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Lo último

Una apuesta por la duda

A raíz del artículo “El beneficio de la duda” de Guillermo Altares, publicado en El País hace unas semanas, escribo hoy aquí. Porque nunca es tarde si la dicha es buena. Como tampoco viene mal recordar, una vez más, la duda de Sócrates, incluso la de Descartes. La duda, al fin y al cabo. Pero no la duda perdida, no la duda posmoderna ni líquida, sino la duda que repiensa, que vuelve a lo de siempre para matizarlo, para encontrar algo que se hubiera perdido por el camino. ¿No es este acaso el camino de la filosofía? ¿No es esta la esperanza del filósofo cuando abre cualquier libro de un pensador? No es tanto el afán de encontrar respuestas, sino la necesidad de que queden formuladas nuevas preguntas, nuevos interrogantes.

Monólogos disfrazados de diálogos

Si en algo podemos estar de acuerdo todos o la mayoría de personas es que no nos gusta que nadie nos imponga su opinión como absoluta. Pero, ¿acaso toda idea que sustenta alguien debe tomarse como una verdad que no admite discusión? Nos encanta siempre poner en boga la manida apuesta por el diálogo, pero este último no tiene ninguna relevancia en lo que hacemos, que meramente podría entenderse bajo el nombre de monólogos que no buscan ningún tipo de acuerdo, sino que ya parten de la premisa errónea de una verdad inamovible. Se nos llena la boca de palabras malsonantes cuando alguien pretende ponérsenos por encima sin que haya mediado la discusión en el proceso; pero, nosotros, entretanto, no nos olvidamos en ningún momento de nuestra postura, la cual somos incapaces de recular o matizar en los supuestos diálogos que compartimos con los otros. Si tan seguros estamos de ella, ¿por qué nos molesta tanto que alguien nos la cuestione? ¿Por qué nos ofendemos a la mínima de cambio y a la menor broma sobre algo que para nosotros es tan fundamental u obvio? ¿No será que nuestra vaguería llega a unos límites insospechados y que lo que nos da miedo es dialogar, por si de repente alguien nos pone en duda algo que defendemos con tanto ahínco? ¿No será que tenemos miedos o intereses que no queremos que salgan a la luz?

Desafío total (1990)

Nada mejor para afrontar el periodo navideño que un poquito de Verhoeven y, así, terminar de reír o llorar. Hoy os traigo la que a día de hoy me parece su mejor película, a falta de volver a hacer un ciclo sobre este complicado autor. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. En su momento, cuando le descubrí, casi por casualidad y después de sufrir un primer visionado de “Starship Troopers”, quise buscar información sobre él inmediatamente, dado que esta última me había impresionado en todo lo bueno y en todo lo malo. De hecho, terminé valorándola como ejercicio de humor negro inteligente. Pero claro, al visionar alguna de sus otras películas, entre las que se encontraba la que hoy vamos a tratar, reconozco que el afán explícito y oscuro de sus brigadas espaciales me hicieron sesgar mi mirada y sólo atender a este mismo aspecto en el resto de sus películas, no tragando ninguna de ellas y dándole carpetazo al asunto como si de un David Fincher con su “club de la lucha” se tratara. Todo un error. Lo bueno es que el destino quería que le diera una segunda oportunidad, pues alguien a quien respeto y considero un maestro me indicó que había sido injusto con esta cinta; y no podía tener más razón.

China: primera aproximación

Tomando como pretexto la estancia de Xi Jinping en España, aprovecharemos para dar unas pinceladas sobre la importancia de la visita de este líder político, en calidad de presidente de la República Popular China, a nuestro país. Vamos a empezar reconociendo que la importancia de China en el panorama global hoy en día es capital, por lo menos al nivel de Estados Unidos. Solo hace falta ojear los datos disponibles para darse cuenta de que se sitúa en el primer puesto o, como mucho, en el segundo respecto a su poder económico, así como en lo concerniente a lo militar. Por lo tanto, podemos deducir que pensar en China no es un capricho, sino una necesidad para poder entender el mundo en el que vivimos y su proyección futura; de ahí que sea tremendamente preocupante la poca importancia que se le suele dar en los medios de comunicación, sobre todo, si lo comparamos con las muchas noticias que nos llegan del país norteamericano. Todos hemos visto, leído y escuchado qué clase de hombre es Donald Trump, pero en cambio no tenemos ni idea de quién es Xi Jinping. Resulta difícil encontrar a alguien que pueda afirmar algo positivo de Trump, aun reconociendo todos que es el legítimo presidente de Estados Unidos y que ha sido elegido por sufragio universal. Evidentemente, la institución yanqui del colegio electoral despierta ciertas reticencias en el ciudadano europeo; pero, en cualquier caso, todo el mundo reconocería que en Estados Unidos se puede votar libremente y que existen una variedad de partidos que pueden ganar. Sería mentira decir que Estados Unidos no es una democracia, pero China, ¿qué es?

