protagonista, y permitiendo de ese modo que entendamos mejor cómo es y la manera que tiene de comportarse.

COVID-19. Primera parte: cuatro ideas sobre el coronavirus chino y la imbecilidad humana

Deseamos que estéis aprovechando estos momentos del año —esta vez, sin primavera— para disfrutar del confinamiento con moderación; así como empleando bien el tiempo a través del deleite intelectual que pueden dar la lectura, el cine, la música y demás artes solitarias. Y que, a su vez, estéis cumpliendo con vuestros deberes, asuntos o importancias del día a día con madurez —sobre todo si implican salir de casa—. Mientras tantos otros pensadores llevan desde el principio de esta coyuntura pandémica dando batalla desde variopintos lugares —teóricos e ideológicos— e intereses —dignos e indignos—, nosotros hemos querido esperar para tomar mayor perspectiva y dejar que las ideas fermentaran. Pero ya ha llegado el momento de decir un par de cosas, sobre todo acerca de lo que ha causado esa entidad microscópica, a medio camino entre lo vivo y lo inerte, llamada SARS-CoV-2: el famoso virus chino con pinta —echándole mucha imaginación— de corona. Eso sí, los que quieran respuestas simples, ya adelantamos que no las hay y que van a quedar muy desilusionados; salvo que acepten aquella generalidad simplísima de que esto se debe a una mezcla explosiva de imbecilidad y egoísmo —como siempre—, pero no atesorada únicamente por una camarilla de líderes zopencos, sino por un conjunto lo suficientemente amplio de la sociedad, compuesta por millones de hombres, donde posiblemente esté incluido usted, querido lector (esperamos que, en caso afirmativo, tenga a bien reconocer su parte de responsabilidad y no prosiga en el resentimiento). Esta es la primera parte de este tema, la cual se centrará en la cuestión política y técnica. Empecemos.

La hora final (1959)

Nos vamos acercando al final de esta travesía, que, poco a poco, va quedando más como una primera aproximación a la historia del cine de ciencia ficción que como un análisis en profundidad. Con todo, somos jóvenes, así que ya habrá tiempo para volver, ser más rigurosos y enmendar errores. Hoy toca centrarse en una película representativa —y, probablemente, poco conocida— del lustro que va de 1955 a 1960. Estamos en ese momento de brillo cegador, cual efervescencia de almendro en plena primavera, imposible de delimitar con precisión… Ya veréis en el artículo final cómo nos va a costar decidir cuál sería esa película digna de considerarse la mejor de la década. Pero, antes, no descuidemos el contexto y comentemos algo del resto.

El hombre del traje blanco (1951)

Antes de invitaros a descubrir esta obra maestra, si no la conocéis ya, vamos a dedicar un par de líneas a pensar qué está pasando en los años 50 respecto al cine de ciencia ficción. La moda de las películas de terror de baratillo con reanimaciones y cerebros parece ir llegando a su fin, no sin antes dar sus últimos coletazos en la frontera con el nuevo tema: la velada —o no tan velada— referencia a la Guerra Fría y lo nuclear. Encontramos en el primer lustro de los años 50 muchas peliculillas de monstruos, siendo en este caso fundamental lo nuclear o la radiación (el caso más conocido es la primera de “Godzilla”, de 1954). Con todo, hay una película de este subgrupo que merece una mención. Antes de comenzar a repasar el resto de las películas interesantes que no llegaron a ser las más representativas, he de reconocer que, salvo “Ultimátum a la Tierra”, de 1951, y la película del lagarto japonés, el resto de obras aquí comentadas —el caso del capitán Nemo lo cuento también como novedad porque la vi hace 20 años y se me podía pasar— se las debo al mismo que el análisis de la década de los 60. Y, en el caso de “La humanidad en peligro” (1954) —una película que se sustenta en la premisa de la aparición de hormigas mutantes gigantes—, ni jarto del más canónico Vodka podría haber sospechado que podría merecer la pena. De igual manera, pero con menos radicalidad, ha ocurrido con la película que hoy os vengo a recomendar, dado que mi corta experiencia me sugería no acercarme demasiado a todo lo que mezclara comedia y ciencia ficción; pero claro, la comedia inglesa no es cualquier comedia, y esta es una de esas realidades que sólo se empieza a descubrir con la edad. Entremos ya en materia, aunque comentando primeramente un par de cosas más sobre la obra de Gordon Douglas y acerca del resto de cintas que se han quedado fuera.

Punto Límite (1964)

Aquí estamos un día más. Hoy toca analizar un poco lo que pasó con el cine de ciencia ficción en la década de los años 60. Estamos hablando del final de la edad dorada y, como no podía ser de otra manera, nos encontramos ante variedad, cantidad y calidad. Antes de empezar propiamente a repasar el contexto, tengo que reconocer que nos adentramos en una época tan brillante como poco conocida para un servidor: salvo el conocimiento de algunos clásicos, era plenamente consciente de que había muchas grandísimas películas, bastantes obras maestras e innumerables cintas lo suficientemente interesantes para, por lo menos, ser vistas una vez…; una nebulosa por la cual navegaría en solitario en penumbra. Una lista exigente se iba perfectamente a 50 películas, y es imposible, dentro de los márgenes de tiempo donde se mueve este humilde análisis, atender a tanto y tan bueno, con el peligro a su vez de, por ignorancia, dejar alguna que mereciera la pena fuera. En este sentido, tengo que reconocer que he pedido consejo a un gran sabio y que este me ha mostrado el camino para no morir en el intento. Hechas estas apreciaciones, entremos en materia.

La señora Dalloway (1925)

Por mucho que me duela admitirlo, me decidí a empezar este libro porque aún no me había puesto a leer ninguno de la tan conocida autora inglesa Virginia Woolf. Lo cierto es que tenía especiales ganas y bastantes expectativas con “La señora Dalloway” (1925), que es el libro al que voy a dedicar mi análisis de hoy. Sin embargo, he de reconocer que no me ha resultado una lectura fácil y accesible, sino, en parte, tediosa y fragmentada. Por mucho que sea la historia de un día en la vida de Clarissa Dalloway, señora de la alta sociedad londinense de principios del siglo XX, y que, por tanto, pudiera parecer que todo va a suceder con cierta fluidez y ritmo, aquí se concatenan los pensamientos de dicho personaje y de algunos otros que se van sucediendo en la trama, lo que provoca que cueste encajar al principio lo que se nos cuenta en un todo con sentido. Por ello, puede que hablar de “trama” sea algo pretencioso, dado que este libro carece en buena parte de la misma, resultando más bien un compendio de pensamientos, en muchas ocasiones excesivamente interesantes, pero en otras algo deshilachados, de la vida de estos individuos. Eso sí, he de reconocer que, si uno afronta de buena gana el hecho de que el libro no esté separado por capítulos o partes —lo cual admito que es una gran molestia para mí—, puede llegar a disfrutar de ciertas ideas que va soltando la autora, y encontrar en todas ellas un cierto núcleo común, que creo que es el que hace aguantar al libro e impide que caiga en un mero flujo de pensamientos con más o menos interés para el lector. Por eso, frente a un desazón inicial, al final me he alegrado de leerlo. Creo que plantea cuestiones valiosas, si bien dista mucho de ser, a mi parecer, la mejor manera de tratarlas.