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EtiquetaMetafísica

Monólogos disfrazados de diálogos

Si en algo podemos estar de acuerdo todos o la mayoría de personas es que no nos gusta que nadie nos imponga su opinión como absoluta. Pero, ¿acaso toda idea que sustenta alguien debe tomarse como una verdad que no admite discusión? Nos encanta siempre poner en boga la manida apuesta por el diálogo, pero este último no tiene ninguna relevancia en lo que hacemos, que meramente podría entenderse bajo el nombre de monólogos que no buscan ningún tipo de acuerdo, sino que ya parten de la premisa errónea de una verdad inamovible. Se nos llena la boca de palabras malsonantes cuando alguien pretende ponérsenos por encima sin que haya mediado la discusión en el proceso; pero, nosotros, entretanto, no nos olvidamos en ningún momento de nuestra postura, la cual somos incapaces de recular o matizar en los supuestos diálogos que compartimos con los otros. Si tan seguros estamos de ella, ¿por qué nos molesta tanto que alguien nos la cuestione? ¿Por qué nos ofendemos a la mínima de cambio y a la menor broma sobre algo que para nosotros es tan fundamental u obvio? ¿No será que nuestra vaguería llega a unos límites insospechados y que lo que nos da miedo es dialogar, por si de repente alguien nos pone en duda algo que defendemos con tanto ahínco? ¿No será que tenemos miedos o intereses que no queremos que salgan a la luz?

Sobre familias y parejas: encuentros falazmente inevitables y virtuosos

De un tiempo a esta parte, me vengo percatando de que cada vez es más habitual que las personas lleven a sus parejas al encuentro con sus respectivos familiares tan pronto como se les presente la ocasión. Es decir: así, de golpe y porrazo, uno ya no sólo tiene que ir a las reuniones familiares que le atañen, sino también a las de la familia de su compañero de crimen. De este modo, uno debe sepultar y dar por perdidos los encuentros a pequeña escala; pues, en cuanto las parejas de nuestros familiares allegados empiezan a acudir a cualquier tipo de reunión que se preste, la cifra de invitados aumenta el doble sin que a uno le dé tiempo a asimilarlo. Y uno nunca tiene suficientes sillas para semejante festín.

Plenilunio (1997) 

«Plenilunio», obra escrita en 1997 por Antonio Muñoz Molina, es una novela que dentro de unas coordenadas que se han repetido hasta la saciedad, como pueden ser los asesinatos y las relaciones personales, va más allá, aportando un grado de reflexión del que carecen otras obras que, en apariencia, podrían tratar sobre los mismos temas. Es por eso que, a mi parecer, merece reparar con suma precisión en muchos de sus diálogos, que no sólo aportan profundidad a la narración, sino que le hacen a uno partícipe de dichas reflexiones y pretende que hagan eco en su propia vida.