Sobre familias y parejas: encuentros falazmente inevitables y virtuosos

De un tiempo a esta parte, me vengo percatando de que cada vez es más habitual que las personas lleven a sus parejas al encuentro con sus respectivos familiares tan pronto como se les presente la ocasión. Es decir: así, de golpe y porrazo, uno ya no sólo tiene que ir a las reuniones familiares que le atañen, sino también a las de la familia de su compañero de crimen. De este modo, uno debe sepultar y dar por perdidos los encuentros a pequeña escala; pues, en cuanto las parejas de nuestros familiares allegados empiezan a acudir a cualquier tipo de reunión que se preste, la cifra de invitados aumenta el doble sin que a uno le dé tiempo a asimilarlo. Y uno nunca tiene suficientes sillas para semejante festín.

El cine actual: la “secuelitis” o el desierto del talento

Venimos comprobando que, desde hace un tiempo a esta parte, la cantidad de secuelas, precuelas, reinicios y demás refritos aumentan en una proporción asombrosa respecto a las viejas historias que solíamos ver en la gran pantalla. Esta es una tendencia que recorre todas las artes e incluso gran parte de los productos: desde películas a juegos, pasando por series y reediciones de viejas consolas en miniatura, que terminan por colmar el panorama consumista. Además, se da una cierta tendencia fetichista en sectores todavía elitistas de, por ejemplo, sacar cámaras a precios desorbitados, restando características artificialmente dentro de lo que la propia tecnología ofrece. No olvidemos tampoco esa predilección tan delicada, si se toma en serio, de las adaptaciones: habiendo quedado atrás las versiones cinematográficas de libros, ahora parece que cualquier historia puede peregrinar por el espectro consumista sin ningún tipo de precaución o cuidado. ¿Y por qué ocurre todo esto? Se podrían discriminar tres facetas íntimamente relacionadas: primero, estaría el peso del mercado; después, el peso de la tecnología; y, por último, la vulgarización del hombre masa.

¿Por qué Zoon politikón?

La respuesta corta es sencilla: se podría decir sin miedo que somos un animal que habla, o, mejor dicho, que ningún animal salvo nosotros habla. Por tanto, no es difícil argumentar a partir de aquí que, de esta capacidad que sólo nosotros tenemos, dependen todas las facetas y cuestiones de lo humano. Pero claro, la respuesta corta, aun evidente y digna de mención, visto el envilecimiento de nuestros días resulta falta de profundidad, por lo que intentaremos ahondar un poco más en el tema a modo de primera aproximación.

Plenilunio (1997) 

“Plenilunio”, obra escrita en 1997 por Antonio Muñoz Molina, es una novela que dentro de unas coordenadas que se han repetido hasta la saciedad, como pueden ser los asesinatos y las relaciones personales, va más allá, aportando un grado de reflexión del que carecen otras obras que, en apariencia, podrían tratar sobre los mismos temas. Es por eso que, a mi parecer, merece reparar con suma precisión en muchos de sus diálogos, que no sólo aportan profundidad a la narración, sino que le hacen a uno partícipe de dichas reflexiones y pretende que hagan eco en su propia vida.

Pacific Rim (2015)

Nos encontramos ante un espectáculo visual a la altura de 2015, aunque sin nada nuevo que ofrecer, y una cinta que podría ser el pretexto perfecto para contarnos una historia, pero que se queda en la mera superficie. “Pacific Rim”, con todo, merece ser visionada, dado que ha caído en manos de un veterano del calibre de Guillermo del Toro, lo cual es una garantía de que, al menos, no nos va a dejar indiferentes. Si esto lo sumamos a la incursión de creadores occidentales en terreno oriental, ya tenemos las pistas suficientes para ponernos en la predisposición de aguantar las más de dos horas que dura.